Tolima
Typography

Las propuestas de reforma de importantes aspectos de la política nacional, presentadas por Juan Fernando Cristo, ministro del Interior, han causado enfrentados criterios en la opinión pública, pero tal vez la de reducir a 16 años la edad para votar es la que ha contado con menor aceptación entre muchos de los beneficiarios de las normas actuales.



En los motivos de resistencia a esta propuesta coinciden casi todos los que la expresan: a los 16 años se es todavía un niño, no se cuenta con suficiente conciencia para dar un paso tan delicado como es el de votar y, antes que beneficios, el cambio podría traerle al país grandes dificultades.

Es más o menos lo mismo que se argumentaba cuando la edad bajó de 21 a 18 años. Los cuestionamientos eran de parecida naturaleza, pero el paso del tiempo se fue encargando de desvirtuarlos: el país siguió paseándose con altos y bajos por su historia, sin que ninguna de esas predicciones se hiciera realidad.

Quienes creemos que este cambio es necesario podríamos parodiar a nuestro meritorio Nobel, Gabriel García Márquez, quien alguna vez, rindiéndole un justo homenaje a la mujer, señaló su convicción de que el mundo andaría mejor si fuera gobernado por ellas. Hoy podríamos decir lo mismo respecto de los jóvenes. Llevamos toda una vida gobernados por viejos, que han sido elegidos por viejos, y lo que al final tenemos es un país patas arriba, incapaz de generarle la más mínima esperanza a su pueblo, con una clase dirigente entregada de pies y manos a la corrupción y con el único hecho positivo de haber logrado acordar el fin del conflicto que sostenía con las FARC, su más enconado contendor alzado en armas.

Es el momento, entonces, de confiar en esta franja de la población. De confiar en el desprendimiento, entusiasmo y limpidez de sus actos. De confiar en su capacidad de amar desinteresadamente, incluso a ese ser abstracto que es la patria y por el cual tantos han sacrificado las mejores etapas de su vida, e incluso la vida misma.

La juventud no está contaminada de ninguna manera, o al menos no lo está al punto de ver en las coimas electorales la guía de sus pasos. Démosle la oportunidad de hacer lo que los viejos no pudimos, así se equivoquen, que si lo hacen, será de buena fe, y no pensando en los oscuros intereses con que siempre han actuado muchos de los dirigentes actuales. A propósito, con la propuesta de ampliar la edad del derecho a elegir, debería estudiarse también la del derecho a ser elegido. Eso sería lo justo.