Tolima
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Me preguntó asombrado a diario por qué el ser humano es así y no así. No desaprovecho oportunidad para observar el comportamiento de este ser, que ciertamente constituye nuestra realidad antropológica y sociológica en el sistema de los antivalores.



El comportamiento del humano que manda. Cómo se transforma, se desdibuja por una mínima responsabilidad. Se cree superior a los demás. Mira su clase social con desprecio, con asco y con desdén. Cree ciegamente que ya hace parte de esa clase social opulenta y se dedica a aprender sus resabios y vicios, la forma bárbara como esta trata al pueblo en su conjunto.

Se olvida que aquel espacio es efímero, tan pasajero como la ola marina que se pierde en la inmensidad del océano. Ni siquiera tiene tiempo para acostarse a disfrutar el sueño, porque la rapidez lo impide.

Los abuelos solían decir con qué sabiduría que “el que no ha visto a Dios y lo ve, cae patas arriba”. Una forma clara de decir que una persona que nunca ha sido y llega a ser, pierde los estribos, se vuelve antipática, egoísta, amargada y triste, con el seudo pensamiento de que el mundo debe girar en lo sucesivo alrededor suyo. Se considera el ombligo del mundo, en una forma vacía de contenido y completamente distante de la realidad.

“Ese fulano era buena persona, pero le dieron ese carguito y se volvió una porquería, ya no saluda, ya no determina, ya no comparte un tinto como lo solía hacer”, se oye decir con mucha frecuencia en los pasillos de los edificios donde se concentra el poder de la ciudad, el departamento o el país. 

Habla de cultura, vive de la cultura, pero su comportamiento es inculto de principio a fin hasta consigo mismo. No da la cara para saludar, que resulta ser lo más elemental. No conversa, regaña. No dialoga, grita. No estimula, desestimula.

La gente tiene sus particularidades para expresar su malestar hacia ese amigo ayer, hoy convertido en enemigo por un simple cargo burocrático. ¿Cuál es la razón fundamental?

En eso también la gente divaga, da múltiples explicaciones, muchas de las cuales no puede estar uno de acuerdo, pero las respeta y las valora en el marco de la pluralidad y la tolerancia.

Yo pienso, por ejemplo, que la causa principal reside en el modelo sistémico. El capitalismo no nos enseña a compartir sino a competir, de tal manera que veo a diario a mi alrededor, no seres humanos sino brutales competidores que debo derrotar o si no, ellos sí me derrotan.

Al respecto, dijo Nicolás Maquiavelo: “El fin justifica los medios”. Entonces, para yo mantener el puestico, tengo que impedir la competencia y la mejor manera es teniendo a mis semejantes subyugados, atemorizados, desunidos y en precarias condiciones.

Aforismo griego

El aforismo griego: “Conócete a ti mismo”, que pensaba ciegamente que el autor era Sócrates, nos abre al desafío del autoconocimiento. Se les adjudica este refrán a pensadores como Heráclito, Quilón de Esparta, Tales de Mileto, Sócrates, Pitágoras, Solón de Atenas. Incluso, Fenmonoe, poetisa griega mítica.

Dicho aforismo significa que la principal necesidad de una persona para acceder a la sabiduría filosófica es el autoconocimiento. Esta frase está escrita en la entrada al templo del Dios Apolo, en Delfos, siendo interpretada como el saludo que el Dios dirigía a los visitantes de su templo, deseándoles sabiduría.

Recordemos que desde la antigüedad remota de Gracia han aflorado tres interrogantes, interrogantes que no han perdido vigencia: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?

El filósofo Platón coloca esta frase en boca de Sócrates en su diálogo con Alcibíades, un joven ignorante que aspiraba a la política. Al parecer trata de decirle que antes de ser gobernante y mandar sobre el pueblo, su primera tarea como hombre, es gobernarse a sí mismo, y no lo conseguirá si antes no se conoce a sí mismo. 

Por lo tanto, conocerse a sí mismo, supone el camino inmaculado del perfeccionamiento, de hacerse mejor y adquirir conocimiento sobre la propia naturaleza y limitaciones, porque no puede uno desarrollar su propia naturaleza, sino sabemos cuál es.

Así, el individuo que toda la vida ha estado condenado a obedecer y tiene la posibilidad de mandar, debe hacer un esfuerzo por ser más persona, más humano, dándole prestancia a su clase social. Eso implica no hacer lo que tanto criticaba cuando su destino era solamente obedecer.

Mire usted que no es fácil. Pero sí hay ejemplos descollantes. Por ejemplo, Fidel Castro, en Cuba. Tuvo todo el poder de esta isla en sus manos y nunca se engolosinó con él, nunca renunció a su clase social. Por el contrario. La llevó al poder. Fue más humano, fue más persona.

Ernesto Che Guevara, otro ejemplo. Fue guerrillero. Luego, pasó a ministro y de ministro volvió a guerrillero en Bolivia donde la muerte lo sorprendió. Es decir, el pueblo sí puede llegar al poder y no perder su don de persona. Su desafío es ser más humano, más sencillo, más respetuoso, saludar con la misma efusividad que se saluda al superior.

El capitalismo está desnaturalizando la condición humana, la ha convertido en lobo del hombre mismo, la ha cosificado. Se hace necesario recuperar el humanismo, compartir y recuperar la capacidad de asombro. Un simple y pasajero carguito no nos puede colocar en contra de nuestra propia clase social, nuestros hermanos de clase con los cuales nos hemos comido las verdes y las maduras, como dice el dicho popular. Maldito aquel que niegue a su hermano de clase por un miserable cargo burocrático.