Educación
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La educación fue, y es hasta hoy, uno de los frutos más queridos de la Revolución Cubana. Algunos de sus momentos más importantes en los últimos 60 años, pueden contarse a través de las historias de coraje, humanismo y pasión por el magisterio de aquellos que las protagonizaron.



I.              LA CAMPAÑA

En la bandera roja podía leerse, con letras claras, una idea que a Teresa Puig le pareció imposible cuando su madre le negó la posibilidad de subir las montañas. Para ella, verla ondear en el pico más alto de Mayarí, en la oriental provincia de Holguín, era más que un sueño cumplido, la satisfacción de haber servido a la obra mayor que fue desterrarle la ignorancia a su Patria.

Recordó entonces las largas horas de clase en la escuela improvisada donde fue a alfabetizar, la familia que heredó, sus primeros cinco estudiantes. Bajo la escasa luz de aquel farol, con solo 14 años, ella se esforzaba para que ningún trazo quedara por aprender, acompañaba cuidadosamente cada intento infructuoso de sus alumnos, y sonreía con cada triunfo, como aquel día, cuando Pedro logró escribir su nombre.

Pensó qué hubiera sido de ella si no hubiera esperado a su padre en la entrada de la casa aquel día:

—   Necesito que me firmes la planilla, porque me voy a alfabetizar—, le dijo.

Había crecido mucho desde entonces. Nada iba a impedir que el camino de la educación siguiera marcando su paso por la vida y cada intento futuro de perfeccionar la Revolución.

En todo eso pensó Teresa, mientras veía ondear la bandera de la Campaña de Alfabetización —una de las más grandes movilizaciones sociales de la Revolución Cubana— que había concluido en el municipio holguinero de Mayarí.

Días después, en la Plaza de la Revolución, una multitud casi le impide caminar hacia el centro, justo donde podía ver a Fidel. Quería escucharlo bien de cerca mientras declaraba a Cuba, un 22 de diciembre de 1961, Territorio Libre de Analfabetismo.

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«Cuba será el primer país de América que a la vuelta de algunos meses pueda decir que no tiene un solo analfabeto...», informa Fidel Castro ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), el 26 de septiembre de 1959.

En ese momento, la declaración podía parecer una lejana utopía, pero la fórmula de unidad del pueblo, liderazgo y convocatoria aplicada por el líder de la Revolución, propinó el éxito más rotundo que pudo lograrse, en un país que empezaba a despertar del letargo de pobreza, corrupción y analfabetismo que le había legado el neocolonialismo.

Los pasos fueron certeros. La creación de la Comisión Nacional de Alfabetización y Educación Fundamental, pasados pocos días de enero de 1959; la creación del Contingente de Maestros Voluntarios, y su preparación en el campamento Minas de Frío, en la Sierra Maestra; el surgimiento del Plan de Estudios Ana Betancourt para jóvenes campesinas, las Brigadas «Pilotos» Conrado Benítez, y las Brigadas Obreras Alfabetizadoras Patria o Muerte, son el ejemplo más claro de ello.

«No fue solo la cartilla o el manual. Fue aprender a vivir, aprender de nuestro país, su vida rural, sus riquezas y recursos naturales. Fue el encuentro con manifestaciones muy peculiares en cada contexto dentro de una misma cultura. Las muchachitas tenían que salir de sus casas muy jóvenes. ¡Con qué celeridad se produjo un impacto en el comportamiento y la mentalidad de las personas, en las maneras de ver la realidad!», cuenta la doctora Lesbia Cánovas, quien fuera durante muchos años presidenta de la Asociación de Pedagogos de Cuba.

Así inició la batalla por alcanzar niveles posteriores de escolaridad en la población cubana.

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II.            FORMAR LA CONTINUIDAD

Cuando Luisa Campos llegó al Instituto Pedagógico Enrique José Varona apenas tenía 16 años. Si en ese entonces, le hubieran preguntado dónde estaría cinco décadas después, no hubiera podido sospechar, siquiera, que ese sitio se convertiría en su propia casa, que allí se haría una «profesional y revolucionaria».

Y es que Luisa, al igual que otros jóvenes, fueron testigos del empeño por solidificar la formación docente en Cuba, que se concretó en diversos programas, y a lo largo de estos 60 años coadyuvaron a formar el «ejército» más importante de la Revolución, sus maestros.

El 30 de julio de 1964 se decreta, por Resolución Ministerial no. 544, firmada por el entonces titular de Educación, Armando Hart Dávalos, la creación en cada universidad del país de un Instituto Pedagógico, para formar al personal docente de la enseñanza media.

El Varona fue el centro rector, que nació adscrito a la Universidad de La Habana. Junto a él también se crearon los institutos pedagógicos de Las Villas y Santiago de Cuba. Luego, estos centros se expandieron al resto de las provincias del país.

«Un buen número de estudiantes una vez graduados se quedaban a formar parte del claustro de la universidad, como es mi caso», dice Luisa Campos frente a un aula que la mira absorta.

En estos 50 años, ella puede dar fe de las grandes tareas en las cuales la institución ha sido protagonista: la formación del Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech, ante la necesidad de maestros para las escuelas en el campo; la creación del Destacamento Internacionalista Ernesto Che Guevara en la República Popular de Angola, y la misión en Nicaragua, por solo mencionar algunas.

