Santander
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La “polarización” en la política colombiana se ha combinado, magistralmente, con un fenómeno aparecido con el Frente Nacional y que se ha mantenido –y fortalecido− hasta nuestros días: el clientelismo, que se sustenta en la compraventa del voto.



Mediante esta deformación de la democracia burguesa, restringida y representativa, se apuntala más el régimen político, y se trata de subsanar la apatía e indiferencia que arrastra el sistema electoral, para que la “legitimidad” no se pierda, pese a lo abultado de la abstención. Aparece entonces una cadena de “líderes”, manipuladores de pequeñas caudas, que se convierten en los reproductores de base del régimen político, los que a su vez pasan a engrosar, con puestos o sinecuras, la gran fronda burocrática en una suerte de favores recíprocos.

Pero a pesar de la clientela cautiva, mantener la matriz de opinión de unos candidatos o formaciones enfrentados y contrapuestos sigue siendo siempre una necesidad. Frente al surgimiento de la Unión Patriótica, como un vehículo político proyectado para superar el conflicto armado interno y visto como esperanza y posibilidad de cambio, se contrapone, otra vez, la candidatura de Álvaro Gómez Hurtado y los recuerdos de la “acción intrépida y el atentado personal”, para que la candidatura del “dale rojo, dale” de Virgilio Barco Vargas lo convierta en presidente; y se reedite en el país esa especie de paleontología política que nos ha sido característica. Recuerdo mi ida a Concepción, Santander, el mismo domingo 25 de mayo de 1986 para atender el delicado asunto de los compañeros elenos, que habían amenazado a una base campesina de que “si aparecía un solo voto por Jaime Pardo Leal se cortaban los dedos”, “pues era quemar la zona”, que históricamente es liberal. El arribo de madrugada a la plaza central de la Concia nos sorprendió con una población que celebraba con pólvora y tiros al aire que “el godo no tuvo ni un voto”.

Las elecciones de 1990 que vieron otra vez confrontados a liberales y conservadores, reforzados ambos y divididos los segundos, llevó al triunfo de César Gaviria (reemplazo del asesinado Luis Carlos Galán) y el desinterés por Antonio Navarro (reemplazo del también asesinado candidato presidencial por la AD M-19, Carlos Pizarro Leongómez). La UP había sido eliminada a balazos y entre ellos su candidato presidencial Bernardo Jaramillo. Las de 1994, estrenando Carta Magna, y hasta 2014 no requirieron de ninguna “polarización” contrahecha, porque la solidez del sistema clientelar, el modelo de partidos, el régimen del terror impuesto en vastas regiones, sumado a la liquidación física de la oposición y por lo tanto de una real amenaza al poder del bloque de clases, la hacía innecesaria.

Solo en 2014, y en especial para la segunda vuelta, se volvió a una polarización ficticia, al enfrentar una de dos alternativas: o la continuidad de las conversaciones con las FARC-EP para lograr la solución al conflicto armado interno, o la continuación de la guerra. Ya conocemos los resultados y por tanto es innecesario abundar en ello.

Ahora en 2018 desde los personeros del bloque de clases, los medios masivos y hasta algunos sectores que se reclaman democráticos y consecuentes con los afanes de las mayorías, se ha levantado como espantajo el cuento de la polarización, supuestamente entre la extrema derecha y la candidatura de Petro. Como hasta ahora le ha fallado a la oligarquía gobernante su inicial interés de volver a crear una artificiosa “polarización” entre dos sectores de la derecha, representantes de las clase en el poder, su inveterada costumbre la ha llevado a prender alertas, para tratar de generar los miedos (castro-chavismo, volvernos como Venezuela, la guerrilla detrás de la candidatura, etc.) para tratar de impedir que una verdadera alternativa popular dispute el poder a quienes lo detentan en mancomún desde 1854.

Un sistema verdaderamente democrático entraña la posibilidad de auténtica alternancia en el ejercicio del poder y no el simple cambio de nombre del gobernante, que es lo que sucede en Colombia, a imagen y semejanza de la “democracia” cerrada, bipartidista, excluyente y componedora del régimen existente en los Estados Unidos.