Conflicto armado
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Durante más de 50 años el conflicto en Colombia ha causado daños inmensos a ese país, con unos 300 mil muertos, casi siete millones de desplazados de sus lugares de origen y más de 60 mil desaparecidos.



Luego de cuatro años de intensos debates en La Habana, el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) firmaron en 2016 el Acuerdo de Paz y, actualmente, se encuentran enfrascados en el cumplimiento del plan de desarme.

Contexto Latinoamericano se acercó al trabajo y la perspectiva del periodista colombiano Jorge Enrique Botero, quien es fundador de Telesur y autor de los libros Las siete vidas de Tanja Nijmeijer (Ocean Sur, 2014), Simón Trinidad, el hombre de hierro (Ocean Sur, 2014) y Espérame en el cielo capitán (Ocean Sur, 2016).

¿Qué opinión tiene de la situación actual del proceso de paz en Colombia?

El proceso en Colombia avanza, sigue, ha tomado una cierta dinámica, el ambiente político que sirve de telón de fondo al proceso no es nada bueno y el país está muy polarizado políticamente hablando. Hay una animadversión de un sector muy grande de la política y de la sociedad colombiana hacia los acuerdos y eso, digamos, que ha maniatado un poco al gobierno en el proceso de ejecución de los acuerdos.

Pocas veces la máxima de que es más fácil hacer la guerra que hacer la paz se ha cumplido como está sucediendo ahora en Colombia; hay muchas dificultades, hay un alto nivel de improvisación. Aquí en la Mesa, cuando acordaron todas las cosas que finalmente se firmaron, no tuvieron en cuenta todo lo que es la paquidermia del Estado, la burocracia, los trámites que tienen que hacerse para que lleguen los recursos a una zona donde se acordó implementar los acuerdos; todo está muy lento.

Y digamos que las señales que reciben, por una parte, los guerrilleros, y por otra quienes apoyamos el proceso de paz, decididamente, no son buenas. Son señales como borrosas, poco claras, a veces no sabes si es ineficiencia estatal, falta de planeación, improvisación o falta de voluntad política. Las cosas transcurren de una manera muy atropellada, muy difícil, y hay cosas que hacen pensar lo peor, como el asesinato de tantos líderes sociales, populares, que sin remedio evocan lo que ya ha sucedido muchas veces en la historia de nuestro país.

Eso de cantar victoria y poder gritar con todas sus letras ¡Colombia está en paz!, aún no se puede hacer. La suerte es que las FARC han demostrado a cabalidad su decisión política de sacar adelante los acuerdos y de no volver a hacer política con armas, y digamos que eso es la base sobre la cual uno puede decir que el proceso va a terminar bien.

Yo conocí a lo largo de la cobertura de la guerra a muchos muchachos guerrilleros y guerrilleras, con los cuales me he reencontrado ahora en época de paz y están llenos de dudas, de incertidumbres. Tienen una voracidad, unas ganas de comerse el mundo, de hacer cosas, de formarse académicamente, están llenos de vitalidad, de entusiasmo, pero también están cargados de incertidumbres. Ellos ven que los prisioneros de las FARC no salen de las cárceles, que han muerto gentes, que lo que les dijeron que iban a pasar cuando la entrega de las armas no está sucediendo. Durante la guerra, a estos muchachos —estamos hablando de 10 mil, 15 mil colombianos, la mayoría de ellos jóvenes—, tenían salud, dónde vivir en la precariedad de sus campamentos, comían muy bien, sufrían los avatares de la selva pero de una manera muy digna, y ahora es una precariedad, como si estuvieran pidiendo limosnas.

Hace poco acompañé una marcha guerrillera de la zona donde ellos estaban a donde deben trasladarse para hacer su proceso de incorporación, y cuando íbamos llegando al sitio en el que ellos hacen su tránsito a la vida civil no había nada. Yo iba al lado de unos guerrilleros y uno le dice al otro: «Hermano, todavía tenemos seis meses para pensárnoslo». Como diciendo: «si esto comienza así…».

