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Conflicto armado
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Hace veinte años, sicarios arrebataron la vida del dirigente estudiantil Luis Meza Almanza, cuando departía en “Portezuela”, un establecimiento nocturno ubicado en la calle 48 entre carreras 43 y 44 de la ciudad de Barranquilla, a escasos 50 metros del Comando Central de Policía.

Aunque no fue el inicio, estos hechos marcaron el recrudecimiento de un plan de exterminio de la dirigencia social a manos de las bandas paramilitares, con la complicidad de los organismos de seguridad, particularmente del antiguo DAS, que facilitaba información de inteligencia, como se comprobó más tarde con el asesinato del profesor Alfredo Correa de Andreis.

El “remanso de paz” que decían era el departamento del Atlántico hasta inicio de los años noventa, se convirtió súbitamente en el paraíso de jefes paramilitares y del narcotráfico y en un infierno para las organizaciones sociales y su dirigencia.

Lucho Meza, como cariñosamente le decíamos sus congéneres, terminó estudios de derecho en la Universidad del Atlántico, fue representante estudiantil ante el Consejo Superior de esa Universidad entre 1991 y 1994, posteriormente fue elegido representante Nacional estudiantil ante el Consejo Nacional de Educación Superior (CESU).

En ambas representaciones se destacó por sus calidades académicas y políticas. También fue secretario general de la universidad del Atlántico, cargo al que renunció meses antes de su muerte.

Era oriundo de Corozal Sucre, origen provinciano que siempre resaltaba con orgullo, como se corroboraba en su acento “golpeao” y sus refranes y dichos propios de las gentes de la sabana; le gustaba el porro sabanero, pero también disfrutaba la obra musical de los juglares y cantautores vallenatos, como Hernando Marín, el de la ley del embudo y la Dama Guajira.

Entre 1997 y 2006, la Universidad del Atlántico fue escenario de una masacre de más de 20 docentes, trabajadores y estudiantes. Las organizaciones sindicales y estudiantiles que denunciaron la corrupción administrativa y el saqueo de los recursos de la universidad por parte del poder paramilitar fueron declaradas objetivo militar y en consecuencia su dirigencia exterminada con la complicidad de las autoridades e instituciones competentes.

El propio Fredy Padilla de León, por esos años comandante de la Segunda Brigada del Ejército con sede en Barranquilla, negó hasta la saciedad la existencia de grupos paramilitares.

Aquellos fueron años de terror al interior del Alma Mater, la vida académica y política estaba estrictamente vigilada lo cual generó un ambiente de inseguridad y desconfianza.

En el asesinato de Luis Meza fue empleado un operativo criminal con automóviles y motocicletas apostadas en las vías principales obligadas para él, además de la pareja de motorizados que fue a su encuentro, así que eran pocas las posibilidades de burlar el cerco de muerte. El sicario lo llamó por su nombre y cuando él giro en dirección al llamado, le descargó el proveedor de la pistola ante la mirada atónita e impotente de sus compañeros y amigos.

No hubo reacción de la policía a pesar de encontrarse a pocos metros de distancia. Al día siguiente, centenares de profesores, estudiantes y trabajadores copábamos las instalaciones de la funeraria Los Olivos en un ambiente de rabia, dolor y odio. Ese día frente a su féretro todavía abierto, tomé la decisión de abandonar la ciudad y más adelante ingresar a la insurgencia.

Hoy 26 de agosto, 20 años después de aquel episodio doloroso, cuyos autores intelectuales siguen disfrutando de impunidad, quiero dejarles estos recuerdos, para que nunca se olvide el duro camino que hemos recorrido en la lucha por la justicia social, y la responsabilidad histórica que le cabe a la clase política que ha gobernado a Colombia por siglos, la misma que hoy le huye a la responsabilidad de la verdad histórica del conflicto que ha fomentado.

26  de agosto de 2020

(*) Firmante del Acuerdo de Paz de La Habana