Tolima
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El escritor y poeta, Edison Peralta González, regresa a su pueblo natal, muchos años después, con la única esperanza de reconstruir la verdadera historia, la que han ocultado por siglos, los historiadores de la rancia oligarquía colombiana.



Se encuentra con una clase dirigente ágrafa, con poca vocación por la lectura y con mucha ambición por el poder y el prurito de mandar. Recorre con nostalgia las calles polvorientas y desérticas de Villarrica (Tolima), afanado en encontrar pruebas de lo que él sabe perfectamente, porque lo vivió en carne propia, cuando la furia demencial del general Gustavo Rojas Pinilla y demás gobernantes, dejaron caer sin remordimiento sobre esta comunidad, cientos y cientos de bombas y estruendosos y escandalosos ametrallamientos contra inermes y taciturnos campesinos armados de machete, azadón, pica y hacha, con la única misión de hacer producir la tierra ubérrima de esta vasta región.

Va en todas direcciones como un fantasma, guiado por la nostalgia y los recuerdos cuando era feliz e indocumentado como diría sabiamente Gabriel García Márquez. Los sobrevivientes esperan impacientes el último hálito de su existencia, peleando con los achaques de la vez y la pérdida de la memoria, en los crudos vericuetos del poblado. Los niños deambulan por las calles sin control alguno y los jóvenes prisioneros en las redes sociales, desconocen de cabo a rabo la historia, atrapados en la sociedad de consumo y en el facilismo que ofrece la sociedad capitalista. Encuentra un pueblo sin pasado y sin memoria.

No se arredra. Está dispuesto a luchar contra la adversidad. Desenfunda su arma predilecta: El arte de escribir, plasmando paso, entre paso, cada rincón y cada acontecimiento histórico del poblado que lo vio crecer. Su grito poético y profético, se lee en sus descomunales crónicas, que huelen a tierra, a sacrificio, a nostalgia, pero también a esperanza en una segunda oportunidad que viene forjando el pueblo con todas las dificultades, emocionantes errores y vacíos ideológicos. Sus escritos les dan vida a la sentencia inexorable del pensador italiano Norberto Bobbio cuando dijo que las ideologías reverdecían. Para la muestra un botón. He aquí, un fragmento de su exquisita literatura popular:        

“Voy a mi pueblo, tropiezo con los adoquines del café, sueño y río, busco epitafios en el borde del atajo y las calles dolidas, medito y maldigo los sayones que un día calcinaron las rutas de los Cuindes, me doy prisa, visitó la iglesia, la turba y las cantinas, almacenes, el Concejo y la plaza de mercado, la casa de la Cultura y la Alcaldía. No encuentro amigos, se murieron tal vez en el agite y los despojos y la guerra de trincheras. Otros están ahí en su senectud en los recodos de las casas raídas maldiciendo los verdugos que asolaron sus chacras. Busco lectores para mi libro de historia "Las Guerras Campesinas de Villarrica" y me entero que nadie lee. No volvieron revistas, ni panfletos, ni periódicos, solo televisión basura. Invitó a las autoridades, al policía y al soldado, a ricos y pobres, al cura, al monaguillo, al maestro, al campesino, al estudiante, al concejal y al tendero y tristemente muchos se ufanan de no haber leído nunca un libro! ¡Qué infortunio! Nadie asiste al encuentro con la historia. Estaban ocupados, dijeron algunos, festejando la llegada de los gringos que suponen habrá de redimir la pobreza en los rituales y me detengo en la esquina de los muertos, la “flecha roja”, la tienda que atestiguó el desangre y los carruajes que arrastraron los cuerpos moribundos de campesinos liberales, acusados de chusmeros, comunistas, ateos y ejes del mal”.

“Me asomo a la casa otrora de mi abuela a buscar los fantasmas de la historia, me acerco a la “última copa” el prostíbulo de la “patasola” y el espectro de la hacienda donde hacinaron los lungos inmigrantes de todas las edades y todos los tiempos. Me devuelvo y tomo fotos a la casa de los Espinosa, Guarnizo, Pedro Prada, Frutoso Córdova y otras que olvido y atestiguaron la muerte de soldados y campesinos sin cabeza y sin rostro, me asomo a los postigos que fisgoneaba en los días de la infancia y regreso a la estancia,la casa de Estanco, donde vive mi primo, la casa eterna de la familia averiada por el tiempo. Doy vueltas en el pueblo, me encuentro con los hermanos Velasco, los mismos que en los días del agite se abrazaron con los dioses, las Cubillos, parientes de Libertador, el héroe campesino de Manzanita, los Guiza, los primos de Eusebio Prada “Mono Mejía”, el comandante de la guerra de trincheras y no recuerdan, no saben del holocausto de los Cuindes”.

“Después de las celebraciones de la patria con la tristeza al hombro caminé hasta el cementerio en busca de la tumba de mi padre y mi hermano y solo hallé un reguero de cruces y tumbas de otros nombres de los muchos que tuvieron dignidad de sepultura. No estaban, habían enterrado sobre sus restos otros cuerpos y no encontré siquiera la cruz de madera de mi padre. Vuelvo a la calle y con mis lágrimas heladas me abrazo a los recuerdos en busca de la esfinge y avizoro un montón de luces en el tiempo atrapando la oquedad, allá en Matefique, San Pablo y el Darién y Manzanita donde yacen cientos de muertos de campesinos minimizados por la historia”.

“Después de su cautiverio, nos decía mi madre, con voz acongojada, “los mataron a todos, a muchos, a los hijos de la jungla y los cafetos, padres, hermanos, hijos, tíos y abuelos a orillas de los caminos y los ríos, los fusilaron indefensos, degollaron la vida y las palabras y un mar de sangre inundó las trochas empedradas de mi pueblo”. No hay hojas, flores, ni frutos, las quemaron las bombas incendiarias de los yanquis, el boscaje se cansó de engendrar sueños y lágrimas, solo quedó la noche abrazada a las veredas y el grito lastimero de la brisa y la hierba custodiando el fantasma de la muerte. Después los campesinos cavaron la tierra en los convites, abrieron zanjas en cientos de kilómetros para desafiar el miedo en la trinchera y seguir muriendo a bombazos y metralla en luchas infinitas y columnas de marcha de la historia”.