Hay que ver cómo se da en adelante. Tenemos la mala suerte de que este es un año electoral en Colombia y el año que viene se elige el nuevo presidente. Digamos que la contaminación política que hay respecto a la implementación de los acuerdos de paz es enorme, todo está mediado por la campaña electoral. Incluso, Uribe y sus seguidores han dicho que si vuelven a la presidencia en el 2018 van a revisar todo lo pactado. Entonces, imagínate que después de este esfuerzo tan monumental de cuatro años de negociación todo se caiga como un castillo de naipes.

Los acuerdos de paz establecen lo que se llamó «Acuerdos de género», porque las mujeres en realidad han sido las principales víctimas de la guerra en Colombia, entonces se acordó darle un enfoque de género, un énfasis en el tema de víctimas a reparar. Sin embargo, en Colombia esto se tomó, fíjate la perversidad de esas mentes, como que significaba la disolución de la célula de la familia como base de la sociedad y que le abría las puertas a la posibilidad de que los homosexuales tuvieran un protagonismo en la sociedad e incluso llegaran al poder. La gente lo creyó solamente porque el acuerdo decía «enfoque de género». Es de tal magnitud el aparato mediático que se ha construido para deformar la realidad y para asustar a la gente.

¿Qué herramientas se hacen necesarias desde los medios de izquierda en la región y en Colombia, para hacer frente a la competencia y las campañas de desinformación de la derecha?

El gran reto es ser competitivos, y no es un reto utópico. Hace unos 20 años uno decía: «Vamos a competir con los grandes monstruos de la comunicación», y no teníamos con qué. Ahora la tecnología está al alcance de todo el mundo, hacer televisión hoy es un asunto de ponerse en eso. Si sumamos los esfuerzos de cien iniciativas de medios alternativos y los agrupamos en una sola cosa, los volvemos más contundentes que si seguimos haciéndolo de la manera medio atomizada en que ahora estamos trabajando.

Creo que es admirable lo que hacen los medios alternativos en América Latina; la perseverancia, la creatividad, el esfuerzo por mantenerse..., es señal de que se puede. Pero insisto en que tenemos que agrupar fuerzas, recursos, talentos, para poder competir en las «grandes ligas» a nivel de televisión, radio, medios impresos o plataformas digitales que son el nuevo escenario de los medios de comunicación.

¿Cuáles serán los pasos a seguir en la construcción de la paz, teniendo en cuenta la fuerza del paramilitarismo y del Ejército de Liberación Nacional (ELN) como otro movimiento insurgente en armas?

Es importantísimo que se hayan aprobado en el Congreso una parte de los acuerdos que se llaman «Jurisdicción especial de paz». Constituyen el mecanismo a través del cual los guerrilleros van a poder acogerse a un sistema de justicia que les permitirá, sin pagar penas punitivas, reincorporarse a la vida civil. Es decir, los guerrilleros no van a la cárcel, ya eso está aprobado. Lo que hay es que empezar a ejecutar los acuerdos. Si empieza a llegar bienestar, infraestructura, progreso a las zonas que han sido marginadas históricamente, se desactivaría de inmediato, digamos, el gran detonante de la confrontación.

Otra cosa clave para demostrarle al mundo los beneficios de un acuerdo de paz, es que se pueda ejecutar lo acordado en materia de cultivos de uso ilícito asociados al narcotráfico. El acuerdo establece un mecanismo para que todo el campesinado que se dedica al cultivo de coca, sustituya esos cultivos por otros que le sean igualmente rentables. Si se cumple como está pactado, se desactivaría al principal productor de cocaína del mundo.

El paramilitarismo hoy en día es un fenómeno totalmente vinculado al narcotráfico, si el cultivo de coca deja de ser una realidad, el paramilitarismo pierde su base, su sentido de sustento.

El problema ahorita es el tiempo, por lo que te decía, estamos en plena campaña electoral y eso contamina mucho. Si llegara a suceder la desgracia de que regrese el uribismo al poder, quizás nos volveremos a ver dentro de cien mil muertos más. 

