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Educación
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(Extractos) Con frecuencia en las consultas infantiles, los padres expresan con preocupación que su hijo o hija, no quiere escribir en las clases. Estamos hablando de pequeños de los primeros cursos escolares, o sea primer o segundo grado.



No querer, equivale a no tener la voluntad de hacer algo. Pero cuando a la altura de los 6 ó 7 años un pequeño se niega a hacer las actividades fundamentales de la institución escolar, a pesar de los llamados de atención y de observar que el resto de los niños sí lo hace, esto (sin ninguna duda) es algo a lo que se le debe prestar atención.

En ocasiones se piensa que es cosa propia de los infantes de estas edades y algunos adultos hasta les parece gracioso. Sin embargo se trata de una conducta que debe abordarse con mucha seriedad.

Cuando la educación familiar ha sido efectiva, los niños que recién han comenzado la escuela, aceptan de un modo natural las orientaciones de los adultos que están a su cargo y que tienen esta encomienda social: la de enseñar.

 El niño que no respeta al maestro, muchas veces tampoco respeta a sus padres. Está llevando un problema de su hogar, con las normas, los límites y la autoridad, hacia la escuela. Es lo que ha aprendido, aunque se trata de un aprendizaje negativo.

 En otras lamentables ocasiones, los padres u otros familiares, son responsables de no haberle transmitido al hijo, la función que juegan los docentes y el respeto que se les debe.

No hablamos de obediencia ciega; no debe ser interpretado como irrespeto, que el niño desde edades tempranas exprese sus opiniones y deseos, o que pida atención a sus demandas. De hecho ese diálogo facilita la educación de la voluntad. Poderle explicar por ejemplo, por qué aunque esté cansado, hay que hacer un esfuerzo y terminar la clase.

Mostrarle que otros niños también lo están haciendo, que la maestra también necesita el receso, que los padres muchas veces se sobreponen al cansancio, cumpliendo con sus deberes parentales.

Le corresponde a los maestros jugar también su papel como protagonistas del escenario escolar. Esperar que los padres vengan por el niño en la tarde para contar que no escribió en las clases, debe ser el último recurso.

Los niños precisan ser convidados con Afecto, pero también con la firmeza, que no deja lugar a que ellos se nieguen a hacer los deberes escolares. No obstante, lamentablemente siempre existen esos niños con los que se ha probado casi todo, porque el trasfondo de la problemática es complicado y severo.

A veces el problema no es que el niño no quiera escribir y se interpreta erróneamente un “no querer” cuando en realidad se trata de un “no poder”.

Cuando existe un trastorno del desarrollo psicomotor, el niño se agota con facilidad mientras escribe, no logra llevar el ritmo de la clase, es torpe y logra resultados de poca calidad.

Muchas veces también se encuentra desmotivado porque no logra cumplir con exigencias de maestros y padres, quienes no se han percatado de que su motricidad para las ejecutorias gráficas, no está al nivel de los demás niños. En estos casos, se les suele dañar la autoestima, tildándolos de vagos e irresponsables.

Por eso la conducta antes de ser juzgada, debe observarse mucho (...)

El trastorno del desarrollo psicomotor, puede ser mal interpretado como una conducta desafiante e irrespetuosa. El maestro de los primeros años escolares, debe estar preparado desde su formación pedagógica para identificarlo y trazar estrategias para trabajar con el pequeño.

El maestro debe estar capacitado no solo para impartir los contenidos de las asignaturas. Debe poseer las herramientas para que esos contenidos puedan ser recibidos lo mismo por un niño con hiperactividad, dislexia, disgrafia, un déficit psicomotor o con necesidades educativas especiales (…)

El afecto es el pilar fundamental de un niño feliz (...)

Un docente siempre debe tener presente que la esfera emocional del niño también incide en su capacidad de aprender. Por ello es esencial crear las condiciones para que los estudiantes experimenten bienestar en el aula, así como mantener una estrecha comunicación con los padres, cuando la afectación procede del ámbito familiar.

Implica además, apoyar mucho más a aquellos que no cuentan como debieran, con su familia. Para ello, los maestros deben poder acceder y emplear estrategias y políticas de protección infantil.

Para que la formación en valores no sea un mero ejercicio formal, debe apoyarse mucho más en las vivencias del estudiantado, como complemento esencial de los contenidos de las asignaturas.

Todo conocimiento será mejor asimilado, si cuenta con el modelaje que permiten los ejemplos de la vida práctica que cada estudiante trae al aula.

Los maestros deben ser el mejor ejemplo, como condición indispensable de la labor que realizan. Ellos son las figuras principales de referencia, tanto como los padres lo son en la casa. El niño se parecerá más a esos modelos, que a lo que los modelos le exijan que aprenda o haga.

Sin embargo (como mamá y papá) “la maestra” no es perfecta y puede equivocarse (…)

Conversarlo con sus estudiantes, mostrarse vulnerable en alguna ocasión o pedir una disculpa necesaria, lejos de afectar su imagen, la humaniza y la hace más cercana a su estudiantado, en tanto la aleja por completo de dobleces morales que son lo contrario del buen educador.

Enseñar la honestidad y la laboriosidad, por ejemplo, implica no aceptar un trabajo práctico hecho por los padres, no dar guías de estudios que replican las preguntas de los exámenes o no tener tratamientos diferentes con los niños de mayores y menores estatus socio-económicos (…)

La Educación cubana está llamada a hacer niños felices y de bien, para contribuir a los valores humanos y la justicia social de la Cuba del mañana. Con estos derroteros, cada obra del maestro que pone el corazón en su labor, requiere el respeto, reconocimiento y colaboración de toda la sociedad (...)

Sigamos trabajando por el bienestar psicológico de nuestros niños y niñas.

Fuente:
https://www.facebook.com/ELCOAP/posts/2376971939096650?__tn__=K-R