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Tolima
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Ayer tuve pico y placa en el horario de 8:00 a.m. a 12:00 m. Aproveché para ir a uno de los hipermercados de la ciudad musical de Colombia.



Tomando las mínimas medidas de precaución salí a caminar las calles y avenidas. Lo hice con pánico. El palo no está para hacer cucharas, dice el dicho popular. Me coloqué el tapabocas y me tercié la mochila con los documentos de identidad y el libro del laureado escritor colombiano, Gabriel García Márquez, intitulado: Cien años de soledad. El sol pálido iluminaba hacia las 8:30 de la mañana, mostrando unas calles y avenidas desérticas y melancólicas. Imaginando que el virus podía estar en el piso al alguien haber expectorado, cruzaba por sitios que consideraba de poco tránsito peatonal, como por ejemplo, el centro de la calle, pegado de los andenes o sobre los separadores con quikuyo. La avenida quinta a la altura de la 64 permanecía solitaria. Una que otra moto y rara vez un taxi espantado.

Cruce la quinta y al intentar ingresar al hipermercado lo primero que divisé fue una fila enorme. Saludé al celador y sin contestarme el saludo me indicó dónde tenía que ubicarme. Me ubiqué y saqué el libro continuando la lectura, mientras me tocaba el turno. El señor que iba adelante, volvió su mirada y asombrado me dijo: “¡Qué estrategia de conjurar la cola!” Suspendí la lectura y guardando la distancia reglamentaria de casi dos metros, agradecí su comentario. “Siempre he considerado al libro mi mejor amigo: No miente, educa, forma, recrea, anima”. “Yo sí soy malo para leer”, contestó resignado. “Hay estrategias prácticas para estimular el interés por la lectura”, insistí. Sonrió. Se frotó las manos y recostándose contra la pared del edifico me preguntó con ironía cual sería esa fórmula. “No hay una única fórmula, vecino. Hay muchas. Le diré una: Seleccione un libro que le llame la atención, sienta curiosidad o que alguien le haya recomendado, para bien o para mal. Haga un plan de lectura, sin afán, sin presión de ninguna naturaleza. Eso sí con disciplina. El primer día, lea solamente una página. El segundo, dos, el tercero, una y el cuarto, tres. Siga esa dinámica. Ni se desboque, ni se rinda. A corto plazo verá usted resultados”. “Vea, pues, no había escuchado esta fórmula”, me dijo un poco interesado. “Yo soy bibliotecario de la biblioteca Cañón del Combeima, en Villa Restrepo y hemos ensayado el ejercicio con estudiantes del Sena y niños de las escuelas Olaya Herrera y Nicolás Esguerra, de Llanitos y Pastales, respectivamente. Con los estudiantes del Sena fue fructífera. Cada estudiante seleccionó un libro y aplicó la fórmula. Con los niños, cada uno apadrinó un libro comprometiéndose a dos cosas básicas: Cuidarlo y leerlo. Nada de resúmenes, ni fraccionarlo en personaje central, secundarios, argumento, etc. Nada de eso. La tarea era esa: Leerlo y cuidarlo. Bien. Al terminar el año, los niños devolvieron el libro en buen estado y lo comentaron a su manera, sin presión de ninguna naturaleza”. “¿Qué libro recomendaría a un viejo como yo?” “Vieja la cédula, no usted, amigo”, le contesté. “¿Qué le gusta a usted?” “La política” “Entonces el libro perfecto, inicialmente se llama: El Príncipe de Nicolás Maquiavelo”…

Se interrumpió la conversa. El celador facilitó el ingreso al hipermercado. No obstante, alcance a anotar su nombre y el celular. El hipermercado era un completo fantasma. Uno que otro obrero acomodando los productos en las estanterías. Mientras la cajera registraba los productos, le pregunté si le gustaba leer. Me dijo que a veces. Entonces, le entregué un documento que sobre lectura escribí el año pasado y distribuí por el Cañón del Combeima. “Por estos días le debe quedar tiempo”, le dije. “No mucho, pero lo leeré en casa con mi hijo que es más flojo para la lectura”, me contestó. “Mira, si usted le pone entusiasmo y alegría a la lectura, posiblemente el niño como mínimo intentará imitarla. Acepta mi consejo”, le dije.

Volví a la calle con seis bolsas. Esperé media hora un taxi y nada. Resignado hice el recorrido de regreso, haciendo casi el mismo número de estaciones que hizo jesús camino al calvario. Las calles solitarias. Antes de llegar a la residencia hay una tienda. Quise entrar a preguntar por un producto, pero estaba atestada de público. Esperé pacientemente a fuera. Media hora después pude entrar y comprar el producto. Al ingresar a la casa me quité los zapatos, les unté alcohol, me bañé las manos con agua y jabón y desarrollé las demás actividades programadas para el día, entre ellas, leer. El libro me libera. Rompe fronteras, arrasa con la monotonía y nos dinamiza en un mundo surrealista como es el que pinta Gabo en Cien años de soledad. ¿Qué sería de mí sin un libro?, me he preguntado en muchas oportunidades. En el libro está el saber, la posibilidad de vivir y convivir. No hay actividad más hermosa que apagar la televisión y abrir un libro, como lo recomienda el famoso escritor mejicano, Rius, porque la televisión idiotiza y el libro libera.