Nariño
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 Valorar lo que hemos ganado en este proceso de paz es parte del alimento que nos permite seguir firmes en el logro de la paz con justicia social.

¿Por qué seguir adelante con un proceso de paz donde es claro que el Gobierno y algunas instituciones (no todas) conspiran minuto a minuto contra los acuerdos, sus contenidos y su ruta de implementación? He aquí las razones para persistir y no desistir.



Los incumplimientos reiterados del Gobierno han hecho que sectores comiencen a dudar del proceso de paz. Y claro, para una gran parte de la población excluida y golpeada por el modelo criminal, para las familias y organizaciones sociales y políticas, que han visto caer bajo las balas del paramilitarismo y de agentes del Estado a sus mejores líderes y lideresas, con una total impunidad, los incumplimientos con las zonas de normalización y la nauseabunda corrupción serían razones suficientes para un rompimiento y una vuelta atrás de retoma de la guerra.

Es grave, condenable y duele en la piel y el corazón cada asesinado. A pesar de ello, la respuesta no puede ser la idea de abandonar el proceso. Hacerlo sería facilitarle el camino a los guerreristas, los cuales hoy se encuentran aislados y debilitados.

La cuestión hoy es cualitativamente mejor para la lucha. Mientras la claridad y transparencia de un movimiento social de paz y una fuerza como las FARC-EP avanzan y construyen una opinión ciudadana nueva, ética y políticamente responsable, el Gobierno y algunas instituciones del Estado profundizan su crisis en medio de la mentira y la corrupción. Nunca antes como ahora la crisis del poder imperante fue tan aguda y nunca antes como ahora se había arraigado en gran parte del pueblo la idea de la necesidad de un cambio político profundo. Valorar lo que hemos ganado en este proceso de paz es parte del alimento que nos permite seguir firmes en el logro de la paz con justicia social.

Construir una correlación de fuerzas favorable al pueblo para un cambio profundo de apertura democrática y justicia social no es un proceso ideal de logros sin esfuerzo. No equivoquemos el alcance de los acuerdos: no se ha firmado la revolución por decreto en La Habana, y las tareas y retos que tienen hoy el pueblo y sus organizaciones son mil veces más complejos, pero posibles de ganar, más que la costosa y trágica guerra que no pudimos ganar militarmente.

En vez de duda y abandono, lo que se necesita es unir todas las manifestaciones y la multiplicidad de luchas y descontentos, por muy embrionarios que ellos sean; desarrollar el potencial transformador de los acuerdos en una unidad política y social alternativa que actúe como fuerza ética del cambio. La verdad, la firmeza y persistencia en la necesidad del cumplimiento de los acuerdos de La Habana son y deben ser la posición que debemos adoptar y mantener como expresión coherente hacia el logro de una nueva sociedad.