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En Tréveris, antigua reino de Prusia, hace 200 años, cumplidos este 5 de mayo, nació Carlos Marx, el hombre que habría de remover los cimientos de la filosofía, la economía, la historia, la sociología y la política de su tiempo, y edificar sobre sus ruinas el arsenal científico que hoy conocemos como marxismo. Por sus estudios sabemos que la historia de la humanidad ha sido la historia de la lucha entre explotadores y explotados, y que de esa lucha surgirá el comunismo, una nueva sociedad sin clases y, consiguientemente, sin explotación del hombre por el hombre.



Al desmenuzar las características de la explotación burguesa, Marx descubrió que el monto de esa explotación es equivalente  al trabajo no pagado al obrero, pero que, a recuperar tal valor no debe el proletariado limitar sus luchas. Su empeño fundamental debe orientarlo a la construcción de una nueva sociedad, en que no existan clases que  exploten el trabajo ajeno ni gobiernos cómplices de tal explotación; en que cada miembro dé a la sociedad lo que esté en capacidad de darle, y reciba según sus necesidades; una sociedad sin fronteras que separen a los pueblos ni señores ni dueños sobre sus medios de producción; una sociedad en que la satisfacción de todas las necesidades sea plena y en la que el hombre sea el centro de la sociedad, y no el capital, como hasta hoy lo es.

Pero para llegar a tal tipo de sociedad hay que destronar a la burguesía de todo su poder y construir el socialismo, que no es otra cosa que un poder transicional mediante el cual el proletariado supera las limitaciones del capitalismo y sienta las bases para el advenimiento del comunismo.

Ante tal perspectiva, es obvio esperar de las clases dominantes la más resuelta oposición. Últimamente vienen calificando de fallido el  socialismo, dado el revés que sufrió en Europa oriental. Pues precisamente esa experiencia, que en Rusia duró más de 60 años, es la prueba de que el socialismo si es posible. Y que si cayó, la culpa es de sus dirigentes, y no de su científica formulación.

Todos los homenajes que se le rindan a Marx serán pocos, considerando sus inconmensurables aportes a la ciencia social y a su ejemplo como revolucionario y padre del proletariado mundial, al cual reivindicó como gestor de las transformaciones que han de llevar a la sociedad a un nuevo estadio cargado de felicidad para todos sus integrantes. Semejante grandeza obliga a levantarle el pedestal más alto entre los muchos que se le han construido a las más connotadas personalidades del mundo. Por ahora digamos ¡gloria eterna a Carlos Marx!