Tolima
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2017 Fue un año muy particular. Los colombianos más optimistas lo recibimos con el convencimiento de que nos traería la cuota inicial de un nuevo país, en el que quedaría como un mero registro histórico el sinnúmero de violencias e inequidades que afectaron la vida de más de tres generaciones.



Creímos que en él comenzaría la construcción de un país distinto, en el que al menos se pudiera gozar de un proyecto de desarrollo capaz de acabar con la extrema inequidad existente en el campo, así como de una apertura política que posibilitara a la población violentada y a la oposición democrática su participación en el juego político sin el riesgo de perder la vida.

Ese 2017, en el cual pensábamos que comenzarían a volverse realidad tan justificados sueños, solo fue visto así por uno de los actores del conflicto armado, tal vez el de menor responsabilidad en ese viacrucis de más de cinco décadas, pues el otro actor, el responsable de implementar los acuerdos de paz, solo se dedicó a simular su interés en sacarlos adelante, mientras los torpedeaba sin ninguna contemplación.

Para el 2018, los optimistas del 2017 hemos comenzado a presagiar saboteos mucho más intensos, sobre todo porque la implementación tendrá que adelantarse sin el acelerador del Fast Track y con la autorización adversa de la Corte Constitucional para que a los acuerdos se les puedan introducir las modificaciones que el Congreso estime convenientes, así con ellas se haga imposible concretar los anhelos de paz.

De sobremesa, ese estado de desesperanza se está agravando con el vergonzoso espectáculo de rapiña del que hemos sido testigos en cada etapa preelectoral, pero que en esta tiende a subir de tono, sobre todo por el sinnúmero de aspirantes que se observan en campaña, muchos de los cuales han optado por presentar sus nombres por fuera de los partidos a los que pertenecen, y todo con el fin de evadir sus responsabilidades en repudiables actos de corrupción de los que han sido partícipes, como son, por ejemplo, los de Reficar y Odebrecht, con la consabida acción protagónica del sector privado.

Salir de semejante estado de cosas solo será posible si el país democrático  se compromete a superar la orfandad de liderazgos que lo llevan a desperdiciar oportunidades tan grandes como las que actualmente existen para conquistar la paz, o, incluso, para llevar a sus mejores hombres al Congreso, donde un universo bastante amplio de reformas, como las que están contenidas en los acuerdos, pueden devolvernos la esperanza con la que comenzamos el 2017. En esto ciframos nuestras esperanzas para el 2018. Feliz año para todos.