En 1976, la institución se independizó de la Universidad de La Habana y se convirtió en centro de educación superior. Es entonces cuando adquiere oficialmente el nombre de Instituto Superior Pedagógico, que mantiene hasta 2009 cuando pasó a formar parte del conjunto de universidades del país, con la denominación Universidad de Ciencias Pedagógicas. En la actualidad, allí se estudian más de una decena de cursos de pregrado, en seis facultades.

Luisa imparte las clases de Historia de Cuba y Ética Martiana.


En una maleta de escasas proporciones, Rosa Carpio guardó su ropa y se despidió de los suyos. No necesitaba mucho más equipaje que el amor que la llevó tan lejos, desde su natal Villa Clara hasta Pinar del Río. Allí echó nuevamente raíces, y encontró la vocación que la uniría a la formación de las nuevas generaciones.

La escuela pedagógica Tania la Guerrillera la acogió en 1983. Ocho años antes, por los mismos pasillos donde transitaba, había estado Fidel, para fundar la institución dedicada a graduar maestros primarios, en un contexto de perfeccionamiento de la educación.

«Los maestros primarios son la base de la formación de valores de esos jóvenes, de la educación de un país», les dijo el líder de la Revolución a los docentes. Al menos así le contaron a Rosa. Comenzaron a llegar a la escuela cientos de estudiantes con solo sexto grado de escolaridad, y más adelante con noveno grado. No ha pasado un solo día, desde entonces, que el hechizo de educar a los niños no la haya cautivado.

Tanto así que —aunque en la década del 90 concluye el proyecto, con el completamiento de la cobertura docente— en el 2010 abren sus puertas nuevamente las escuelas pedagógicas, que hoy ascienden a 27 en todo el país, con alumnos egresados de noveno grado, y ahí estaba Rosa, en la escuela con nombre de guerrillera, para sumarse de nuevo a su colectivo, para contarlo después.

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III.           JUVENTUD Y VETERANÍA: UN BINOMIO INSEPARABLE

A Rina le llamó la atención el joven estudiante de Derecho. Llevaba camisa blanca y pantalón carmelita. Sobre un banco de la Universidad de La Habana, con una oratoria impoluta, hablaba sobre los males que aquejaban a su época, mientras aglutinaba a su alrededor a muchos de su generación, preocupados también por los problemas de su tiempo. Ella y él nacieron el mismo año, pero en ese momento lo ignoraban. La vida se encargaría de ponerlos de nuevo, frente a frente.

Han pasado muchos años de esa anécdota que ahora Rina Peñalver cuenta satisfecha de haber vivido el mismo tiempo que el joven abogado, de haber compartido sus mismos sueños. «De Fidel aprendí muchas cosas, aprendí a cumplir la palabra empeñada, como él, que cumplió todo lo que prometió sobre la educación».

Hoy Rina tiene 91 años y es maestra. En el instituto preuniversitario Gerardo Abreu Fontán, que se erige en el municipio capitalino de Centro Habana, sus alumnos la ven subir y bajar las escaleras con una destreza que bien puede competir con la de ellos.

Llega el turno de Historia Contemporánea y la maestra conecta con sus alumnos de una forma peculiar. «Ahora cambié la técnica. Mis clases se basan en el diálogo, el coloquio, en hacer que los estudiantes emitan su juicio propio acerca de lo que han estudiado».

En la clase del 13 de marzo, por ejemplo, Rina no puede contener la emoción. Su cuerpo de estatura pequeña tiende a quebrarse siempre que se trata de hablar de los revolucionarios asesinados. «Esa juventud que ha desaparecido impunemente  —dice con la voz entrecortada—, y todo lo que pudieron haber dado…».

Por eso de las múltiples medallas, reconocimiento y condecoraciones que Rina ha recibido —y de las cuales prefiere no presumir—, la que más quiere es la medalla Pepito Tey, «porque esa juventud asesinada, duele».      

Rina conoció la pobreza de cerca; los niños descalzos; aquella amiga, Normita, que no iba a la escuela rural para vender pescado a la orilla del camino, y ayudar a mantener a su familia; su barrio de Poggolotti, «donde temprano cortaban la luz, y a las nueve de la noche, en una lata de aceite, se hacía una caldosa», para repartir entre sus nueve hermanos.

Había que paliar la escasez económica. Comenzó a trabajar como docente.

«Empecé de maestra sustituta en 1950. Luego de cinco años logré una plaza fija con un salario pobre, pero con un cariño muy grande por la profesión». Desde entonces, ha transcurrido por prácticamente todas las enseñanzas de la educación general, incluyendo su paso por el Instituto de Perfeccionamiento Educacional.

«Yo tengo alumnos hoy en la universidad estudiando el magisterio, que dicen que se están haciendo profesores por mí. Y es que el problema no es que el alumno saque 100 puntos, si no enseñarlos a pensar, a razonar, que aprendan a valorar el conocimiento, enriquezcan su espiritualidad».

Todos los días, en una rutina invariable, Rina se levanta a las cinco de la mañana. A las siete ya está en la escuela esperando a sus alumnos; y cuentan que es la última en irse.

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Teresa, Lesbia, Luisa, Rosa y Rina son solo un botón de muestra de lo que han significado estos 60 años en la historia de la educación. El desarrollo científico y social cubano se debe a hombres como ellos, que bajo las dificultades económicas que han impactado de forma sensible a este sector, demostraron, y demuestran, aquella sentencia del más grande de los maestros cubanos, Fidel Castro: «(…) la seguridad de nuestro futuro; el éxito de nuestro socialismo, dependerá en gran parte de lo que sean capaces de hacer los educadores».


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