Santander
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El 4 de agosto de 1819 (a solo tres días de la Batalla del Puente de Boyacá sobre el río Teatinos), la población de Charalá –actual Santander− acompañada de habitantes de Coromoro, Cincelada, Ocamonte, Riachuelo y Encino, encabezadas por el capitán Fernando Santos Plata enfrentaron a más de 1000 soldados de línea que encabezaba el sanguinario coronel español Lucas González, enviado desde esa zona a reforzar las tropas del coronel José María Barreiro, que habían sido derrotadas en el Pantano de Vargas.



La reacción de la población obedeció a varios hechos, entre ellos el apresamiento y posterior fusilamiento de María Antonia Santos Plata (hermana del capitán de la milicia llamada “Guerrilla la Niebla”), quien fue fusilada en El Socorro, junto a otros milicianos, el 28 de julio de ese mismo 1819, por lo que las milicias guerrilleras se toman a Charalá; pero también, por el traslado a esa población del coronel Antonio Morales Galavís, comisionado por Bolívar y nombrado Gobernador de El Socorro, con una tropa de refuerzo y 140 fusiles. El gobernador chapetón recibió la orden de Barreiro de trasladarse a Cerinza para atacar la retaguardia del ejército patriota comandado por El Libertador Simón Bolívar.

El 29 de julio Lucas González se hallaba ya en Oiba, con más de 1000 soldados disponibles a cumplir la orden de reforzar el ejército realista, pero enterado de la revuelta de Charalá vuelve grupas. El 4 de agosto llega y da comienzo a la batalla que inicia en las orillas del río Pienta, y solo al mediodía logran los chapetones cruzarlo, dándose una batalla, casa por casa, dentro de Charalá, donde son asesinados a mansalva aproximadamente 300 labriegos armados de machetes, garrotes y herramientas de trabajo. Fueron asesinados –la mayoría degollados− incluso dentro de la iglesia, en la que cae la niña, de 13 años, Helenita Santos Rosillo, sobrina del capitán Fernando Santos y de su hermana fusilada, Antonia.

Aunque la Batalla del Pienta se perdió por el asesinato cobarde de 300 personas, de lo que no se salvaron ni ancianos ni niños y mujeres, el desarrollo de la misma impidió que las tropas realistas de Lucas González pudieran unirse a las de Barreiro, y ese hecho (ignorado por nuestra historia) permitió que el Ejército Libertador batiera a los chapetones en Boyacá y sellara en buena parte la Primera Independencia tres días después, el 7 de agosto de 1819. ¡N o fue en vano la heroica batalla!

El capitán Fernando Arias Nieto, uno de los pocos sobrevivientes escribió un artículo informativo sobre la batalla, llamado “En nombre de la libertad”, que ha servido de base para el libro del mismo nombre de Édgar Cano A., y otras obras –una novelada− “La Batalla del Pienta”, de Luis Eduardo Cadena Ortiz, recientemente publicada, que desgraciadamente poca difusión tienen en Santander y el resto del país.

Los gobiernos demagógicos del departamento que han pretendido sacar pecho de esa batalla, se limitaron a hacer un esperpento de “monumento” para instalarlo a orillas del río Pienta, a la entrada de Charalá, elaborado de fibra de vidrio (¡ni siquiera los inmolados merecieron el honor del bronce!), que está vuelto mierda, caído y abonado en un barzal.

Y el flamante presidente de Colombia ha pretendido hacerse descendiente de la fusilada Antonio Santos, su hermano el capitán Fernando y su sobrina Helenita, cuando en realidad su bisabuelo adquirió una de las fincas de los hermanos Santos Plata cuando estaban en la ruina por motivos de la independencia, y solo estaba lejanamente emparentado.

Obligación nuestra es rescatar esa historia olvidada, pero especialmente comenzar desde ya la preparación de los 200 años de la Batalla del Pienta, que se conmemorará dentro de dos años exactos.

Alfredo Valdivieso

Bucaramanga, agosto 4 de 2017.