Economía
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La llamada economía naranja (EN), de la cual uno de sus promotores es el actual presidente de Colombia, Iván Duque Márquez, inicialmente fue parte del programa de campaña bajo el lema: legalidad, emprendimiento y equidad.



Una vez iniciado el gobierno, la EN se anunció entre los ejes principales de la perspectiva económica en la agenda gubernamental.

En el discurso de posesión presidencial, el pasado 7 de agosto, Duque (2018: https://bit.ly/2M9bG4k) ratificó:

“Quiero que los jóvenes de Colombia escuchen esto con atención: Estamos comprometidos con el impulso a la Economía Naranja para que nuestros actores, artistas, productores, músicos, diseñadores, publicistas, joyeros, dramaturgos, fotógrafos y animadores digitales conquisten mercados, mejoren sus ingresos, emprendan con éxito, posicionen su talento y atraigan los ojos [sic] del mundo”. [Énfasis propio]

Los antecedentes que permiten profundizar los análisis sobre la EN son, al momento, relativamente limitados.

Uno de ellos es la publicación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID): “La Economía Naranja. Una oportunidad infinita”, precisamente de autoría de Iván Duque (al lado de Felipe Buitrago, economista de la Universidad de Los Andes), aparecida en el año 2013.

“¿Qué es la Economía Naranja? (…) Es el conjunto de actividades que de manera encadenada permiten que las ideas se transformen en bienes y servicios culturales [sic] [¿?], cuyo valor está determinado por su contenido de propiedad intelectual [sic] [¿?]. El universo naranja está compuesto por: i) la Economía Cultural y las Industrias Creativas, en cuya intersección se encuentran las Industrias Culturales Convencionales; y ii) las áreas de soporte para la creatividad” [énfasis propio] (Buitrago & Duque, 2013: 38 y 40).

Sin intentar agotar el debate, una primera exploración en torno al discurso y prácticas de la EN sugeriría dos tesis:

1) en tanto propuesta político-ideológica, es una tentativa superficial en lo intelectual, y vulgar en lo académico;

2) en el terreno de la política económica, donde se ha pretendido elevar a “innovación”, la EN es abiertamente inverosímil y profusamente anti técnica.

1. El emprendimiento neoliberal como teoría:

La EN tiene como trasfondo la ideología neoliberal del emprendimiento. Como teoría, el emprendimiento es un discurso neoclásico que retiene cierto grado de complejidad y sofisticación.

A pesar de ello, la teoría emprendedora ha logrado posicionarse masivamente a través de narrativas menos refinadas, impactando el sentido común y las prácticas institucionales y cotidianas hoy por hoy vigentes.

Tempranamente durante el siglo XVIII, el entreprenour (emprendedor-empresario) fue objeto de inspiración, a partir del clásico de R. Cantillon: “Ensayo sobre la Naturaleza del comercio en general”.

Pero es el siglo XX cuando el emprendimiento muestra un nuevo impulso bajo el auspicio intelectual de J. Schumpeter, L. von Mises y F. von Hayek, reconocidas figuras del pensamiento neoliberal. La reinstalación de las visiones “centradas en el emprendedor” y la valoración del “espíritu emprendedor” a lo largo del siglo XXI se han tornado cruciales para la recomposición de la decadente crisis del capitalismo neoliberal, gracias a la productividad que reporta el discurso emprendedor, especialmente en los procesos de alienación ideológica.

Entre otras cosas, la ilusión emprendedora sostiene la falacia de que los trabajadores podrían convertirse exitosamente en “empresarios de sí mismos”, (entrepreuneurs).

A partir de diferentes modalidades de autoempleo, trabajo por cuenta propia, free-lance, emergería una suerte de clase “creativa”, la cual, entre otras cosas, desvanecería las contradicciones actualmente existentes entre el Capital y el Trabajo.

Bajo esta suposición, varios teóricos neoliberales contemporáneos han aventurado el tránsito inminente hacia una sociedad post-capitalista (v.gr. Rifkin).

Las experiencias concretas del emprendimiento a nivel global, no obstante, muestran todo lo contrario. Antes que verificar alguna ruptura (inclusive, moderación) en las tendencias de los procesos de explotación económica, dominación política y opresión social, los resultados que revelan las iniciativas emprendedoras son mayores niveles de explotación, especialmente: de subordinación y dependencia de los emprendedores al capital financiero, por la vía del progresivo endeudamiento y la precarización de las situaciones de trabajo, aún aquellas auto-impuestas.

