Santander
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La polarización en la sociedad no es algo que se idee o haga un grupo de iluminados o de sicópatas, sino una lógica de la acción de los seres humanos y de la conciencia de su condición. Generar una matriz de opinión, partiendo de hechos diversos y de aspiraciones para la conducción de la sociedad, sí es en cambio producto del accionar de determinados grupos. No es una invención del materialismo histórico, sino el descubrimiento de esas leyes de la movilidad humana y su sistematización para proyectar, en perspectiva, y para analizar en retrospectivas los acontecimientos sociales.



En Colombia, creado por las élites de los partidos liberal y conservador el Frente Nacional, el bloque de clases en el poder desde 1854 (así hubiesen dirimido sus disputas a tiros en nueve guerras civiles nacionales en el siglo XIX, en que murieron los guaches, no los señoritos), necesitaba generar unas matrices para aglutinar al resto de la sociedad, con el propósito claro, aunque no divulgado, de mantener su “legitimidad”, y gobernar con la aquiescencia del grueso de la población, así se afectaran los intereses de las mayorías, siempre para garantizar la prevalencia de sus privilegios.

De esa guisa, comenzando el siglo XX, para garantizar la paz interna entre liberales y conservadores, éstos se desprenden, en favor de aquéllos, de parte del poder y se les permite ocupar un tercio de las curules del Congreso y de los órganos coadministrativos (asambleas y concejos). Pero el surgimiento natural de un nuevo actor social, la clase proletaria y su coalición con el campesinado pobre en acciones reivindicativas de defensa de sus propios intereses, hace que el bloque en el poder combine modalidades para sostenerse y para ello incluso no duda en aplicar, junto a la represión, la exclusión y el crimen, una especie de “nuevo trato”, a imagen de la táctica política puesta en marcha en el gobierno de los EE.UU., para “ceder parte y no perder el todo”. Sin embargo ese manejo aceptado por el grueso de la sociedad llega un momento en que se rompe, y la verdadera polarización que surge pone en riesgo el sostén del poder históricamente detentado. Con el crimen de Gaitán el 9 de abril de 1948, diferentes sectores sociales, “polarizados” sin manipulación de nadie, se alzan en armas en diferentes sitios, en especial los Llanos, pero en experimento de un “Nuevo Bloque Histórico” los sectores sociales más conscientes toman el gobierno en Barrancabermeja, encabezados por el proletariado petrolero, en la famosa aunque efímera ‘Comuna de Barrancabermeja’ que tuvo el poder por diez días tras el 9 de abril, aunque lo entregó de forma pacífica y confiada al ejército.

El viejo bloque (burgueses latifundizados y terratenientes aburguesados, con una élite intelectual útil a sus intereses) idea la matriz que como dijimos comienza de pleno con el Frente Nacional. Con este engendro solo pueden tener el poder los partidos liberal y conservador, que se alternan en la presidencia cada cuatro años: dos períodos liberales y dos conservadores, pero se reparten milimétricamente toda la administración, los gabinetes, los órganos coadministrativos, la justicia y en fin la totalidad de la cosa pública, al punto que para ser hasta barrendero público o portero de edificios oficiales se requería tener la validación liberal o conservadora. Pasados los cuatro períodos del ejercicio presidencial del Frente Nacional (1958 a 1974) se mantiene la paridad en todas las instituciones hasta 1978. Y es en ese lapso en que se da la polarización artificial  que referimos en la primera entrega, con la excepción del asunto Rojas Pinilla-Anapo de 1970.

En 1974, siempre en la lógica de una “polarización” artificial, el bloque de clases forma una matriz de opinión, y no duda en echar mano de un antiguo contradictor del Frente Nacional y “rebelde” hijo y tataranieto de presidentes, el señor Alfonso López Michelsen, a quien le enfrentan al heredero del “monstruo” Laureano Gómez, su hijo Álvaro Gómez Hurtado. Logran generar un clima de esperanza, por un lado, en que el hijo de un expresidente podría reeditar los alcances sociales de la “Revolución en Marcha” de 1934-38; o de zozobra en retornarse a la época de “a sangre y fuego” y del atentado personal, característica del régimen falangista de Laureano (padre de Álvaro Gomez) desde 1950 hasta su derrocamiento por Rojas Pinilla en 1953. Con esa adulterada disyuntiva y con la generación del miedo de un salto al vacío, logran que la ciudadanía se incline por López y que se desestime la candidatura de Álvaro Echeverry Mejía, de los sectores de izquierda y democráticos nucleados en la UNO, y que se mire con recelo también la de María Eugenia Rojas, a quien muestran como la simple prolongación del general Rojas Pinilla, su padre.

Para 1978 se repite la pantomima de artificiosa disyuntiva entre Julio César Turbay Ayala del liberalismo, a quien le oponen a Belisario Betancur del conservador, logrando nuclear al grueso de la población en torno de esos dos supuestos diferentes, pero en esencia lo mismo; y que no se vea por los sectores del pueblo ningún proyecto viable de las candidaturas de Julio César Pernía ni la de Jaime Piedrahita (de la izquierda dividida). Y lo propio se repite en 1982, cuando a un remozado Belisario se le oponen López Michelsen del partido liberal y Luis Carlos Galán Sarmiento de la fracción Nuevo Liberalismo, desechándose por la opinión al maestro Gerardo Molina del Frente Democrático, coalición democrática y de izquierda.

Como no alcanzamos a terminar el cuento, nos tocará una tercera entrega

Gráfica.- Gerardo Molina. Foto: El Colombiano