Tolima
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El 21 de mayo de 1819, llegó Bolívar a la pequeña aldea de Setenta, convocando inmediatamente el consejo de oficiales en una humilde choza, donde blancos y brillantes cráneos de res sirvieron de asientos. El selecto grupo estaba integrado por: Anzoátegui, Soublette, Briceño Méndez, Plaza, Jaime Roocke y Rangel.



Reunido el grupo, rompe el silencio el inglés Roocke al decir: “Sir, os seguiré con toda mi voluntad aún hasta el Cabo de Hornos”.[i]

En este encuentro se decide la Campaña Libertadora de la Nueva Granada. Se traza las líneas tácticas y estratégicas. Bolívar cuenta con 2500 hombres y el destacamento de Casanare. Un ejército mal armado y vestido, pero henchido de mucho amor y libertad.

Cruzar el Pisba era una odisea suicida, quijotesca e inconcebible. Pero la grandeza de este ejército popular y revolucionario, fue superior desafiando lo escabroso de la naturaleza. Muchos perecieron con heroísmo y grandeza, pero también muchos coronaron la difícil etapa.

El 25 de julio, hacia el mediodía, arriba Bolívar a la casa de Vargas. El enemigo lo había detectado y lo esperaba emboscado. La batalla del Pantano de Vargas fue sangrienta. Desigual. La derrota del ejército revolucionario al parecer era inevitable. En el fragor del combate cuerpo a cuerpo, se presenta el coronel venezolano, Juan José Rondón, jefe de la caballería llanera y le dice al Libertador que lo deje actuar con su caballería. Bolívar se va a restos y con su espíritu militar y estratega da la orden: “¡Coronel, salve usted la patria!”.

El coronel Barreiro se sentía tan seguro de su triunfo que dijo a todo pulmón: “Ni Dios me quita la victoria”.[ii] No fue así, la caballería se lanzó al combate con fiereza propinándole dura derrota al invasor una vez más. Radiante de felicidad el ejército revolucionario avanzó hacia Tunja. Bolívar comprendió que no podía darle tregua al enemigo, preparando la batalla del Puente de Boyacá.

Las noticias publicadas en Santa Fe por la Gaceta de Sámano sobre la batalla del Pantano de Vargas, eran comunicadas por el coronel Barreiro, quien daba parte de una supuesta victoria sobre el ejército revolucionario. Su propósito era desinformar como sucede hoy en día con los medios masivos de comunicación.

“Las pérdidas del enemigo son horrorosas. La desesperación precipitó sus jefes y oficiales sobre nuestras bayonetas, en las que recibieron los más una muerte que tienen tan merecida; y sin el excesivo ardor de la tropa que ocasionó la desunión, los insurgentes hubieran sido totalmente destruidos en el día del Patrón las Españas…”, publicaba la Gaceta.[iii]

Estas noticias generaban pavor en Santa Fe. El terror recorría las calles de la ciudad. Pablo Morillo imponía su terror sin contemplación alguna como hacen la oligarquía colombiana y Estados Unidos en defensa de sus intereses de clase. Había ordenado fusilar a la adolescente heroína Policarpa Salavarrieta, el 14 de noviembre de 1817, junto con su novio y siete patriotas más. Era una criminal confeso que los historiadores burgueses lo presentan como “el pacificador”.

El historiador Groot, relata: “Nadie se atrevía a preguntar ni a decir cosa alguna que tuviera relación con la guerra. Todos tristes y abatidos con la noticia de Vargas, habían perdido las últimas esperanzas; parecía que el mal ya no tenía remedio”.

Los revolucionarios eran perseguidos con saña. El aprendido era colgado de los pies y desmembrado sin contemplación alguna con el fin de sembrar terror en los patriotas. Caso del binomio militar-paramilitar hoy en Colombia. ¿Copiaron estas prácticas?

Sabía la ciudadanía que un oficial francés llamado Sasmajous había llegado al valle de Tenza con numerosos soldados  portando mensaje de optimismo revolucionario, pero después lo vieron descuartizado en la huerta de Jaime.

Sabían también que Bolívar se había unido con Santander en Casanare, habían cruzado el páramo de Pisba y arribado al valle Sogamoso, pero se afirmaba que habían sido derrotados en todas partes, habían perdido el ejército y estaban a punto de ser capturados. La campaña mediática era desesperante.

Es más: Había en sitios públicos de la ciudad jaulas de hierro con las cabezas mondadas por los buitres de luchadores consecuentes y deseosos de libertad como Juancho Molano y Pacho Vega.

El 7 de agosto de 1819, eran acribillados en la misma huerta de Jaime, Laureano Sierra, Proquinto Bernal y Bonifacio Fernández; el rumor era que diez días antes, en El Socorro, Lucas González, con aprobación del virrey, había fusilado a Antonia Santos Plata, dama esclarecida y colaboradora de los insurgentes y dos de los cuales la acompañaron en el sacrificio.

De pronto todo comenzó a cambiar. Las noticias eran otras. Manuel Martínez de Aparicio y Juan Barrera, trajeron al virrey la noticia real el 8 de agosto, al comenzar la noche.

Juan José Francisco de Sámano y Uribarri de Rebollar y Mazorra, completo atrabiliario recibió la comisión con insultos, ordenándole declaración juramentada. Al enterarse, comenzó a temblar como condenado a muerte. Solo se le ocurrió huir. Todo criminal es cobarde.

