Tolima
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Casi que sin darnos cuenta, la institucionalidad electoral colombiana ha sido rebasada por la de muchos otros países de nuestro continente, en los cuales ya se tiene voto electrónico, se han constituido tribunales electorales autónomos, se ha legislado sobre la revocatoria de los mandatarios elegidos y se ha penalizado el fraude electoral, entre otros aspectos que realmente democratizan este aspecto tan importante en la vida política de un país.


Y aunque la democracia electoral no lo es todo, pues solo se reduce a lo que digan las urnas en un día específico de un período determinado, dejando al ciudadano al margen de las decisiones que hayan de tomarse en el día a día, lo que se haga en ese sentido no deja de ser importante, y por eso preocupa la indiferencia con que hemos recibido las iniciativas que en tal sentido se están dando.

Es este el momento en el que deberíamos estar pensando en si nos ha sido útil el presidencialismo que nos gobierna, o si deberíamos pasar a un sistema parlamentario como el que gobierna en buena parte de los países europeos; en lo bueno o lo malo de nuestro sistema legislativo, y si sería mejor que fuera unicameral; en los frutos que hemos obtenido de la financiación privada de las campañas, y si debemos hacer tránsito hacia una total financiación estatal; en reconocer que nuestros muchachos están despertando cada vez más temprano a la comprensión de lo que ocurre en su entorno, o los mantenemos marginados de las decisiones políticas hasta tanto no cumplan sus 18 años.

Igual de importantes a estas reflexiones son las relacionadas con la protección de los partidos minoritarios y el papel que estos pueden jugar. ¿Ese papel debe ser el de simple observadores o, a lo máximo, radicales opositores? ¿Deben ser ellos los que detenten dignidades tales como las de Contralor, Procurador, Defensor del Pueblo, que se orientan al control de los actos oficiales?

Como estos últimos aspectos deben quedar consignados en el estatuto de la oposición, debe definirse claramente lo que es pertenecer a ella, no vaya y siga repitiéndose el hecho de que organizaciones que coinciden en un todo con el gobierno, salvo en uno que otro aspecto, importante o no, pero circunstancial, como el proceso de paz en el momento presente, terminen considerándose de oposición, como el uribismo, y monopolizando las mencionadas instituciones de control.

Son, pues, muchas las cuestiones que deben dilucidarse en este corto período con el que contamos, para darles una satisfactoria implementación a los acuerdos de La Habana. Ojalá sepamos aprovecharlo para bien de la mayoritariamente anhelada paz.