En las dos grandes cadenas radiales (una cuyo dueño es un monopolio nacional –entroncado con el capital transnacional− y el otro propiedad de una transnacional de las comunicaciones, a saber, RCN, del monopolio Ardila Lülle, y Caracol del grupo español Prisa), existen unos “microfonistas” −con honrosas y contadas excepciones en cada caso− que no son periodistas en el estricto sentido, sino gentes que asumieron ladrar o hasta rumiar y rebuznar frente a un micrófono, porque tal vez no hallaron más nada qué hacer; y ellos, los eximios “comunicadores” y brahmanes de la orientación en cada uno de sus programas de opinión, siempre, indefectiblemente, “invitan” a debatir u opinar a personas, siempre, también, con un sesgo y falta de equilibrio, incluso personal, que desdicen de lo que debería ser −al menos en apariencia− la objetividad y ecuanimidad, esencia del periodismo, o como se estila decir hoy: comunicación social.

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Por allá en 1953, estando fresca la tumba del camarada Stalin, apareció publicado en los países capitalistas el libraco ‘Ensayos de economía positiva’, al que siguieron varios libelos de poca monta, y luego ‘Capitalismo y libertad’ (mal traducido a chapetón o castellano como ‘capitalismo y desarrollo’), del grandísimo y venerable hijueputa, Milton Friedman, padre del neoliberalismo contemporáneo, como escuela económica, social, ideológica para el manejo político.

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Coinciden en contar todos los biógrafos de Churchill y los analistas de los antecedentes de la Segunda Guerra Mundial, que uno de los causantes de tal catástrofe (además, obviamente del nazi-fascismo representado por Hitler y Mussolini), fue el primer ministro de Gran Bretaña, Neville Chamberlain.

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