Atlántico
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 Tatiana es una mulata esbelta, de unos treinta y tantos años, bonachona, atenta con los forasteros que por estos días «invadieron» su ciudad, mochila a la espalda, cazando las hazañas de los deportistas en los Centrocaribes.



Ingeniera en sistemas, desempleada, con dos hijos de cuatro y seis años de edad, no halló otra alternativa para llevar dinero a la casa que aliarse al ejército de colaboradores que apoyaron el clásico junto a los Voluntarios.

A las 5:00 de la mañana Tatiana dejaba por estos días el hogar para ir al centro de prensa del evento y montarse en un ómnibus hasta el anochecer, dando vueltas una y otra vez llevando periodistas a las distintas instalaciones, luego recogiéndolos, mientras en casa, antes de salir, colocaba sobre los sillones de la sala la ropita y las meriendas para sus dos pequeños que, llevados por los abuelos, van a la escuela. (Aquí el curso escolar ya comenzó).

«Llego muerta a la casa, más allá de las nueve de la noche, y a esa hora nada de descanso, hay que preparar las cosas para los niños al día siguiente», me dijo una mañana, minutos antes de partir hacia los eventos. Pero, en medio de esa vorágine, mientras los Juegos le ofrecían un corto respiro monetario, no sabía qué pasaría con su familia tras la clausura de Barranquilla 2018.

Afuera, en su mundanal ruido, se aprecia una ciudad de contrastes que van desde la insultante opulencia hasta la más deprimente pobreza.

De un lado, altos edificios, empresas extranjeras, lujosos condominios, la cadena de supermercados Olímpica en debate con sus competidores, automóviles de último modelo exhibidos por sus concesionarios, y un crecimiento constructivo que esperan los barranquilleros les haga prosperar.

De la otra acera, la tragedia de días atrás, cuando las lluvias invadieron el modesto municipio de San Gil, en el departamento de Santander, y dejaron a un niño de seis años muerto y otros 20 heridos, mientras jugaban un partido de fútbol, «porque la Alcaldía no ha realizado las obras tantas veces solicitadas por la población para evacuar esas aguas y evitar catástrofes», expresaban entonces a los noticieros de la televisión local los residentes del sitio.

Los Juegos siguieron su inexorable curso hasta la clausura. Hubo colas delante de los puntos de venta de boletos y, también, madres con pequeños de brazos, postradas a la entrada de los escenarios de competencia, quienes desde el incómodo suelo le extendían la mano al viajero, ofreciéndole un caramelo como recompensa si le dejaba una limosna.

Concluyó Barranquilla 2018 y esas mujeres siguen allí, clamando por ayuda sin ser escuchadas.

La gente me decía que están experimentando la vuelta de un alcalde que ya ejerció un mandato tiempo atrás. Votaron por él nuevamente, pensando en que trabaje por la población y no robe.

No le ha faltado el respaldo de los medios acá y, entre los puntos a su favor, blasonó de que en coordinación con la Policía Nacional, dispuso de más de 4.000 agentes para garantizar la seguridad del evento, sin que tantos uniformados evitaran que a un grupo de deportistas de Venezuela, varios bandoleros les secuestraran el camión con sus equipajes. Para vergüenza pública, fueron capturados horas antes de la ceremonia de inauguración.

Así viví un trozo de la vida por estos lares, inhalando el puro contraste de rosa y grises intensos, casi negros.

Quizá a pocos acá les importe que Tatiana continúe sin trabajo, cuando Barranquilla es ya un recuerdo.

Fuente:
http://www.granma.cu/juegos-centroamericanos/2018-08-03/barranquilla-contrastes-a-flor-de-piel-03-08-2018-21-08-20