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El Banco Mundial (BM) aseguró que la economía de Panamá estuvo entre las de más rápido crecimiento en el orbe durante la última década, pero se enmarca también entre los 10 países más desiguales del planeta.



Como la noticia más trascendental del 2017 que termina, con profunda incidencia en el futuro panameño, está el establecimiento de relaciones con la República Popular China, y el anuncio de múltiples estudios de inversión del gigante asiático en la nación centroamericana.

Un fatal contraste es la inclusión de Panamá en la lista negra de la Unión Europea (UE) de los paraísos fiscales, anunciada recientemente, lo que además de incrementar las lesiones al prestigio internacional, representará problemas al intercambio comercial y financiero con los integrantes del ente comunitario.

En cifras macroeconómicas, el Istmo pudiera ser la envidia de sus vecinos, pues ni siquiera en la más reciente crisis mundial mostró síntomas de debilidad, a pesar de cierta desaceleración en el ritmo ascendente, ya que entre 2001 y 2013, el promedio anual fue de 7,2 por ciento, más del doble del regional.

El país creció 6,1 por ciento en 2014, bajó levemente a 5,8 y 4,8 en 2015 y 2016, respectivamente, y los augurios del BM para el presente es que iniciará la curva ascendente con 5,4, el mayor de Latinoamérica y el Caribe.

Si en un principio el gobierno istmeño rechazó tales pronósticos por considerarlos incoherentes con la realidad, y lanzó una atrevida proyección de 5,9, apoyados por la reanimación del comercio mundial, en octubre pasado reconoció una 'actualización' con 0,3 puntos porcentuales por debajo.

La intermediación financiera, actividades inmobiliarias, empresariales y de alquiler, comercio minorista y suministro de electricidad, son ramas con crecimiento moderado o decrecimiento en el presente año; a pesar de ello, contradictoriamente continúa la edificación de torres para viviendas y oficinas.

El escándalo de los Papeles de Panamá dejó efectos negativos sobre la actividad bancaria y la creación de sociedades, mientras el gobierno debió ceder a las imposiciones de organismos internacionales como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

La última de tales concesiones en busca de evitar las listas discriminatorias ocurrió recientemente, cuando aceptó adherirse al intercambio automático multilateral de información económico-financiera, a pesar de considerarlo violatorio de su soberanía.

A pesar de ello, la prosperidad llegó de la mano de la operación del Canal de Panamá, los puertos, la Zona Libre de Colón y el sector constructivo.

Esto apoyado en las grandes obras de la segunda línea del Metro capitalino, el tercer puente sobre la ruta fluvial y la renovación urbana de Colón, la segunda ciudad en importancia.

Una cifra récord en el aporte directo al Tesoro Nacional de 1.650 millones de dólares hizo el Canal al terminar el último ejercicio fiscal anual, monto que choca positivamente con los 1.878 millones recibidos por el estado panameño durante 85 años de posesión colonial estadounidense.

Riqueza mal distribuida

Es visible al recién llegado la brecha entre ricos y pobres en el país, incluso en el centro de los enormes rascacielos que ofrecen aire de gran ciudad a la capital; el contraste emerge en la humilde barriada de pescadores Boca de la Caja, cuyos vecinos se resisten al desalojo de la modernidad excluyente.

Un fenómeno difícil de entender aún para quienes sufren la pobreza y la indigencia, mientras algunos tecnócratas reducen el problema a la aplicación de fórmulas alejadas de la realidad del hambre, la enfermedad y la desesperanza, según análisis del diario local derechista La Prensa.

“Los expertos entienden que la diferencia abismal entre ricos y pobres es un problema a resolver para no limitar el potencial de crecimiento del país y los más atrevidos, en su prospectiva, incluso reconocen que estamos sentados en una bomba de tiempo”, alertó la fuente.

Este artículo, donde se citó al Héroe de Cuba José Martí en su concepto de que un Pueblo de hombres educados será siempre un Pueblo de hombres libres, argumentó que la educación es la verdadera solución a la pobreza y propuso una transformación de la sociedad.

Tal vez esa apreciación sea una de las pocas coincidencias con sectores de la izquierda panameña, quienes también auguran un posible estallido social ante el ahogo económico al que está sometida la clase obrera, y peor aún, entre desempleados y marginados indígenas, quienes hablan de refundar la nación.

Un ejemplo de la desigualdad es que el 10 por ciento de las familias más ricas de la nación tenía 37,3 veces más ingresos en 2016, que igual proporción de los más pobres en 2015, lo cual demuestra en estadísticas el crecimiento de la brecha, según admitió el gobierno en un estudio de diciembre del pasado año.

Cambios de procedimiento en la forma de medir la pobreza difundió la falsa idea de una drástica reducción, pero las víctimas de este flagelo están más allá de cifras y son protagonistas a diario de historias en los medios, que muestran la cara real de cómo viven centenares de miles de personas en el país líder del crecimiento regional.

Un presupuesto público para el venidero año que supera los 23.300 millones de dólares tampoco presenta una solución viable para disminuir la pobreza en una nación de apenas cuatro millones de habitantes, pues la cuarta parte del monto es para pagar los servicios (intereses) de la deuda del país.

Inversiones públicas aumentan deuda

El desarrollo de Panamá se basa, en lo esencial, en infraestructuras determinadas por los intereses económicos por encima de los sociales, a criterio de analistas, quienes aseguran, además, que el crecimiento es ficticio, porque descansa en un galopante endeudamiento, el cual era de 23.465,5 millones de dólares al cierre de noviembre pasado.

Esta estrategia de desarrollo recibe constantes críticas de economistas, quienes consideran que compromete el futuro, porque no se invierte apenas en obras productivas que multipliquen la riqueza, con la excepción de la ampliación de la vía fluvial interoceánica y la mina de cobre Donoso.

La antaño fuerte actividad exportadora de la agricultura fue desatendida por los gobiernos de turno desde hace décadas, e incluso contrariamente la política oficial potenció la importación de alimentos sobre la producción nacional, según constantes denuncias de los gremios de cosecheros.

Otro tanto sucedió con la industria manufacturera, reducida notablemente y de la cual apenas funcionan algunas fábricas sin peso económico, mientras el crecimiento favoreció la plataforma de servicios, con énfasis en el comercio local.

Panamá atrajo en los últimos años un alto volumen de inversión extranjera directa, y creó una flexible legislación exclusiva para las multinacionales y las zonas francas, las que actualmente están en la mira de la OCDE, mientras en ello se basa la inclusión del país en la lista negra de la UE, por considerarla nociva para impuestos.

Una paradoja de la escuela neoliberal que tiene en el Istmo uno de sus laboratorios continentales es que, para su prosperidad, la empresa privada exige al Estado importantes volúmenes de contrataciones, lo cual demuestra la hipótesis de la transferencia del dinero público a los bolsillos de los más ricos.

¿Habrá estallido social en Panamá? Cada vez son más los que responden afirmativamente, tomando en cuenta “la peligrosa tensión o presión social que genera la acumulación de resentimiento y desencanto en la población”, discrepante con los desgastados discursos políticos tradicionales.

Como reza el refrán popular: “no hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que lo resista”.

(*) Corresponsal de Prensa Latina en Panamá.

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