Santander
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Como en Santander somos más arrechos, decimos “empeloto” a lo que en castellano se llama empelota. Y el cuento es este: las actuales élites burguesas, por no decir oligárquicas −que a muchos no les gusta− pretenden erigir su “historia” como la Historia del país, exaltando a sus gerifaltes e ignorando, o soslayando, a los verdaderos héroes, salidos de las clases populares. Lo que aquéllos siempre han llamado el vulgo, la plebe, los guaches, la chusma, son los verdaderos artífice, y orífices –diría yo− de lo que actualmente somos.



¿A qué viene el cuento? A varias cositas. En poco más de dos semanas (14 de noviembre) conmemoraremos el bicentenario del fusilamiento de La Pola, efeméride a la que la burguesía le ha sacado el tafanario (y aclaro: esta palabra es pudorosa para lo que en castellano y en la realidad se llama culo). ¿Por qué el silencio de gobiernos, medios, fuerzas vivas, partidos tradicionales? ¡Porque la china Policarpa era pobre; de “estirpe plebeya”, llegó incluso a ser esclava! Y porque era secuaz de Nariño, de José María Carbonell (“negro” y pobre) y del cura Rosillo, en contraposición a los marqueses de San Jorge y la élite rola.

Otra: un “guache” que cogió a pescozones a don Llorente e hizo apresar al pusilánime Amar y Borbón el 20 de julio de 1810, pasó desapercibido después en nuestra historia. Nada dicen de su actividad en las guerrillas por todo el Casanare y en Venezuela; de su accionar como gobernador, como jefe civil y militar de la provincia de El Socorro, por encargo de Bolívar. Nada de su coordinación con todas las guerrillas de la zona y la Batalla de El Pienta… nada. Lo único rescatable de esa batalla, es el accionar de doña Antonia Santos Plata y su sobrina (porque los dueños de El Tiempo las han reclamado como su ascendencia).  Pero de Antonio Morales Galavís, posterior general del Ejército del Ecuador, que ocupó todos los cargos en ese país y regresó al nuestro y fue también de todo… nada. Porque en Socorro se entrepiernió con la hermana de otro “olvidado”, Joseph Hermógenes Maza (del que hablaremos luego).

Tres: Bolívar reclutó a todos los restos de los derrotados. Se impuso en la reunión de Tame y con llaneros bravíos y probados, junto a reclutas campesinos, emprendió una abnegada y heroica marcha, trepando de la ardiente llanura al frío encalabrinador del páramo. En el penoso ascenso pasó por Pisba, a caballo y sin más abrigo que el coraje, junto a sus muchachos. Una buena cantidad de ellos murió por el camino, lo mismo que sus cabalgaduras. Dicen los historiadores que arribó a Socotá con solo 18 soldados, algunos de sus oficiales de estado mayor, algunos suboficiales y un cura. Siguió su camino y arribó a  Socha Viejo, el  5 de julio del mismo 1819. Llegaron en tan lamentable estado que el cura Juan Tomás Romero llamó a misa, y en la ceremonia ordenó a todos los feligreses despojarse de sus ropas para entregarlas a la andrajosa tropa.

(Por eso, cuentan los historiadores, que incluso en la Batalla de Boyacá, el chino, que luego sería el general más joven en toda América, José María Córdova, combatió al lado de sus soldados con un camisón rosado).

Es decir esas gestas que casi desaparecen de la historiografía oficial, han sido metódicamente tiradas al cajón del olvido, porque fueron hechas por verdaderos héroes, nacidos de las clases populares y no por los prohombres de los que los actuales señores burgueses dicen descender.

Siendo nuestra mayor admiración el genio, el alma y el nervio de Bolívar, hombre de los más acaudalados de toda América y que murió en la miseria, casi implorando a los advenedizos que desde esas épocas detentan el poder, que le devolvieran al menos unas minitas de cobre; que se jugó con sus empelotos el futuro de la América y Colombia, la grande, a cañonazos y lanzazos, fueron sus soldados astrosos los que fundaron esta república. Los José Pascasios, los capitanes ignorados, los coroneles Rondones e Infantes, los chinos y viejos que se presentaron en Tunja con sus lanzas y escopetas y arcabuces y caballos o mulas para hacerse soldados del Ejército Libertador. Las chinas y cuchas preparadoras de alimentos y de cartuchos, y cuidadoras e improvisadas enfermeras; los y las que murieron en los campos de batalla, son los verdaderos héroes y fundadores de este país. Es decir los soldados empelotos.

Lo mismo en el resto de América, pero de eso, como del destino de la monumental estatua de la Mariscala Juana Azurduy, que reemplazó la ignominiosa escultura de Colón al lado de la Casa Rosada en Buenos Aires, y de los lamentos de actuales monárquicos y nostálgicos, hablaremos luego.

Gráfica pie de foto.- Bolívar presencia a uno de sus hombres morir agotado cuando el ejército cruza el Páramo de Pisba (Francisco Antonio Cano/Courtesy Casa Museo Quinta de Bolívar, Ministerio de Cultura, Bogotá)

Bucaramanga, octubre 28 de 2017.