Tolima
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Después del atroz y abominable asesinato del estudiante Dilan Cruz a manos de las hordas del Esmad, la voz unánime del pueblo debe levantarse con fuerza a exigir su proscripción total. En una sociedad medianamente civilizada no se puede admitir matones a sueldo de inermes ciudadanos que acosados por el desgobierno y el modelo neoliberal se ven precisados a  salir a las calles a protestar y exigir derechos constitucionales.



Manifestación por la muerte del estudiante colombiano Dilan Cruz, a manos de las fuerzas antidisturbios en Medellín, el 26 de noviembre de 2019© AFP Joaquín Sarmiento.- Dilan Cruz solo tenía 18 años. Había terminado el bachillerato con mucho sacrificio y hacía trámites ante el ICETEX para hacer la carrera profesional: Administración de Empresas. Afectado por la política neoliberal y corrupta del presidente Iván Duque Márquez, salió a protestar, a exteriorizar su inconformidad por la forma bárbara como el estado colombiano maneja la educación pública. Ese fue su único pecado. Por eso, lo asesinó el Estado, con el único propósito de desarrollar la teoría del miedo y hacer que el pueblo no reclame sus derechos y se mantenga de rodillas ante la gran burguesía dueña de los medios y las relaciones de producción en Colombia.

Esta máquina de terror y de violencia logró el objetivo. Su familia fue obligada a pedir un funeral privado. Solo sus deudos tenían derecho de llorar la partida violenta del joven en primavera. Nadie más. Fiel al individualismo, característica propia del capitalismo, Duque Márquez y el grupo genocida, se salían con la suya.

Sin embargo, el pueblo combatiente en las calles y avenidas de los pueblos y ciudades colombiana, gracias a las redes sociales y los medios alternativos, estaba sintonizado con la indignación ante semejante y cruel asesinato, prácticamente a sangre fría.

Se expresó en todo el país con fuerza y decisión. Y la prueba más fehaciente es el Paro Nacional que se viene desarrollando con heroísmo y patriotismo desde el 21 de noviembre. Un paro contundente, lleno de contenido y de mil razones.

Un paro que tiene sintonía con las protestas que se vienen desarrollando en América, desde Chile hasta Estados Unidos y Canadá. Un paro que rechaza contundentemente el vil golpe de estado en la hermana república de Bolivia, donde su presidente constitucional y reelecto, Evo Morales Ayma, fue depuesto violentamente bajo la dirección de Estados Unidos y los buenos oficios de la Organización de los Estados Americanos (OEA). Un Paro que rechaza la vergonzosa intervención de Duque Márquez y su patota, en los asuntos internos de la también hermana república bolivariana de Venezuela. Un Paro que educa y forja la resistencia del pueblo colombiano. Un Paro que tiene autoridad moral y política, para rechazar el Esmad y exigir su desmonte inmediatamente.  

Fue un crimen programado, fríamente calculado contra un joven que solo había salido a exigir del estado un espacio para estudiar y en vez del gobierno sentarse a discutir fórmulas de solución, acude a la fuerza bruta, al crimen. Lo primero que hace el estado con cada miembro del Esmad es “desnaturalizarlo” y alienarlo para que defienda la clase social de la cual él no hace parte y a odiar los miembros de su propia clase social. No actúa conscientemente, actúa maquinalmente. Luego, el responsable directo del asesinato, es el estado y su representante legal: El Presidente de la República, Iván Duque Márquez. Él es el que tiene que responder por esta muerte violenta.

Al lado de este insuceso aberrante y repudiable, hay que destacar también el supuesto “suicidio” de un soldado que valientemente se solidarizó con el Paro Nacional y después de grabar un vídeo, su corazón dejó de latir. La fuerza castrense con libreto en mano se apuró a decir que había tomado la decisión de eliminarse cuando estaba a casi dos meses de cumplir el servicio militar. Se han demorado en declararlo loco, demente que se obsesionó con la muerte.

¿Quién puede creer que una persona joven, bien tratada y con plena libertad toma una decisión de esta naturaleza? Hay matoneo en las fuerzas militares y todo indicaría que este joven de solo 21 años fue víctima de éste de una forma aberrante y criminal. Luego, también se puede tipificar como execrable crimen de estado en cabeza de Iván Duque Márquez, pues al fin y al cabo el presidente es el comandante supremo de las fuerzas militares de Colombia.

Las fuerzas militares, especialmente su cúpula, están untadas de sangre inocente hace mucho rato. Las armas del estado se han vuelto contra el pueblo inerme desde tiempos inmemoriales. Esto sucede (dicho sea de paso), porque la misión de las fuerzas militares no es defender la vida y honra del pueblo colombiano, como dice la constitución nacional, su misión central y básica a su vez, es proteger los intereses económicos de la gran oligarquía. Su poder represivo está para eso. Es la cruda realidad.

Así que todo esfuerzo porque se derogue el criminal Esmad, resulta importante. Hay que apoyar la lucha que lidera el sindicalismo colombiano, los campesinos e indígenas con el gran Paro que se viene desarrollando. La unión hace la fuerza. Dilan, hermano: ¡Duerma en paz, el pueblo organizado lo vengará más temprano que tarde!