Conflicto armado
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Es de suponer que María Fernanda Cabal, honorable Representante a la Cámara, se dejó deslumbrar de la pluma mágica de nuestro Nobel de literatura, Gabriel García Márquez, cuando describió en forma épica, los episodios que siguieron a la decisión: ¡Huelga! de los trabajadores de la United Fruit Company en la histórica Zona Bananera.



Y se lo creyó, que la descripción literaria de Gabo en su novela Cien años de Soledad era una “realidad”:

“…Trato de reconstruir con la imaginación el arrasado esplendor de la antigua ciudad de la compañía bananera, cuya piscina seca estaba llena hasta los bordes de podridos zapatos de hombre y zapatillas de mujer, y en cuyas casas desbaratadas por la cizaña encontró el esqueleto de un perro alemán todavía atado a una argolla con una cadena de acero, y un teléfono que repicaba, repicaba, repicaba, hasta que él lo descolgó, entendió lo que una mujer angustiada y remota preguntaba en inglés, y le contesto que sí, que la huelga había terminado, que los tres mil muertos habían sido echados al mar, que la compañía bananera se había ido, y que Macondo estaba por fin en paz desde hacía muchos años.“ (1), que había que desmentir para torcer la otra realidad histórica, descrita en el Congreso en el debate sobre las bananeras por el representante Gabriel Turbay (1929):

“Aquellos oscuros socavones, en donde el crimen podrido todavía expele su vaho pestilente y nauseabundo”, de los hechos que lo precedieron, durante y después de la hoy recordada, Masacre de las Bananeras, no es una simple descripción mítica novelesca, propia del llamado realismo mágico de nuestro entrañable nobel, lo que no ha podido entender ni entenderá nunca, por su “esquema mental condicionado”, es que fue todo lo contrario, que la realidad fue mucho más trágica que lo novelado, donde la ”…soberanía y la justicia fue ultrajada y los principios de humanidad pisoteados burda y criminalmente” ( Gabriel Turbay-1929).

Lo reconoció el mismo Gabo, cuando confirmó en una entrevista, que esa cifra no le constaba, pero era el número que consideró se ajustaba, para lo descomunal de su libro. Era la única manera de llenar los vagones del ferrocarril de un pueblo que él había denominado: Macondo.

Fue la chispa literaria de Gabo que se iluminó, cuando pasaba en el tren por ese pueblito de mis ancestros: ¡Guacamayal ¡a orillas del Rio Sevilla, por donde pasaba el Tren del sol y de Palito. En la margen contraria divisó una finca con el llamativo nombre de Macondo.

La historiografía confirma que esta Masacre de las Bananeras, no se reduce a los episodios en la Plaza del mercado del municipio de Ciénaga (Magdalena), sino que esta estela de muerte, persecución y terror por parte del ejército de la época, al mando del general Cortez a los trabajadores, fue sistemática, calculada e intencional y tuvo su recorrido de muerte por todas las poblaciones de la Zona Bananera.

Hoy, 6 de diciembre de 2018, 90 años después, no ha podido terminar ese luto, ese duelo que aún persiste ya no sólo sobre los trabajadores bananeros, sino sobre todo aquel que ose cuestionar el poder establecido; desde el humilde campesino, comerciante, obrero, estudiante, transportador, maestro, hasta el dirigente político, periodista o “colaborador con la justicia”, es sistemáticamente perseguido, neutralizado, calumniado, reprimido, o eliminado, por un sicario en la calle o con cianuro, en una cabaña recóndita.

La Masacre de las Bananeras, aún persiste, asume diferentes tonalidades y modalidades, se trepa como ritual incontenible en la historia actual de nuestro país, se hizo presente el 9 de abril de 1948, con el asesinato del líder Liberal- socialista, Jorge Eliécer Gaitán, quien fuera el más grande tribuno del siglo XX y denunciante ante el parlamento, precisamente de la Masacre de las Bananeras; la multitud enardecida por este magnicidio, que sintió en sus entrañas, generó lo que conocemos como el “Bogotazo”.

Allí se apagó con este magnicidio, lo que era una luz de esperanza para el pueblo raso, vilipendiado y discriminado, fue la continuidad de esa violencia ya tradicional, desde principios de la República por la disputa del poder de las encopetadas oligarquías, que se disfrazaban unas veces de Liberales y otras de Conservadores.

Un histórico paso en la búsqueda de esa paz, fue la concertada con las denominadas Guerrillas del Llano de origen liberal, que se esfuma con el asesinato de su máximo líder Guadalupe Salcedo.

