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Un país dentro de otro: así calificaban los panameños a la Zona del Canal, una franja de más de siete mil kilómetros cuadrados amputados al territorio panameño, que durante casi un siglo creó una quinta frontera con administración propia y bajo el pabellón de EE.UU.



“Entonces ocurrió Omar Torrijos. Él supo interpretar correctamente ese sentimiento profundo y arraigado del país incompleto, ese anhelo casi imposible y difícil de concretar”, escribió el poeta Manuel Orestes Nieto, en su artículo El General Omar Torrijos y el Canal.

Cuentan los historiadores que, frente a la docilidad de gobiernos plegados a las decisiones de los colonialistas, una pléyade de jóvenes inconformes de la pérdida de su soberanía, lucharon contra el enclave, incluso al costo de sus vidas, como ocurrió en las protestas del 9 de enero de 1964.


Este sentimiento -a criterio de Nieto- fue interpretado por Torrijos, quien recogió el clamor generacional con sus justas razones y se propuso la meta: liberar al país bajo la máxima de que EE.UU entregaría el Canal, cerrarían todas sus bases militares y la colonia se extinguiría.

Una pequeña pancarta colocada en una calle de la barriada capitalina de Calidonia, recuerda los 40 años de firmados los Tratados Torrijos-Carter el 7 de septiembre de 1977, con un simple “gracias Omar”, figura que el poder económico intenta desaparecer de la memoria histórica y solo menciona de soslayo cuando los hechos obligan.

Los dos protagonistas de los excepcionales acuerdos, Torrijos y Carter, debieron enfrentar contradicciones en sus respectivos países, causadas por motivaciones diametralmente opuestas, las cuales llegan hasta nuestros días.

“Fue el reto político más difícil de mi vida”, confesó Carter en una entrevista, donde ratificó que las relaciones de su país con América Latina se afectarían de no replantearse el contrato canalero, pero su actuación fue “también porque creía y creo que era lo correcto”, afirmó.

Por su acción, Carter fue “sancionado” a no reelegirse en el cargo por la “intolerable muestra de debilidad”, al decir de conservadores, e igual ocurrió con los senadores que votaron la ratificación de los acuerdos, aun así, el exgobernante lo valora como “el voto más valiente que jamás haya tomado el Congreso”.

Tal vez no mejor suerte corrió Torrijos, pues, aunque los tratados devolvían la soberanía sobre la franja colonizada, grupos estudiantiles rechazaron varios de los acuerdos, como el plazo de 23 años para concluir la entrega.

Rodolfo Sabonge, integrante de la comisión de transición, ante un nutrido auditorio mostró en una presentación digital reciente, la inédita foto de la discreta ceremonia de arriar la bandera estadounidense en el edificio de la administración del Canal de Panamá, adonde quienes se marchaban pidieron no convocar a la prensa.

“Los militares americanos lloraron al bajar su bandera a las 4:15 de la tarde de aquel 31 de diciembre de 1999”, acotó posteriormente Jorge Luis Quijano, testigo excepcional del acto y máxima autoridad actual de la ruta fluvial, quien agregó “después izamos la nuestra, menos pretenciosa en su tamaño”.

Otra escena con igual carga sentimental, aunque con motivaciones opuestas, protagonizó Torrijos en una pequeña habitación de la sede de la Organización de Estados Americanos, en Washington, poco menos de 23 años antes, narrada así por Carter en la mencionada entrevista:

“...mientras nos preparábamos para salir a la tarima para firmar el tratado, rompió en llanto. Abrazando a su esposa lloró por unos minutos. Luego, como buen militar, se recompuso y salimos juntos. Aprendí a apreciarlo”.(Tomado de Semanario Orbe)

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