Tolima
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Una lectura relámpago de la historia de Colombia nos permite decir que este país sudamericano ha transitado la cruda violencia orquestada y dirigida desde la clase dominante disfrazada de azul y rojo. Su postura victimaria ha generado verdaderos ríos de sangre humana en todo el territorio nacional. La violencia oligárquica ha sido la divisa de esta clase dominante para sostenerse en el poder sin contraer un solo músculo de su enjuto rostro.



Esa misma clase dominante disfrazada, protegida por el paramilitarismo y financiada por el narcotráfico, pretende sostener su poder en las juntas administradoras locales, los concejos municipales, alcaldías, asambleas y gobernaciones durante el debate electoral que se realizará el 27 de octubre. A punta de mentira, calumnia, terror y represión, no está dispuesta a ceder un milímetro. Por eso, la campaña electoral se hace violenta, agresiva y con muy poca agitación de ideas y programas.

En medio de ese mundo proceloso, la izquierda es apenas una gota que se resiste a caer en los acantilados del naufragio. Débil por su matanza selectiva por parte del Estado y sus mismas ambiciones personalistas, enfrenta esta jauría de la derecha y extrema derecha en condiciones muy desiguales, pero digna. Aplica quizá la estrofa musical: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Mirada retrospectiva

¿Qué momento histórico de paz ha tenido Colombia? Realmente ninguno. Siempre ha transitado en las aguas turbias y turbulentas de la violencia de Estado. Las expectativas de paz se han diluido en los intereses oligárquicos que ven en la violencia una forma de dominar sobre el pueblo. Han sido sueños fugaces, efímeros y lisonjeros.

Una mirada retrospectiva nos permitirá sustentar esta tesis. Durante el gobierno del conservador Abadía Méndez, sucede la monstruosa masacre de las bananeras. Miles de obreros caen asesinados por las armas del Estado, cumpliendo órdenes el gobierno nacional de la United Fruit Company, multinacional de Estados Unidos.

Laureano Gómez, considerado el “monstruo” por su criminalidad, su espíritu falangista y racial, funda con sus compinches liberales los paramilitares de la época llamados: Pájaros y Chusmeros. Ambos partidos maniobran hábilmente para enfrentar liberales pobres contra conservadores pobres, ocasionando la muerte a más de 300 mil compatriotas.

Durante el gobierno del conservador, Guillermo León Valencia, miembro del Frente Nacional, la gran manguala de los dos Partidos tradicionales para anular la presencia de otros partidos, entre ellos, el Partido Comunista Colombiano, los Estados Unidos tiene toda la libertad para implementar el tenebroso plan Latín American Security Operation (El Plan Laso).

En el marco de éste, cerca de 16 mil soldados orientados por los gringos invaden el sur del Tolima, especialmente Planadas, Gaitania y Marquetalia, con el propósito de acabar con las supuestas “repúblicas independientes” y 48 campesinos liderados por Manuel Marulanda Vélez. Miles de inocentes campesinos murieron bajo las bombas oficiales y el ametrallamiento del ejército nacional guidado por los militares gringos.

Julio Cesar Turbay Ayala, el solemne gangoso, implementó el Estatuto de Seguridad. En desarrollo de este, miles de personas fueron asesinadas, torturadas y desaparecidas. Se recuerda con horror la postura del entonces ministro Luis Carlos Camacho Leiva. Con él, el fascismo recorrió las entrañas de la martirizada nación colombiana.

Andrés Pastrana Arango, mientras entretenía a la guerrilla y a la opinión pública con los supuestos diálogos del Caguán, entregaba sin sonrojarse la soberanía nacional a los Estados Unidos para que éste implementara el “Plan Colombia”, cuyo cálculo de víctimas superaba el millón de colombianos y colombianas.

Cesar Gaviria Trujillo, con su voz afeminada, abría las fronteras nacionales al modelo más criminal y salvaje que haya conocido la humanidad hasta ahora: El Neoliberalismo. Con su frase irónica: “Bienvenidos al futuro”, daba entera libertad a la dictadura de la mercancía, la cual al parecer ha matado más gente que el mismo conflicto social y armado.

Belisario Betancur Cuartas, conservador pusilánime, enfrentó sin grandeza el golpe de Estado durante la acción cinematográfica del M-19 del Palacio de Justicia, permitiendo que los militares incendiaran el Palacio, asesinaran a los magistrados y a muchos sobrevivientes como se ha venido conociendo a cuenta gotas. Un magnicidio que estremeció al mundo, como lo estremeció la desaparición del municipio de Armero (Tolima) con la avalancha generada por el nevado del Ruiz, una tragedia anunciada que no quiso prevenir el presidente y que cobró más de 25 mil víctimas.

Álvaro Uribe Vélez, el narcotraficante número 82, según datos de la CIA, refundador del paramilitarismo mediante las “convivir”, padre putativo de la criminalidad, la corrupción y el terrorismo de Estado. Creador de las ejecuciones extrajudiciales (Falsos positivos), apátrida al permitir la instalación en el país de por lo menos, nueve bases militares norteamericanas para agredir al mundo desde Colombia y de paso controlar el narcotráfico. Este monigote de los gringos ha convertido a Colombia en la nación más productora de cocaína a nivel mundial.

Juan Manuel Santos Calderón, mantuvo intacta la política paramilitar, las bases gringas y desarmó al verdadero ejército del pueblo más antiguo del mundo: Las FARC – EP, mediante un acuerdo con el Estado, que el gobierno de la época y de ahora han venido desconociendo sistemáticamente. Para algunos expertos en la materia, el Acuerdo de paz no queda completo sino el nombre.

Iván Duque Márquez, un pobre idiota útil de Uribe Vélez y Estados Unidos, que solo utiliza la cabeza para hacer la 21 con el balón y memorizar al pie de la letra los libretos de Estados Unidos para agredir a los pueblos que han decidido ser libres, como la hermana República Bolivariana de Venezuela.

El último hecho vergonzoso o más reciente, mejor, fue planear con el ejército nacional y el grupo paramilitar “Los Rastrojos”, el ingreso ilegal a nuestro país del pelele Juan Guaidó. Un tonto que se autoproclamó presidente y que se presta para que su patria sea invadida por los yanquis.

Como podemos ver en este corto recorrido histórico la constante en Colombia ha sido la violencia de la clase dominante contra el pueblo. El pueblo no ha tenido un respiro de paz. Realmente no sabemos cómo es un Estado en paz. En ese sentido, recobra vigencia el pensamiento marxista cuando afirma que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. Eso quiere decir que mientras exista la burguesía en el poder, la paz será una quimera, un puntico débil en el horizonte lejano.

Habrá paz verdadera cuando la clase dominante sea el proletariado, es decir, el pueblo. Por eso, la necesidad de luchar unidos y cada vez con más formación ideológica y política. Si el pueblo colombiano supiera el contenido del Acuerdo de la Habana firmado en el teatro Colón de Bogotá, el 24 de noviembre de 2016, estaría todo en la calle exigiendo su implementación. No lo conoce. Este desconocimiento lo aprovecha la clase dominante para hablar mentiras usando los medios de comunicación.

No podemos caer en el fatalismo. Hay que persistir. Nuestra tarea es materializar la utopía de la paz en Colombia con su aporte y decisión. La paz es el camino. Persistamos.