Bolívar
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Los niños que trabajan, para ayudar en algo a la lucha contra la pobreza de sus padres, en Cartagena y pueblos del departamento de Bolívar, forman una verdadera legión salida de una comunidad que sufre las consecuencias de una ciudad afectada por la corrupción política más aterradora de los años recientes.



El mercado central de Bazurto, principal plaza de abastecimiento de Cartagena, es el nervio sensible del trabajo infantil, una acusación silenciosa que nos señala como una sociedad que perdió de vista los principios humanos más elementales de la integridad familiar.

En la medida en que avanza la bulliciosa actividad del mercado de Bazurto, van apareciendo verdaderas legiones de niños, que apenas tienen 11 años de edad cumplidos, dispuestos a ejercer funciones que están por encima de sus fuerzas físicas, bultos de verduras, carretillas y carritos que alguna vez estuvieron en algún supermercado, canastas de frutas, tanques de agua, forman sus elementos para obtener algunos pesos.

Se estima que en el caos y el desaseo del mercado, 200 niños trabajan "haciendo viajes", como dice uno de ellos, mientras trata de abrirse paso con un carrito en forma de canasta, hasta el taxi, donde una ama de casa, compradora, le entregará una moneda de 500 pesos.

Pero en otros centros de mercado, puntos de vida comercial de Cartagena, también merodean niños cargadores de bultos, dispuestos a barrer, limpiar baños y lavar carros desde las primeras horas de la mañana.

Es imposible tener una cifra redonda de la cantidad de niños que trabajan en Cartagena.

Observadores sociales de la comunidad estiman que son 3 mil los niños que antes de la salida del sol, ya están lanzados al "rebusque" sumándose a la abrumadora economía informal de la capital bolivarense, ciudad que ocupa los primeros lugares en desigualdad social.

Algunos niños cargadores de bultos del mercado no tienen 10 años todavía.

Lo más preocupante es que cuando los niños que trabajan se sienten con unos pesos en el bolsillo, pierden interés por el estudio, aunque algunos, hacen un gran esfuerzo y dividen su tiempo entre la plaza de mercado y el aula.

Hay niños que venden agua en las esquinas de Cartagena, aprovechando la pausa de la luz roja de los semáforos, donde también algunos limpian parabrisas por cualquier moneda, desafiando los peligros del tráfico amenazante que no cesa.
Otro frente del trabajo infantil en Cartagena es la pesca artesanal en las aguas que rodean a la ciudad, en poblaciones de la bahía y de las islas, los hijos de los pescadores van en la canoa, cumplen largas jornadas, de 10 o más horas, algunas hasta bien entrada la noche.

En las zonas mineras del sur de Bolívar hay también niños que trabajan, expuestos a la contaminación con mercurio, sometidos a condiciones climatológicas adversas, corren riesgos mortales de las corrientes de los ríos, bajo lluvia o sol.
No hay un proyecto de acción social en la administración distrital de Cartagena para erradicar el trabajo infantil o el abandono de la niñez de todos los barrios donde el desempleo crece parejo con la pobreza.

Las casas políticas hicieron de Cartagena una muestra de todo lo que no debe ser una ciudad, alcaldes incapaces carentes de escrúpulos lograron crear una ciudad de pobres, una jauría de cazadores de contratos que no se cumplen, y que pasan a enriquecer sus cuentas personales. Los niños que trabajan nos acusan pero, en gran medida, estamos acostumbrados a verlos y a darles una cuota de indiferencia.