A la una de la mañana despertó al tesorero para que le entregara $2.600,oo pesos en doblones con más cinco piezas de oro. Al amanecer del 9 de agosto, marchó con su guardia de caballería, disfrazado con una ruana verde y sombrero ancho de hule rojo. Todo lo dejó abandonado: Funcionarios, amigos, su archivo, algunas propiedades suyas y un millón de pesos en la Casa de Moneda.

Almorzó en Facatativá, pasó a Guaduas, llegando a Honda el 10 de agosto, por la tarde y al siguiente día, a la madrugada, se embarcó. Desde Puerto Nare, el 12 de agosto escribió a Pascual Aymerich, presidente y comandante general de Quito, para disculparse, esbozar unos planes  irrealizables y pedir vigilancia y ayuda. Se va lanza en ristre contra Barreiro: “Se ve que todo lo erró dicho comandante general…Ya ve V.E. qué comprometido quedé con el engaño que padeció Barreiro y su peor dirección…” Agrega: “Salí para la Villa de Honda a fin de proteger la salida de la Audiencia, Tribunales, caudales y emigración, proporcionando champanes y barquetas en dicho Puerto. Todas aquellas operaciones se hicieron en el discurso  de la noche del 8, y en día y medio me puse en Honda. Sin embargo, desde ahora proyecto combatir a Bolívar, porque si éste sigue a Popayán, me encaminaré al reino con las fuerzas que pueda recoger, pues no puedo diseminar mucho las suyas, y si se mantiene en el reino, pasaré a Popayán por la provincia de Antioquia para hacerme con las fuerzas bastantes para buscarle y acometerle en Santa Fe, a donde creo que el señor Morillo no dejará de acudir, pues se le ha escrito por Ocaña, por Chasqui”.[iv]  

Todo era mentira. Su marcha precipitada lo llevó a Cartagena de Indias, proyectando regresar a España, pero se instaló en Panamá, donde murió el sátrapa en 1.820, totalmente ignorado y aborrecido por todos y todas.

La estampida fue total al conocerse los resultados de la batalla de Boyacá el 7 de agosto de 1819. Por orden de Sámano huyeron también el coronel Sebastián de la Calzada; su segundo, Basilio García y cuatrocientos hombres del batallón Aragón, buscando la vía de Popayán, cruzando por Ibagué y Neiva. Esa misma decisión tomó el teniente coronel, Nicolás López, quien había logrado escapar del campo de batalla de Boyacá con 500 hombres. Igualmente, escapó Juan Loño, gobernador de Tunja con 300 soldados. Mató a cuanto patriota encontró a su paso, embarcándose en el Guarumo, cerca de Honda, poco después del virrey, pero no pudo alcanzarlo sino en Mompox.

Allí paró Sámano cuatro días. Siguió a Turbaco, donde llegó el 28 de agosto de 1819, siendo visitado por el gobernador de Cartagena, quien escribió al rey un informe contra Sámano y todo el sistema que encarnó.

Así se enteró Santa Fe del triunfo de los patriotas. El alborozo se tomó las calles y el pueblo poco a poco fue saliendo para sumarse a la victoria y colaborar de alguna manera.

El Libertador entró a Santa Fe sin escolta, acompañado de Pedro Briceño Méndez y Diego Ibarra, el 10 de agosto, a las seis de la tarde. La muchedumbre lo aclamó como héroe de América. Desde el balcón del Cabildo habló. “Os veo libres y mi gloria ha llegado a su colmo”[v], dijo.    

Vino con el escuadrón “llano arriba” de la división regida por Anzoátegui, hasta el puente del común, sobre el río Bogotá, a seis leguas de la capital, el 9 de agosto. Allí, ordenó a Anzoátegui seguir por Chía y Funza a Facatativá con dirección a Honda, tras el virrey. Con él marchó el escuadrón Guías, al mando del coronel Leonardo Infante. Llegaron a la ciudad portuaria el 12, no encontrando barquetas en el río de la Magdalena. Los llaneros se lanzaron al agua y cruzaron el río un poco arriba del gran salto.

El 28 de agosto de 1819, Anzoátegui le escribe a su mujer, haciéndole un relato de lo acontecido desde que se separó de ella dejándola en Cumaná. Un acápite de esta esquela, dice: “Tan luego como me incorporé en Angostura al Libertador, éste me ha colmado de honores y atenciones que no merezco sino por ser tu esposo. Me nombraron con el grado de coronel, Jefe de Estado Mayor del Ejército de Venezuela, y con este empleo le acompañé al Apure, en donde este hombre prodigioso ha hecho milagros de estrategia para salvar un ejército de tres mil hombres de las garras de Morillo, que contaba con siete mil”.[vi]

[i] LOZANO Y LOZANO, Fabio. Anzoátegui (Visiones de la guerra de independencia) biblioteca de historia nacional. Volumen C. Bogotá, Colombia. 1963. Página consultada 213.
[ii] Ibíd. Página consultada 218.
[iii] Ibíd. Página consultada 415.
[iv] Ibíd. Página consultada 417.
[v] Ibíd. Página consultada 419.
[vi] Ibíd. Página consultada 421.