¿Qué cree que cambiará en la sociedad colombiana una vez que se logre la paz?

Colombia tiene 2 millones de kilómetros cuadrados, cuestas sobre los dos océanos, todos los climas, recursos naturales, casi 50 millones de habitantes muy trabajadores; si se desactivan todos los factores de la violencia que convivieron con nosotros durante cinco décadas, y se aplica el espíritu incluyente que está contenido en los acuerdos, te digo que Colombia puede llegar a convertirse en una de las grandes potencias económicas de América Latina.

Si se cumple un 50 o 60% del contenido de los acuerdos de La Habana y pasan, no diría que un par de años sino una generación; si se cierran las heridas dejadas por la guerra, odios, rencores y ánimos de venganza; si se atemperan los ánimos y se logra crear una cultura de convivencia, de tolerancia, de respeto por la opinión del otro, de no apelar a la violencia para resolver las cosas; y si se cumple la parte económica de los acuerdos, yo le diría entonces a cualquier persona que se fuera a vivir a Colombia. Y aunque estoy hablando con el deseo, coincido con los pensadores políticos y guerrilleros que han dicho que el deseo eterno de Colombia no puede ser la guerra.

¿Por qué cree que es pertinente hablar y reflejar el conflicto en Colombia desde la literatura?

Lo que pasa es que me pasé la infancia y la adolescencia leyendo, y como el ejercicio reporteril me ha llevado a situaciones tan extremas, he encontrado en las orillas del camino del periodismo una cantidad de historias que en la profesión se quedan muy estrechas, no cobran la vida que podrían llegar a tener. Entonces me ha dado por el mundo de los libros, como una manera de tener un marco más generoso para contar lo que he visto.

Creo firmemente en el poder de la literatura, además de que escribir es un placer, es una cosa mágica. Cuando ves que los personajes empiezan a cobrar vida por sí mismos, es como darle un soplo de vida a algo.

Uno como periodista y escritor no puede abstraerse de cierto compromiso con su época, con su lugar de nacimiento, con su país. No hablo de periodismo o literatura hechos militancia, sino que uno tiene la responsabilidad de guiarse por la verdad.

¿Cuáles son las alternativas de lucha, incluyendo el papel de la intelectualidad, para evitar retrocesos en las políticas progresistas impulsadas en la región?

El imperio siempre está vivo, agresivo, y las clases dominantes oligárquicas están al acecho tratando de destruir lo que se pueda construir con otra visión del mundo, con otros modelos económicos y sociales. Hay que desarrollar capacidades para enfrentar eso, y el ejemplo emblemático es Cuba, que ha sido objeto del asedio más implacable, y sigue firme en sus principios y posiciones.

La única manera de impedir que esas fuerzas echen a la basura todo lo alcanzado, es pararse firmes en la raya, buscar las herramientas, los recursos para mantenerse y seguir bebiendo de la fuente de aquellos personajes que cambiaron la historia como Fidel Castro y Hugo Chávez, que no sólo fueron actores de su época, sino que dejaron un legado.

En estos días que he pasado en Cuba me he encontrado con mucha gente citando a Fidel, para cosas desde las más trascendentales hasta las más elementales, y eso me encanta, porque quiere decir que el hombre no sólo fue protagonista de su momento y actuó cuando tenía que hacerlo, sino que dejó una herencia llena de sabiduría.

La intelectualidad, los pensadores y los periodistas estamos llamados a cumplir un papel. Yo no creo en la objetividad pues desde que decides un tema ya hay una disposición subjetiva, pero sí creo en el equilibrio, creo que el periodismo tiene que lograr el punto medio. Debemos ofrecer todas las versiones posibles sobre un mismo hecho y consultar muchas fuentes. El mundo está lleno de historias, la tarea nuestra es ir a sacarlas del anonimato y hacerlas públicas; hacer a la gente sentir. Creo que el periodismo tiene que disparar mucho los sentimientos.

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