Santander
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No tenía ninguna intención de entrar en la liza de un debate, pero al ver profusamente publicada en varios feisbus, en guachap y en el portal de Anncol (y hoy comentado en las Dos Orillas) la renuncia del camarada Sergio de Zubiría Samper al CC del PCC −tengo entendido que mediante una carta que se entregó a la mano a cada uno de los otros integrantes del mismo comité en su primer pleno tras el XXII Congreso− creo necesario que, por la irrevocabilidad de la renuncia, se entre a reflexionar sobre la seriedad de algunas acusaciones, sobre la ingravidez de otras, y sobre correctivos a tomar.



No pude asistir al pleno –con excusa justificada− y por tanto no conocí dicha carta sino solo hasta el pasado lunes 31 de julio cuando saltó en un guachap; luego en unos feisbus, y lo más grave, en Anncol; y la verdad quedé, como decimos en Santander, “súpito”, por el contenido. Por eso creo que es necesario señalar que si bien el fondo y el propósito del escrito son positivos, porque demuestra que en el seno del PCC (a despecho de lo que otros opinen), sí existen diferencias de criterio y apreciaciones, lucha y contradicción de ideas y tesis, no comparto que un documento que se reputa y presume para “consumo interno” se convierta en público, sin antes someterse al escrutinio de su validez. (Dejo una constancia: hace casi un mes, consulté AL CEC “mi respuesta”).

El documento señala algunas cosas que comparto plenamente, y por eso no voy a reafirmarlas. Indica que, en nuestras naturales rutinas, a veces nos olvidamos de construir política y teoría, pero cuestiona apreciaciones de la táctica y sobre todo del análisis para la elaboración de nuestras propuestas a la sociedad, como la formulación del informe final central al XXII Congreso, acerca de nuestro “proyecto democrático de sociedad en paz y convivencia en tránsito hacia la justicia social”, que, el maestro indica, fue cuestionado por él en unas de las últimas reuniones previas al congreso, pero a renglón seguido señala un supuesto “chovinismo nacionalista" del partido.

Ni lo uno ni lo otro lo entiendo. Porque la tesis de la búsqueda de un proyecto de democracia basada en un ambiente de paz, es consigna del PCC, otros movimientos y expresiones democráticas, y sobre todo de los sectores sociales desde cuando en el país existe el conflicto armado de carácter anticomunista, es decir desde finalizada la II Guerra Mundial, cuando se introduce la violencia de estado como forma de actuación política contra los sectores alternos, catalogados de comunistas. Anticomunismo armado y violento de tinte estatal anterior siquiera a la enunciación de la doctrina de seguridad nacional. Y ¿el chovinismo nacionalista? Si mal no recuerdo, dentro del espíritu internacionalista incluso el XXII Congreso debatió lo pertinente con las propuestas para reactivar la Internacional Comunista (lo que en este espacio es imposible de tratar, y por eso me tomaré el atrevimiento de analizarlo de forma posterior), pero sobre todo el PCC adoptó el llamamiento y su compromiso de liderar la creación de la Brigada Internacional para el apoyo y defensa de la Revolución Bolivariana de Venezuela.

Y de la primera de las aseveraciones (observaciones) desprende la primera crítica contra la propuesta de una “democracia verdadera” o una “apertura democrática”, que “no representa alternativa revolucionaria para el momento político”. Tal consigna, la de la apertura democrática, como una propuesta al pueblo colombiano, data de las épocas del XIII Congreso del PCC (1980) cuando el país se debatía en medio de la fascistización del gobierno Turbay Ayala, con su estatuto de seguridad, los miles de apresados, torturados, asesinados; en la etapa final del exterminio de la UNO, y dentro de ella del PCC.

Lanzar la propuesta de una “apertura democrática” era formular la necesidad de superar la democracia restringida, falsa democracia existente que se impuso desde el Frente Nacional, resistido a dejar la escena; era una  consigna novedosa para la búsqueda de un gobierno democrático que incluyera a los sectores excluidos y que diera inicio a un proceso para la búsqueda de superar el largo conflicto armado. Y esa consigna se complementaba con formulaciones para la búsqueda de la unidad de los trabajadores en una sola central y los elementos que permitieran canalizar el auge de la protesta social.

Ayer, como hoy, la propuesta de la “apertura democrática” entrañaba –y entraña− un problema en la comprensión de la relación entre reforma/revolución, y por eso en sus primeros desarrollos, desde diferentes frentes se atacó. Desde sectores de izquierda que la desestimaron por “revisionista" o “reformista”, hasta la extrema derecha, encarnada en Turbay Ayala y su cúpula militar, que la tacharon de “maniobra y táctica estalinista”. El XIV Congreso partidario (1984) pudo constatar la validez de la propuesta política, pues ya en 1982 se intentó alcanzar una candidatura presidencial unida de izquierda y sectores democráticos, levantando la consigna de la apertura democrática, la lucha contra el renaciente paramilitarismo de ligazón entre extrema derecha militarista y narcotraficantes, y el alcance de reformas de signo democrático que permitiera la superación fáctica del bipartidismo excluyente y criminalizador.

Es sabido cómo en el interregno del XIII al XIV congresos alcanza la presidencia Belisario Betancur, y cómo “sorprende” al país en su posesión con la propuesta de iniciar un diálogo que permitiera alcanzar una solución política negociada al conflicto armado. Que ese proceso fracasara por obra de la exacerbación militarista fascista es otro cuento. Pero en desarrollo de la consigna de la apertura democrática se alcanza el pacto de una tregua entre el gobierno y las FARC (y los pactos posteriores con el M-19 y el EPL), la creación de la UP con su programa (en el que destacaba la propuesta de elección popular de alcaldes, gobernadores y otros dignatarios), la creación de la Central Unitaria de Trabajadores y la catalización de grandes luchas sociales y populares.

La consigna, por tanto, no fue hace 37 años −reafirmada hace 33− una propuesta maximalista para una revolución en vía al socialismo. Pero tampoco buscaba “ajustarse” a los marcos de la tradicional democracia burguesa. Lo corrido en estas más de tres décadas ha sido de recortes cada vez más drásticos de los espacios democráticos, los derechos ciudadanos y las libertades púbicas (médula de la democracia burguesa); y especialmente de conculcación de conquistas alcanzadas por los trabajadores y el pueblo.

Entendiendo la validez de la consigna, la propia insurgencia la ha acogido y es algo que queda como propuesta a alcanzar dentro del Acuerdo Final para la terminación del conflicto.

Con todo el respeto y admiración que profeso hacia el maestro Sergio de Zubiría, creo que en esta parte debería precisar sus opiniones, para no dejar la sensación de que tardíamente se cuestiona una consigna táctica que renace treinta años después con toda vigencia.


Alfredo Valdivieso.