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En la mañana del 3 de marzo de 1989 era asesinado José Antequera en el aeropuerto de la ciudad de Bogotá.



A pesar de estar rodeados de 12 escoltas los sicarios lo balearon llenando su cuerpo con 24 tiros mortales. Tenía 34 años de edad y era el responsable de relaciones políticas de la Unión Patriótica y uno de los políticos colombianos más destacados del momento en virtud a su carisma, profunda inteligencia y su talante dialogante. Había sido presidente de la Unión Nacional de Estudiantes Universitarios, secretario General de la Juventud Comunista Colombiana y miembro del comité central del Partido Comunista Colombiano.

El asesinato de José Antequera, el negro Pepe, hace parte de los miles de muertos de la UP que se encuentran en la impunidad. Fue un convencido de la necesidad de la paz y trabajó y murió por ella.

Los siguientes párrafos del libro “Paz en Colombia, crónicas de ilusiones, desencantos y viceversas” intentan recoger aquellos años en que fue sacrificada una juventud rebelde y visionaria de la misma manera en que hoy están eliminando sistemáticamente a las lideresas y líderes del movimiento social.

“La eliminación de la oposición, su exterminio premeditado y planificado se cebó en forma muy especial contra dirigentes políticos de la izquierda que iniciaron su militancia al final de los años sesentas o en la alborada de la década de los setenta. La generación que nació durante la dictadura de Rojas Pinilla, que creció oyendo hablar de Cuba y de Vietnam, que abrió sus ojos con alucinación al paso del sputnik y que rabiaba con las denuncias de las torturas y los crímenes de las dictaduras del cono sur del continente mientras escuchaba con el corazón destrozado a Silvio Rodríguez y a Pablo Milanés, quienes en aquellas épocas aún eran poco conocidos.

La mayoría de los militantes de la izquierda víctimas de las balas y los odios irracionales de la extrema derecha colombiana venían del movimiento estudiantil y especialmente de la Juventud Comunista Colombiana. Se estaba produciendo un relevo generacional en las direcciones de los partidos de la izquierda y el movimiento sindical. Veteranos militantes que se formaron en el movimiento sindical, organizaciones campesinas o en la intelectualidad marxista y que se caracterizaban por su férrea disciplina militante, social y familiar fueron dando paso a jóvenes dirigentes muy estudiosos, combativos y entregados a la lucha pero que igual gustaban de la rumba y la alegría. Fue la época en que se empezó a hablar de la social-bacaneria que podría definirse, en su versión original, como el encuentro del marxismo-leninismo y los tropeles con la noche, el tango, la salsa y el vallenato.

Sería interminable hacer el listado de los jóvenes sacrificados en la orgía de sangre que desató la oligarquía colombiana que no solo arrebató cuadros jóvenes a la oposición sino que privó al país de dirigentes de gran valía que hubieran aportado decisivamente a la renovación democrática, al pluralismo y la búsqueda de la paz. No es fácil olvidarlos. Con ellos se compartieron muchas experiencias, rumbas y tropeles y además de estar en la memoria colectiva lo están también en sus hijos e hijas quienes forman parte de esa nueva generación que se ha tomado las plazas, las calles, la palabra y la imaginación para seguir luchando con el mismo ahincó y valentía por esa misma paz por la que ellos murieron. O al contrario, por la paz y por los cambios sociales por los cuales vivieron, amaron, lucharon y soñaron”.