Santander
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Señalábamos cómo tras el triunfo obtenido en el Puente de Boyacá y junto con la implacable persecución a las tropas realistas derrotadas en el campo sobre el río Teatinos, el Libertador Simón Bolívar debe emprender rauda marcha hacia Angostura, a la que regresa finalmente, a bordo de una simple canoa, el 11 de diciembre de ese mismo 1819.



Con la obtención de la victoria en el Puente de Boyacá, previas victorias en varias batallas más, el Libertador ingresa a Bogotá −llamada aún Santafé− el 10 de agosto. Llega prácticamente solo, con una escasa compañía de lejos, y se salva, casi de milagro de que el en ese momento coronel Joseph Hermógenes Maza lo acribillara con fusil, al confundir a Bolívar con un fugitivo español de Boyacá. ¡Alto gran carajo! –dicen los historiadores− fue el grito del General para frenar a Maza y su acompañante.

(Un paréntesis: Maza había acompañado a Bolívar en la Campaña Admirable; hizo toda la travesía, participó en las batallas decisivas, y en la defensa y fortalecimiento de Caracas, de la que, siendo un bisoño, fue nombrado por Bolívar como gobernador. Según algunos historiadores, como Gil Fortoul, Hermógenes Maza se especializó en la castrametación, palabreja hoy en desuso para “el arte del fortalecimiento de los campamentos e instalaciones militares”.

Con la agonía de la Campaña Admirable y el hundimiento de la Segunda República surgida de ella, Maza es apresado en la batalla de Urica (5 de diciembre de 1814, donde muere de un lanzazo José Tomás Boves), y en las mazmorras, además de las infamantes torturas, de permanentes simulacros de fusilamiento −en su año y medio de presidio−, y para paliar sus desgracias se vuelve alcohólico. Logró escapar de la cárcel con un acompañante (negro para más señas) y tras errar y esconderse por más de dos años, regresa a Santafé, de cuyo refugio sale el 9 de agosto al enterarse de la derrota de los españoles en Boyacá. Ya en la calle armado de una lanza, se encuentra a boca-jarro con su antiguo torturador, y ni más decir que éste quedó clavado en la puerta de la iglesia de San Agustín.

Tras su reencuentro con Bolívar –quien lo rebautiza como «el rayo de la vindicta»− se incorpora de nuevo al Ejército Libertador, con el que es enviado a Honda y Mompox para reforzar a Córdova. Libra y gana la Batalla de Tenerife en junio de 1820 y participa del asedio a Cartagena; se embarca en Panamá, junto con Córdova, para combatir en Guayaquil y en la Batalla de Pichincha el 24 de mayo de  1822, y luego en la Campaña de Pasto; en 1826 es ascendido a general y se radicó en Mompox donde finalmente falleció en julio de 1855, protagonizando su último desplante en el hospital de caridad: “-Vengo a demostrar que su biblia es mentira” -dicen que dijo a la monjita que lo atendió- “No es cierto que el que a hierro mata, a hierro muere. Y yo lo demuestro”. “Y ahí les dejo su mundo de mierda”. Cerramos el paréntesis).

Bolívar en Santafé se dedica con todo su esfuerzo a concretar la defensa de la ciudad, a organizar el gobierno, a fortalecer el ejército y enviar partidas a diferentes sitios; y a cruzar copiosa correspondencia. Entre ésta cabe destacar la carta enviada el 9 de septiembre al escapado virrey Juan Sámano, en que propone el canje de prisioneros (los retenidos en el campo de batalla de Boyacá), por los pocos soldados patriotas y por paisanos: “Hombre por hombre y grado por grado”, y de no alcanzar los militares patriotas presos, de militares españoles por paisanos, para rematar su propuesta de canje de “doce paisanos por el general José María Barreiro”. Ni qué decir que la carta jamás tuvo respuesta, y que Santander, como vicepresidente encargado de Nueva Granada, contrariando la precisa intención de Bolívar, ordenó el fusilamiento de los 38 oficiales realistas presos, el 11 de octubre de 1819, cuando el Libertador había salido rumbo a Venezuela.

No es como lo señala Karl Marx, en su panfleto contra Bolívar, que “demoró en Bogotá ocupado en jolgorios y saraos”. Otro paréntesis: Luis Peru de La’Croix, testigo de primera mano, acompañante diario y edecán de Bolívar durante su estancia, en observación del desarrollo de la Convención de Ocaña, relata en su «Diario de Bucaramanga», que “el Libertador era en exceso frugal; que gustaba de bailes, sí; pero que no trasnochaba; y que solo bebía una  copita de Vino de Oporto con el almuerzo”. No era un borrachín ni un pernicioso.

Bolívar partió a Venezuela, después de despachar las tropas y sus comandantes, comenzando el mes de octubre. En marcha recibe la noticia de que el 19 de noviembre de ese 1819, en Pamplona, muere de “fiebres malignas” el joven venezolano José Antonio Anzoátegui, General de División, ascendido a ese rango tras el triunfo en Boyacá por su destacada participación en toda la campaña. Como es lógico, además de haber tenido que detenerse en cada poblado, aldea y ciudad por donde pasaba, debe parar su rumbo para atender los funerales de su camarada y amigo, comisionado poco antes para ir en la expedición para atacar Maracaibo. Después de las honras fúnebres se pone de nuevo rumbo a Angostura, con las nuevas paradas en cada poblado de su tierra natal, y por eso ingresa al salón de sesiones del Congreso, solo el 11 de diciembre.

