Bogotá
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Hace dos semanas hacíamos un llamado en relación a la fragmentación presentada en el movimiento obrero, sindical y las luchas sociales en Bogotá, tras la división en movilizaciones en norte, centro y sur.



En Bogotá se había mantenido un 1° de mayo unitario por décadas, con reuniones previas de las centrales obreras, donde se hacía énfasis en la necesidad de unificar criterios, para concentrar los esfuerzos que requiere movilizar un trabajo político legal, en medio de un conflicto armado.

Las tres campañas presidenciales en las que se han dividido los espectros de la izquierda: Petro, De La Calle y Fajardo, dan cuenta, de la confluencia de la Colombia Humana y la lista de la decencia, la adhesión del Partido Comunista Colombiano, el cúmulo de progresistas y de los viejos del M-19; La campaña del Partido Liberal, en su ala izquierda de apoyo al proceso de paz; y la Alianza Verde con los seguidores del personalismo del gobernador de Antioquia y unos pocos de lo que queda del Polo Democrático Alternativo.

Algunas de las tareas pendientes en este marasmo de confusiones: La toma del poder o conquista del Estado, muy lejos de ser cumplida, ni por las armas ni por los votos.

Se llegó a un Acuerdo de Paz histórico por medio del cual la gran mayoría de familias colombianas entendió que era posible el silencio de las balas y el salvamento de las vidas.

Los índices de muerte de la última década redujeron en un 80% los muertos en combate, esto da cuenta de que fue lo que realmente cambió, durante un breve periodo se hizo posible el clamor de dejar de matarnos entre hermanos.

Sin toma del poder, no hay proceso de paz que logre una distribución de la riqueza, ni expropiación de medios de producción ni control de las fábricas. Es decir, el proceso de paz se firmó sin discutir el modelo de Estado y el modelo económico. Con esta premisa estuvieron sentados cuatro años en la Habana.

Entonces, no se puede reclamar ni la destrucción del Estado social de derecho actual que rige la Constitución Política de 1991, ni la extinción de un Nuevo Estado que no hemos construido.

Cierto es que tras la firma de los acuerdos siguieron cayendo en prisión o en emboscadas compañeros de movimientos sociales, líderes de derechos humanos y excombatientes de las FARC-EP.

El sabotaje del 9 de abril con la captura de Jesús Santrich resulta lamentable, y por tanto, resulta lógica la decisión de rearmar una dirección nacional de las FARC-EP nuevamente desde las montañas de Colombia.

Aunque no es una decisión responsable en medio de una campaña presidencial que tiende a polarizar las opciones de paz vía negociación o vía armada.

La solución política al conflicto armado fue la decisión que cambió el curso de la historia de Colombia en el último medio siglo, es decir, fue posible llegar hasta el final de los Acuerdos.

Es esta vía la que hemos defendido, la negociación de unos mínimos puntos de conversación que permitan avanzar en todo lo que falta por hacer.

En este momento, todas las baterías debieran estar puestas en dar por electo presidente a Gustavo Petro, desde todas las gamas y colores de las izquierdas.

Unidad por un proyecto de país que nos permita seguir dialogando el proceso de paz con el ELN y un nuevo proceso de Paz con las disidencias de las FARC-EP.

(*) Mg. Liliana Pardo Montenegro, Doctoranda en Ciencias Sociales (UBA), Estudios en el Doctorado de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (UNAL) – Partido Comunista Colombiano.