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El fallecimiento del compositor italiano entristece al mundo del cine. Su aporte no fue solo la excelente calidad de su obra musical, sino su permanente compromiso político con las causas de los más débiles.

 

En ocasiones, la banda sonora de una película puede emocionarnos, conmovernos hasta la lágrima o advertirnos de algún punto de inflexión importante en la narrativa. Se puede decir que la música es un personaje más, capaz de hacernos reír o llorar, al punto que muchas películas son recordadas más por su banda sonora que por su trama. El compositor de la música de una película, por tanto, es alguien que muchas veces logra transmitir al espectador más emociones que los actores, el guionista o el director.

 Era lo que sucedía con Ennio Morricone. El compositor italiano, fallecido esta semana, inauguró un estilo musical que hoy muchos intentan emular.

El tono melancólico de sus composiciones, la incorporación de inusuales sonidos e instrumentos, la forma de hacer que la música logre erizar la piel del espectador sin apelar a recursos ramplones y la presencia protagónica del oboe (que terminó siendo un sello identificativo) son algunos de los elementos que Morricone lega a la historia de la música y del cine.

Ennio compositor.

Sería una obviedad decir que el aporte musical de Morricone es crucial para comprender el cine en el siglo XX. No es una obviedad, sin embargo, recordar que más allá de su contribución artística, su figura es un testimonio de la importancia de crear símbolos que movilicen las emociones hacia la transformación social.

En sí mismo, Morricone fue durante su vida (y lo es más ahora) un símbolo de la resistencia que se puede ejercer desde lo estético y desde el arte, una resistencia que sacude las conciencias porque, además del compromiso político, entiende que la calidad de la obra es sinónimo de respeto hacia el público.

Morricone es el autor de numerosas piezas que musicalizaron legendarias obras del cine, como el inconfundible silbido que identifica “El bueno, el malo y el feo” (1966) y que hoy se asocia con todas las películas de vaqueros, la maravillosa música de “Érase una vez en América” (1984) considerada por la crítica como la mejor banda sonora de la historia del cine o la conmovedora “Cinema Paradiso” (1989) que emocionó al mundo y ayudó a que la cinta ganara el premio Oscar a la mejor película extranjera.

No obstante, dos composiciones merecen una mención especial (a juicio del redactor) porque representan no solo la maravillosa sensibilidad de Morricone como artista y humanista, sino también su inquebrantable compromiso político con la causa de los trabajadores: Novecento (1976) y La Misión (1986).

La primera, del italiano Bernardo Bertolucci, es una de las películas más emblemáticas en la tradición de izquierda del cine de todos los tiempos. Romanzo es la pieza más importante de la banda sonora y marca el inicio de la película con una secuencia (también muy conocida) de un plano que se abre lentamente sobre El Cuarto Estado, el famoso cuadro de 1901 de Giuseppe Pellizza da Volpedo que muestra unos trabajadores en huelga.

Novecento, además de ser un genuino retrato de la Italia rural de principios del siglo XX, es un homenaje a la lucha antifascista de los partisanos y del Pueblo italiano. Por ello, la conjunción del relato, la imagen del cuadro y la música de Morricone se ha convertido en un símbolo político y artístico muy potente y una marca de identidad para cualquier cinéfilo de izquierda.

La segunda película, del francés Roland Joffe, ambientada en 1750, si bien parece la historia del padre Gabriel, un sacerdote español que funda una misión de indígenas en Paraguay, en realidad es la historia de Rodrigo Mendoza, un cazador furtivo de personas que secuestra indígenas para venderlos como esclavos a los tratantes portugueses. Mendoza se bate en duelo con su hermano a causa de una traición y atormentado por la culpa decide unirse a los indígenas, quienes le perdonan y lo admiten como uno de los suyos.

Al final, sin pretender contar el desenlace de la historia, Mendoza se convierte en el mártir heroico mientras Gabriel es sacrificado en vano. La música de La Misión es una conmovedora metáfora de la redención de Mendoza, que en últimas es la propia redención del ser humano, no a través de la muerte de un individuo como podría pensarse, sino del ejercicio colectivo de la autocrítica, la coherencia y la acción.

Un comunista en el show business.
La historia de vida de Morricone es también la historia de las dificultades que han tenido que asumir los artistas de izquierda en una escena como Hollywood, caracterizada por su compromiso con el relato dominante pero que, como en cualquier lucha contrahegemónica, en ocasiones deja entrever manifestaciones críticas y alternativas.

En los inicios de su carrera tuvo que escribir bajo seudónimo pues los guionistas relacionados con el Partido Comunista, como él, eran vetados y perseguidos. Estuvo en la lista de artistas prohibidos por el llamado “macartismo”, junto a figuras como Charles Chaplin, Pablo Picasso, el escritor Dalton Trumbo o el director Howard Fast.

En el decenio de 1970 se hizo célebre por participar en películas del género llamado “spaghetti western”, una variación del tradicional western estadounidense que superó los clásicos relatos que mostraban el héroe blanco que encarnaba la bondad y la justicia y presentó un nuevo cowboy amoral, crudo y sin sentimientos.

La música que Morricone compuso para películas como “Por un puñado de dólares” (1964) o “¡Agáchate maldito!” (1971), inauguraron el concepto de lo que hoy llamamos “banda sonora”. A partir de ese momento, la música en el cine dejó de ser algo incidental para convertirse en parte de la identidad de la película.

Si bien recibió el Oscar honorífico en 2006 y el premio a la mejor banda sonora en 2016 por “Los ocho más odiados”, la Academia de Cine de Hollywood siempre lo menospreció tanto por su origen italiano como por su compromiso político.

Hay que aclarar que el cine estadounidense, si bien no es el único cine importante en el mundo, sí monopoliza el relato sobre la escena cinematográfica dando la sensación de que hablar de cine es hablar de cine estadounidense. De este modo, los premios Oscar se otorgan a películas en inglés y hay solo una categoría, película extranjera, en la que compiten filmes en otros idiomas. En ese contexto, el cine italiano es un cine periférico más.

Así, Morricone recibió su primera nominación en 1978 por “Días de gloria” pero no ganó. En 1984, la Academia se negó a admitir su candidatura por “Érase una vez en América” porque su nombre no aparecía en los créditos. En 1986, “La Misión” obtuvo el premio a la mejor fotografía, pero ni siquiera se nominó a Morricone. En 1989, “Cinema Paradiso” ganó el premio a mejor película extranjera pero su banda sonora ni siquiera fue nominada. En 2000, participó con “Malena” pero tampoco hubo suerte. Hollywood siempre rechazó las producciones italianas de Morricone y solo le premió como compositor de la música de una película estadounidense.

Compromiso hasta el final.

Morricone fue militante del Partido Comunista Italiano y nunca ocultó su compromiso con la causa de los trabajadores. Con motivo de su muerte, se ha conocido que en el decenio de 1970 colaboró con el grupo musical Inti Illimani (entonces en el exilio) en la grabación del himno del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, la estructura militar del Partido Comunista de Chile, prestando su estudio personal y su orquesta. Coherente hasta en los mínimos detalles.

Ennio Morricone, durante el concierto en el WiZink Center de Madrid.  / EFE / Rodrigo Jiménez

Que la tierra te sea leve, maestro.

10 de julio de 2020

Tomado del Semanario VOZ

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