Ahí pone orden a las anomalías generadas por el vicepresidente, pero también por las escasas miras de muchos de los militares, que veían la independencia solo en su respectiva comarca. No aplica represalia ni sanción alguna, y por el contrario, restablecida la legalidad por el enorme prestigio alcanzado en cinco batallas victoriosas, confirma en su cargo al vicepresidente, nombra jefe militar de oriente al general Arismendi, asciende a otros militares y reorganiza el Estado. Participa ampliamente en los debates del Congreso y propone el 14 de diciembre el proyecto de Ley Fundamental, que es aprobado el 17 del mismo mes, solo con la modificación del nombre de la futura capital de Colombia, que el General-Presidente propone que se llame «Las Casas», en honor a Fray Bartolomé, y el Congreso cambia por el de «Libertador Bolívar». Todo esto lo relata al detalle Daniel Florencio O’Leary, militar colombo-irlandés, en las «Memorias del General O’Leary».

Estando sesionando el Congreso, se llegó al acuerdo de que para ampliar la representación en un órgano legislativo y administrativo, fundamento del Estado forjado con la revolución, se convocaría para el 1° de enero de 1821 la instalación de un nuevo Congreso General Constituyente en la ciudad de Cúcuta, en Villa del Rosario, con representación de todas las provincias de Venezuela y Cundinamarca para ratificar o modificar la Constitución propuesta. Se acordó que mientras se podían realizar las elecciones correspondientes, de manera provisional se ratificaba al Libertador como presidente, a Francisco Antonio Zea como vicepresidente, a Juan German Roscio como vicepresidente departamental de Venezuela, y a Francisco de Paula Santander como vicepresidente departamental de Cundinamarca. Y se mandó que el Presidente convocara y fijara el reglamento para llevar a cabo las elecciones generales.

Pero estándose en las labores, antes de entrar en receso el Congreso de Angostura el 15 de enero, se produjo en España un acontecimiento singular: estalló el «pronunciamiento» encabezado por los coroneles Antonio Riego y Rafael Quiroga, entre otros, iniciado el 1° de enero de 1820, que impidió el embarque de poco más de 20.000 soldados nuevos con el objetivo de reconquistar lo perdido en la Batalla de Boyacá y las precedentes, pues la consideración de los referidos coroneles fue no permitir que un nuevo contingente militar, más fuerte aún que el comandado por Pablo Morillo en 1815, llegase a la América a morir de enfermedades y por la guerra, que estaba perdida.

El «pronunciamiento» que inició como un motín, pronto se convirtió en revolución, que dio origen al llamado «trienio liberal» en España, y que obligó al rey Fernando VII (reinstalado en el poder en 1814, tras la derrota de Napoleón por el pueblo español) a reconocer y jurar la Constitución de Cádiz de 1812, a reinstalar las Cortes, nombre del Congreso español, y a liberalizar medidas económicas y sociales. Esa revolución, sin duda, fue un reflejo, o eco, de la independencia de parte de Colombia alcanzada con la Batalla de Boyacá, así la historiografía española no lo reconozca, y ni siquiera la nuestra.

La Revolución de los Coroneles llevó además a la liberación de importantes personalidades presas en mazmorras españolas, como don Antonio Nariño, apresado en Pasto siendo general de los Ejércitos Centralistas, en mayo de 1814, y quien al salir en libertad en abril de 1820, bajo el seudónimo de Enrique Somoyar publicó «Cartas de un americano a un amigo suyo», documento de denuncia de los excesos de Pablo Morillo como «pacificador de costa firme», comenzando por la autorización de éste al pago, con fondos públicos, de un sicario para asesinar a Bolívar en Jamaica. Por eso el «Pacificador Morillo» debió publicar varias defensas, compiladas en el libro «Memorias de Pablo Morillo” (cfr. Editorial Fica 2010), aunque de ello hablaremos un poco más en próxima entrega.

Como para enero falta algún tiempo, luego trataremos a fondo de la Revolución de los Coroneles y su ulterior hundimiento; de los alcances de esta y de la terminación de la Independencia de Colombia, que inicia con Boyacá, continúa en Carabobo y culmina en Pichincha, aunque para su consolidación se deben esperar Junín y Ayacucho.

Es decir alcanzado el triunfo en la Batalla de Boyacá no caímos automáticamente en las garras yanquis, como se viene diciendo, sino que el proceso emancipatorio del que las batallas y acciones cuyo bicentenario estamos conmemorando, fueron así mismo de la preparación contra una eventual intervención de la Santa Alianza y de prevención contra el expansionismo imperial norteamericano, que veremos más adelante en las formulaciones del Congreso Anfictiónico de Panamá versus la Doctrina Monroe.

Agosto 9 de 2019.