Tolima
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Definitivamente Colombia es un país suigéneris cargado de contradicciones y absurdos. Un país macondiano. Aquí se persigue y se estigmatiza a toda persona y organización que defiende la paz y la convivencia civilizada. Es un delito que fácilmente le puede generar la muerte.



Lo más desconcertante es que quien está detrás de todas estas amenazas y asesinatos son el Estado y su clase dominante, los que constitucionalmente están en el deber de preservar la vida y la democracia de los colombianos y las colombianas.

Y, es tal esa conducta guerrerista y criminal de la burguesía y el Estado que la extrema derecha ha fundado un partido propio para desarrollar toda esta campaña sucia y violenta. Se llama: “Centro Democrático”.

El Centro Democrático es el partido del actual presidente Iván Duque Márquez. Eso explicaría de alguna manera por qué la cruda violencia actual y por qué el interés del gobierno de hacer trizas los acuerdos de paz que se concretaron en la Habana y se firmaron en el teatro Colón de Bogotá, el 24 de noviembre de 2016.

Todo el poder mediático y “político” de este Partido, se ha inclinado en convencer al pueblo que la paz es un mal negocio y que la guerra es el camino a seguir. No lo ha convencido, pero sí alienado y sometido a punta de miedo, estigmatización y muerte. Recordemos como ejemplo el referendo por la paz. Este se perdió porque supuestamente, el pueblo rechazó en las urnas la opción de la paz y se inclinó por la opción de la guerra.

A partir de allí, el padre de las ejecuciones extrajudiciales (Falsos Positivos), Álvaro Uribe Vélez y su cohorte, intensifican su campaña para hacerle creer al pueblo que la guerra es la opción para el pueblo colombiano. Quizás, por eso, el pueblo no reacciona como debiera reaccionar, ante el crudo y silencioso genocidio que se viene desarrollando contra el Partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC), los sectores campesinos, indígenas, sindicalistas y todos los que abogan por la paz con justicia social. Prisionero del analfabetismo político, los aparatos ideológicos y represivos del Estado, el pueblo con bastante dificultad logra comprender el tejemaneje que se vale la clase dominante para sostenerse en el poder.

El pueblo colombiano se hace una masa amorfa impedida de pensar y decidir por sí misma. Necesita alguien que lo oriente, le diga qué debe pensar, cómo debe actuar. Desinformado y alienado completamente el pueblo actúa. Algunos dicen olímpicamente que es que el pueblo es masoquista, es el único responsable de su propia desgracia. Nada eso es cierto. El pueblo colombiano no tiene ni libertad, ni autonomía, ni conocimiento, para actuar con independencia y conciencia, actúa maquinalmente. Actúa dopado.

La campaña para renovar los gobiernos intermedios en Colombia, se caracteriza por la mediocridad, la ausencia de ideas y argumentos. Al pueblo no le interesa el programa, le interesa la dádiva. La campaña política es como una puja, o sea, quien ofrece más. ¿Tiene el pueblo la culpa? Por supuesto que no y la razón es elemental: No tiene libertad para decidir, porque está presionado, atemorizado, amenazado y comprado.

Esta realidad inexorable en el capitalismo facilita la dinámica de las maquinarias electorales. Los trabajadores son obligados a votar por el candidato del gamonal, so pena de perder su cargo. Así, el elector no tiene la posibilidad de discernir y menos votar por el mejor programa. Vota por quien le indique el gamonal de turno. En esa dinámica las concentraciones políticas, son reuniones para ofrecer licor, concierto, comida y falsas promesas. Ebrio, lleno e ilusionado el pueblo está invitado solamente a convalidar y aplaudir el sistema capitalista antidemocrático y criminal y a apoyarlo con su voto.

El pueblo embriagado de odio gracias a la sutil publicidad de la clase dominante repite maquinalmente lo que la clase dominante le pone a repetir. ¿Lo hace el pueblo conscientemente? Por supuesto que no.

Y, a pesar de ser el pueblo directamente el afectado por la violencia, no asume el tema de la paz como algo fundamental. Cree que la violencia viene de su misma clase social y no de la clase dominante. Claro, piensa así presionado.

Ante esta cruda realidad, los colombianos y las colombianas, tenemos que envalentonarnos y persistir en el tema de la paz. El destino del pueblo colombiano no es la violencia, la muerte; es la paz, la vida. Los candidatos de izquierda y democráticos se deben convencer de eso. Hay que levantar con más fuerza la voz por la paz, la verdad, la justicia, la reparación y el compromiso de no repetición. Además, abogar por el cumplimiento del acuerdo de paz y el diálogo con las guerrillas que aún siguen su heroica lucha armada y política en el país. La paz no se decreta, se construye.