La nueva relación entre el emprendedor “consigo mismo” (auto-explotación, auto-subordinación, etc.), por un lado y, por el otro, con el sector financiero, mediador del capital del cual siempre carecen los “trabajadores para sí mismos”, con el fin de activar y sostener la faceta emprendedora, es crucial para entender cómo la hegemonía neoliberal emprendedora exacerba los procesos de mercantilización en todas las dimensiones y esferas de la vida humana, individual y colectivamente consideradas.

Casilli (2018: https://bit.ly/2E9W7Ch) lo sintetiza, de la siguiente manera: El capitalismo de las plataformas digitales hace que la disciplina laboral sea más rígida, ya que impone mediciones “científicas” y evaluaciones que pueden parecerse a los de la vieja fabricación industrial. La diferencia clave es que los trabajadores, a cambio de su sumisión a esta disciplina, no reciben la seguridad social y la representación política que tenían a cambio de su subordinación.

Este nuevo taylorismo tiene todo los inconvenientes y ninguno de los antiguos beneficios. Los trabajadores están atrapados dentro de una contradicción: subordinados y precarios, al mismo tiempo.

2. Economía naranja: emprendedorismo vulgar.

A contrapelo de la tradición (neo) clásica, la versión que representan Buitrago y Duque (2013) en torno a las economías o también llamadas “industrias creativas” –designación promovida por J. Howkins (2001) y Florida (2002)– y que los autores rebautizan como “naranjas” para América Latina y el Caribe, debe ubicarse mejor dentro de los eslabones abúlicos –intelectualmente hablando– de la denominada emprendedormanía (1) .

Más allá de la dudosa calidad académica de estas producciones, el conjunto de la literatura vulgar sobre emprendedorismo goza hoy por hoy de gran divulgación y recepción entre varios públicos lectores, incluyendo la simpatía que profesan círculos académicos considerados prestigiosos.

En esta línea, diversas publicaciones son popularmente célebres por coronarse como best sellers en ámbitos editoriales globales y locales. De ellas hacen parte, por ejemplo, “Padre rico, Padre pobre” de R. Kiyosaki y S. Lechter, o “Pequeño cerdo capitalista” de S. Macías (Portafolio, 2017: https://bit.ly/2mw8q5D)

La EN pretendería desmarcarse –sin éxito– de estas modas asumiendo un intelectualismo tramoyista que no sólo aggiorna sus exposiciones con referencias académicas (también estadísticas) sino que incrusta citas de autores (o números) –sin orden ni concierto– tan diversos como incompatibles (política, teórica, sobre todo, ideológicamente) como Adorno, Toffler o Franklin, Zelazny, Landry, entre una lista casi interminable de testimonios incongruentes pero altamente sugestivos.

Destacamos la versión vulgarizada del emprendimiento para subrayar que el discurso de la EN está diseñado –casi exclusivamente– para provocar emociones e impresiones hiper-subjetivistas pero que, en todo caso, garanticen o activen la acción emprendedora, por definición una acción “especulativa”.

De ahí la insistencia que los emprendedores deban constantemente asumir “riesgos” y recurrir al capital, al que no por casualidad se le denomina “capital de riesgo”.

3. Propuesta anti técnica e inverosímil

Muy a pesar de que el lugar de enunciación desde donde surge originalmente la EN es un organismo “tecnocrático”: el BID, institución donde Iván Duque fue jefe de la División de “Asuntos Culturales, Solidaridad y Creatividad”, la (potencial) puesta en práctica de la EN brilla también por la falta de juicio técnico y verosimilitud.

En estos aspectos, la EN desconoce (mejor: omite olímpicamente), al menos, dos situaciones referidas al campo de acción que pretendería ser replicado en Colombia.

