Tolima
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El monstruoso escándalo de Odebrecht puesto al descubierto durante el presente año, en el que vincula, prácticamente, a toda la clase gobernante de la república de Colombia, con toda seguridad será tapado a sangre y fuego. No es nada nuevo en esta rancia y corrupta oligarquía, siempre ha utilizado esta siniestra práctica cuando de salvar sus intereses de clase se trata.



Para la muestra un botón. Dos testigos claves que podría arrojar luces sobre los directos responsables de este abominable y criminal suceso, ya han sido asesinados. Primero fue Jorge Enrique Pizano, quien hacía parte de la concesionaria ruta del sol II y conocía al dedillo el entramado. Y para no dejar posibles testigos, su hijo también fue asesinado al parecer por envenenamiento. Ahora, es asesinado Rafael Merchán, ex secretario de transparencia de la presidencia de la república de Juan Manuel Santos Calderón. Esta oligarquía sabe que los muertos no hablan y que al miedo aún no le han hecho pantalones.

Se confirma lo denunciado hace rato por el Partido Comunista y el mismo ex candidato de la Colombia Humana, Gustavo Petro Urrego: Colombia está en manos de la mafia, este es un estado narco paramilitar mafioso. Ante los horrendos hechos, la reacción natural es la violencia: Matar a todo el que se interponga. Históricamente ha sido así. Esa suerte corrieron entre otras personalidades: El general Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán, Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Osa, Luis Carlos Galán Sarmiento y el mismo líder de la derecha, Álvaro Gómez Hurtado.

¿Por qué asesinaron a Álvaro Gómez Hurtado? Porque le propusieron al parecer que liderara un golpe de Estado contra el entonces presidente Ernesto Samper Pizano. Se negó, proponiendo un acuerdo nacional sobre lo fundamental. Esa decisión ya en su ocaso político le costó la vida. Así castiga la mafia al que se sale de su redil o se niega a ejecutar una orden. Mafia es mafia.

El Fiscal General de la Nación, Néstor Humberto Martínez, cuota burocrática del grupo AVAL, donde está el más rico de Colombia, Luis Carlos Sarmiento Angulo, hace parte de ese club mafioso. Era asesor de este grupo económico al momento de ser elegido Fiscal, conocía a la perfección los negocios oscuros con Odebrecht, no lo denunció. Por el contrario. Encubrió el ilícito siempre en defensa del grupo AVAL y en contra, naturalmente, del erario público.

Este siniestro personaje al parecer tiene un apartamento en el corazón de Madrid (España), avaluado en más de 3 mil millones de euros. En Estados Unidos al parecer tiene cuentas ocultas por las cuales no paga impuestos. Es una vergüenza, pero es el Fiscal General de la Nación. Con todo ese prontuario que a cuentas gotas ha venido saliendo a flote, sigue en la Fiscalía con el aval del presidente Iván Duque Márquez y el narcotraficante número 82, Álvaro Uribe Vélez, como si nada ocurriera. No demora el Parlamento colombiano en condecorarlo con la cruz de Boyacá.

Mientras esto sucede allá distante en las alturas, al interior del país nacional del cual hablara Gaitán, los asesinatos contra líderes campesinos, populares, políticos e indígenas, continúan con la misma intensidad. Colombia está convertida en un verdadero cementerio. El Estado ha hecho trizas los acuerdos de paz concebidos en la Habana (Cuba) y firmados en Bogotá. De ese acuerdo solo sobrevive una lánguida caricatura.

Cientos de ex guerrilleros y presos políticos siguen en las mazmorras del régimen, el comandante fariano Santrich sigue prisionero, lo mismo Simón Trinidad en los Estados Unidos. Cerca de un centenar de ex guerrilleros han sido asesinados, prácticamente, a sangre fría. Los militares sigue matando campesinos, el paramilitarismo se da el lujo de amenazar en todas las regiones del país con entera libertad y comodidad.

En esas condiciones deplorables nos disponemos a despedir el 2018 y a recibir el 2019. Un pueblo surcado por la violencia estatal, graves problemas económicos, atacado por la cascada de impuestos, un aumento salarial que produce rabia e impotencia y una clase dirigente dispuesta a seguir en el poder con las elecciones de mitaca de este nuevo año.

Un cuadro desconcertante. Apocalíptico. Sin embargo, el pueblo no renuncia a la esperanza. Hay al final del túnel una lucecita tras de la cual debemos avanzar, caminar, venciendo la tempestad adversa. El comunista – por ejemplo – tiene claro la dinámica de la lucha de clases. Ese conocimiento debe multiplicarlo entre las masas con alegría y optimismo.

Igualmente, sin pretender ser la vanguardia, debe prodigarse a fondo en la búsqueda de la unidad. La unidad, dijo Bolívar, nos hace invencibles. Hay que tomar con mucha seriedad el debate electoral de 2019. Esos 8 millones 40 mil votos que obtuvo la izquierda en las últimas elecciones presidenciales, se debe multiplicar, cuantitativa y cualitativamente. Es hora de mirar el poder de frente, sin agachar la mirada. Hay que superar la simple oposición. Es un reto. No es fácil. Tampoco imposible. Solo así es posible salvar a Colombia de las garras de la mafia y de la corrupción. Parar este baño de sangre orquestado desde las alturas con el fin de la clase dominante teñida de sangre humilde seguir gobernando. Basta ya. Vamos por un nuevo país. 

Los hallazgos que el controller de la Ruta del Sol no se llevó a la tumba