Tolima
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Teóricamente, el debate electoral es la disputa por el poder. Eso lo tiene claro la clase dominante. Por eso invierte sumas de dinero en cantidades industriales, utiliza las maquinarias electorales y toda clase de artilugios para no perder el poder.



La estrategia que ha utilizado la burguesía hasta ahora para beber las mieses del poder es la violencia. En este terreno ha utilizado la corrupción, el ventajismo y el poderío militar-paramilitar. Sus candidatos son impuestos a sangre y fuego. También utiliza el poder mediático.

Entre la misma burguesía se disputa el poder, un sector disfrazado de liberal y el otro de conservador. Con el cuento truculento de estos colores han logrado dividir al pueblo, lo ha puesto a odiarse mutuamente, a matarse entre sí. No en vano a dicho el escritor William Ospina que la violencia en Colombia de los años 50s fue entre liberales pobres contra conservadores pobres.

Mientras el pueblo se mataba con la mayor sevicia, los jefes liberales y conservadores departían plácidamente en Europa. Cuando se dieron cuenta que el pueblo borrosamente comenzaba a develar la infame patraña, no dudaron en regresar y montar el antidemocrático Frente Nacional.

Hay quienes afirman que si se levantara una cruz por cada persona asesinada, Colombia habría que declararlo campo santo. Parece una exageración, pero no es así. La sangre obrera, campesina e indígena que ha corrido en este país resulta incalculable.

Pero, quizás, lo más lamentable es que esta violencia contra el pueblo colombiano no es cuestión del pasado. Se sigue asesinando en todo el país tal vez con más fiereza y criminalidad. No importa que sean niños, jóvenes, ancianos, enfermos, minusválidos, hombres y mujeres.

En ese ambiente dantesco se desarrolla el debate electoral en Colombia. La violencia militar-paramilitar es la rectora que está presente en todos los rincones de la patria. Se mueve libremente, como Pedro por su casa.

Los candidatos están untadas las manos y los codos de todos los males propios del capitalismo: Corrupción, nexos con el paramilitarismo, ladrones de cuello blanco, mafiosos, etc. Caso del departamento de Tolima – por ejemplo – hay candidatos sindicados de asesinar, otros de tener estrechos nexos con el paramilitarismo y el narcotráfico, otros de estar inhabilitados, otros que no tienen inconvenientes en recibir respaldo público de personajes de oscura procedencia.

Esos siniestros personajes, sin embargo, no dudan en hablar de honestidad, transparencia, compromiso ahora sí con el pueblo. Los medios de comunicación incapaces de desenmascarar a esos rufianes con un periodismo serio e investigativo, se confabulan con ellos y transforman esas mentiras en verdades. Entonces, el pueblo sumisamente vuelve a votar por los mismos.

La oposición hace esfuerzos por direccionar una propuesta distinta, pero esta naufraga en los oscuros acantilados del personalismo. Cada quien en su capilla se declara la poseedora de la verdad absoluta. Sumado a la cacería humana por parte del Estado Paramilitar, las condiciones se hacen más difíciles.

Sin embargo, el histórico resultado electoral de más de 8 millones de votos por la candidatura presidencial de Gustavo Petro Urrego, despierta una gran esperanza y expectativa. Con esa votación multiplicada por 2 o 3 podría ser definitiva en la dirección del Estado y en la proyección de la paz.

La izquierda colombiana no necesita caudillismos fatuos, necesita obreros y obreras comprometidos y comprometidas con el cambio estructural que necesita Colombia. Es más: No es necesario “descolorizarnos” para llegarle al pueblo. Al contrario. Hay que radicalizar el discurso para que el pueblo pueda discernir entre uno y otro discurso. Hay que superar la izquierda “light”.

Hay “izquierdosos” que consideran que la única forma de llegar al pueblo es “suavizando” el discurso, compartiendo vicios como el oportunismo, la corrupción y el facilismo. Hay que demostrar en la práctica que Izquierda – Derecha son dos posiciones ideológicas y políticas totalmente diferentes. Para qué irnos por las ramas.

El comunista debe aprovechar este escenario para tres cosas: Exponer el programa, denunciar el régimen y consolidar el poder político. No hay términos medios ni ambivalentes. Buscar la unidad con tenacidad, pues no hay otra forma de ser poder. Saber con exactitud a qué se aspira llegar a una corporación pública. Hay quienes sueñan con esas corporaciones públicas y no tienen ni idea del papel revolucionario que se debe desarrollar allí. Se trata al parecer de llegar por llegar. En eso sí nos domina la Derecha. Ella sí sabe para qué es el poder, cómo se llega a él y cómo se defiende. Oscar Barreto Quiroga, gobernador tolimense, duramente cuestionado, está ad portas al parecer de colocar gobernador y alcalde propio en Ibagué, al decir en los mentideros políticos de la calle 12 de la ciudad musical de Colombia.

Eso es grave. Significa el retorno de la corrupción a Ibagué. Los vicios que no pudo eliminar totalmente la actual administración municipal. El pueblo tolimense está a la expectativa solo una parte muy pequeña. La inmensa mayoría está aislada, indiferente o cansada de tanta promesa baladí. El pueblo todavía no logra entender que el cambio no está en el candidato propiamente, sino en su decisión unitaria y consecuente de actuar. No sabe que el poder está en sus manos, duda de su capacidad y deja que una minoría decida por todos. La izquierda debe comprender su misión política educativa y formativa. Debe radicalizar sus postulados y transmitirlos con decisión y coraje. La campaña electoral es el mejor escenario para consolidar todos estos procesos. Hay que aprovechar la campaña política para luchar por el poder para el pueblo en su totalidad. Esa es la misión histórica. Lo demás son devaneos y especulaciones vacías de contenido.