En primer lugar, se oculta el fracaso registrado globalmente en las políticas de las Industrias Culturales Creativas. Gran Bretaña, un caso considerado paradigmático y frecuentemente asumido como “exitoso” –así lo dejan ver Buitrago & Duque (2013: 156)–, sintetiza las tendencias claves y resultados cruciales de estas políticas tras varias décadas de aplicación:

i) la exacerbación de las desigualdades sociales, especialmente, la gentrificación. La experiencia británica falsearía la relación entre emprendimiento y equidad planteada por Duque como candidato y como presidente; también, Buitrago & Duque (2013: 186) cuando aseguraban –sin respaldar sus afirmaciones– que: “(...) en el desarrollo de la Economía Naranja es posible cerrar las brechas sociales y acercar a las personas más humildes con las más privilegiadas alrededor de un propósito común”;

ii)El incremento de la precarización de los trabajadores del sector cultural (Oakley, 2006). La evidencia británica cuestionaría, además, la supuesta conexión entre emprendimiento y legalidad pues, lejos de transformar las situaciones de informalidad laboral hacia condiciones de mayor formalidad, aquellas simple y llanamente han adquirido un status de “normalidad”.

En segundo lugar, la promoción de la EN, pasa por alto el fracaso rotundo de las políticas emprendedoras a nivel nacional y local en Colombia, implementadas con especial énfasis desde los gobiernos de A. Pastrana (1998-2002) y Álvaro Uribe (2002-2010), es decir, hace dos décadas. Con base en un estudio de Confecámaras (2016: https://bit.ly/2DNBydT), señala Giraldo (2017: https://bit.ly/2fXWrN0):

“Se insiste en el emprendimiento para la generación de ingresos de los desplazados, de los pobres, y ahora los excombatientes de las Farc. El fracaso de esa política es tal que existe en el medio la expresión del “valle de la muerte”, para reflejar esa realidad... Un estudio de Confecámaras (2016) señala que ‘entre 2011 y 2015, entraron al mercado un total de 1.033.211 firmas y se cancelaron 991.911” (pág. 21), lo que significa que en el neto hay una mortalidad del 96%... en los sectores populares, que es lo que se conoce como “emprendimiento de subsistencia”, el fracaso ronda el 97% [énfasis propio]” (Giraldo, 2017).

Cajigas, Haro & Ramírez (2017: 109), de otra parte, en un artículo científico que resume la “medición emprendedora en Colombia”, concluyen:

“Observados los análisis de variables y los resultados ciertos del Fondo Emprender, se encuentra que de los 2.119 proyectos financiados entre 2006 y 2013, 45%, equivalente a 949 empresas, no tuvieron éxito y cerraron, al no poder cumplir los criterios de medición al final del primer año de creada la empresa... la conclusión principal de este estudio es que el emprendimiento empresarial como política pública en Colombia está fracasando... [Énfasis propio]”

Liminar

El oráculo para entusiastas que representa La Economía Naranja se equipara menos con una “innovación” de política, que con una sagaz y perversa campaña publicitaria, que pretende convocar giros emocionales, especialmente entre un sector ya de por sí precarizado, potencialmente explotable y, sobre todo, presa fácil para caer en el tipo de seducciones e ilusiones emprendedoras: la juventud.

No resulta casual la referencia a “los jóvenes” que Duque pronuncia en el Pacto por Colombia; ni las insinuaciones que animan y secundan este tipo de iniciativas: “Históricamente el color naranja está vinculado con la juventud y la alegría... la creatividad es un gran negocio”. (BBVA, 2016: https://bbva. info/2MqBB78).

Nota: (1) Aquí resulta útil la distinción (de grado, no de fondo) entre las teorías sobre el emprendimiento (neoclásicas) y la emprendedormanía (el emprendimiento vulgar) de la que hace parte la EN, acudiendo a la realizada por Marx (1976: 114) entre la Economía política (clásica) de Smith, Ricardo, etc., y la Economía vulgar.

Bibliografía:
Buitrago, F. & Duque, I. (2013). La Economía Naranja. Una oportunidad infinita. Nueva York: Banco Interamericano de Desarrollo.
Cajigas, M., Haro, M. & Ramírez, E. (2017). El Estado colombiano y el emprendimiento empresarial: éxito o fracaso de su programa clave. Criterio Libre, 15 (26), pp. 105-130.
Florida, R. (2002). The Rise of the Creative Class…and How it is Transforming Work, Leisure, Community and Everyday Life . New York: Basic Books.
Howkins, J. (2001). The Creative Economy: How people make money from ideas. London: Allen Lane.
Oakley, K. (2006). Include Us Out. Economic Development and Social Policy in the Creative Industries. Cultural Trends No. 4: 255-273.

Fuente:
http://www.espaciocritico.com/sites/all/files/izqrd/n0073/izq0073_a07.pdf