Se ha reconocido que, durante los siguientes 10 años, hasta cuando se estableció el Frente Nacional (1958, Pacto de Benidorm), fueron alrededor de 300.000 muertos, en un país que empezó a acostumbrarse a las masacres y al sicariato.

El resurgir de las guerrillas, de las entrañas de Liberales y Conservadores y de una paz fallida, como respuestas a un Estado cada vez más indiferente a las necesidades del Pueblo raso, carcomido por la corrupción, enciende la hoguera de una confrontación que parece interminable.

Crecen y se fortalecen en tal magnitud, que la guerra se vuelve el oficio justificado para los militares, defensa para los ganaderos, grandes hacendados y oligarcas y respuesta desesperada de los campesinos y sectores de la izquierda.

Donde el narcotráfico en un momento preciso de la confrontación, entra a jugar su rol distorsionador, tanto de la guerra como de la economía y luego con descaro en la política, jugando su papel de distractor de la realidad, avivando una dantesca guerra, que hasta los gringos le apuestan con su famoso Plan Colombia, dizque para combatir el narcotráfico, “ayuda” que nadie se la cree, solo las víctimas, el Pueblo inerme, la sociedad civil, los de a pie, sienten en carne propia la guerra y sus padecimientos, que a los sobrevivientes los medios de comunicación le quieren hacer creer, que era de otros.


El Mito de la Cabal es una realidad, que la historiografía oficial se niega a reconocer. Es el pensamiento de un sector dominante de la sociedad colombiana, cuyo oficio es sepultar de cualquier manera así sea torpe, la realidad de nuestra tragedia.

Las masacres quedan marcadas en forma indeleble para la historia con nombres apocalípticos, como la del Salado, la del Morro, Nueva Venecia y Trojas de Cataca, la del El Aro, Ituango, Mapiripán, Macayepo, Chengue, El Nilo, La Chinita, Trujillo y muchas otras que no cabrían en un tren que aún no se detiene, porque seguimos viviendo a pesar de los pesares como unas “…estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.” (2)

Más de 7 millones de colombianos han sido desplazados internamente, en nuestro propio país, más de 30.000 desaparecidos, más de 220.000 muertos en 52 años de guerra fratricida.

Sólo en el presente año van más de 149 líderes asesinados. Es el cuarto país más desigual del mundo, 3.5 millones de miserables y 14 millones de pobres. Es el país donde más lideres presidenciables han asesinado las hordas bastardas, el 11 de octubre de 1987, Jaime Pardo Leal, el 18 de agosto de 1989 Luis Carlos Galán, el 22 de marzo de 1990 Bernardo Jaramillo, el 26 de abril de 1990 Carlos Pizarro, atentado al candidato presidencial en Cúcuta Gustavo Petro (2018), como una muestra del poder mafioso de esta oligarquía.

Se ha dicho, que América no fue descubierta sino violentada y saqueada, el mito de algunos se ha convertido en una monstruosa realidad, donde siguen creciendo los “vagones de la muerte”, ya no se necesita “realismo mágico” para describir nuestras barbaries, solo basta escuchar las “confesiones” grabadas de: “Popeye”, el “Tijeras”, “Canoso”, Virginia Vallejo, Jorge 40, Mancuso, y de muchos otros, para que las productoras las coloquen en escena en series televisivas, como si fuese la cultura de nuestros Pueblos, vilipendiando, y desvirtuando nuestra esencia de espíritu y cultura emprendedora, solidaria, trabajadora y futurista, amante, como todo el Pueblo colombiano de la convivencia pacífica y la paz.

Pero cada vez crece más la conciencia popular, recuerda sus muertos, no los olvida, como la masacre del 6 de diciembre de 1.928 en la Plaza del mercado de Ciénaga y por toda la Zona Bananera y se moviliza, no en venganza, no con odio, sino con la bandera de la esperanza, del amor, de la solidaridad, por una democracia radical como lo soñaba el sociólogo, Orlando Fals Borda, por una ciudadanía libre y participativa, al frente asumen nuevamente y se levantan los estudiantes, los maestros, los trabajadores, los agricultores y la ciudadanía libre, por una oportunidad de educación al alcance de todos, universal, gratuita, de calidad, contra una retardataria Reforma Tributaria o ley de Financiamiento, teniendo como horizonte y luchando por una Colombia Humana.

¡Gloria Eterna a los mártires caídos en la Masacre de la Zona Bananera y de Colombia!

Notas:
1. García Márquez, [2007] “Cien Años de Soledad” Real Academia de la Lengua Española pág. 435
2. García Márquez, [2007] “Cien Años de Soledad” Real Academia de la Lengua Española pág. 471
(*)Lic. Ciencias Sociales, Esp. Ética y Pedagogía
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