Educación
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“La educación pública en peligro de extinción” “Llueva o truene el paro se mantiene”. (Consignas de los estudiantes en paro).



Afortunadamente, al final del año hubo una buena noticia para los sectores populares, relacionada con la lucha de los estudiantes de las universidades públicas, que consiguieron un importante logro, por medio de la lucha organizada y la movilización. Tras un ciclo de siete años de pasividad del movimiento estudiantil, luego de la última gran lucha del 2011, en 2018 volvió a cobrar fuerza la lucha de los estudiantes colombianos.

El paro comenzó el 11 de octubre y su fuerza fundamental fueron los estudiantes, organizados en ACREES, FENARES y mayoritariamente en la UNEES (Unión Nacional de Estudiantes de Educación Superior), que emergió tras la realización de un encuentro realizado en la ciudad de Florencia, y donde participaron cerca de 1.000 delegados de las universidades públicas del país. Allí se elaboró un pliego de peticiones que se concentró fundamentalmente en asuntos financieros, dada la difícil situación económica de la universidad pública, como resultado de una política de Estado dirigida a liquidarla en forma paulatina, como quedó reglamentado en la Ley 30 de 1992.

Esta disposición aseguró la desfinanciación estructural de la universidad pública, que cada vez recibe menos presupuesto del Estado y se ha visto obligada a conseguir recursos propios, vender servicios y mercantilizarse internamente.

Las exigencias de los estudiantes tuvieron la fortuna de que captaron el aspecto central de la crisis estructural de la universidad y lo expresaron en el momento preciso, tras el cambio de gobierno, y se ventiló como un tema central de discusión política cuando fue evidente la crisis del programa estrella de Juan Manuel Santos “Ser Pilo Paga” o, en forma más general, se desnudaron las falacias de la propuesta neoliberal de financiar la demanda.

El 10 de octubre se presentó una extraordinaria manifestación nacional, que contó con la participación de miles de estudiantes y de otros sectores de la sociedad y al día siguiente se inició el paro.

Desde el principio, como suele ser costumbre en Colombia, el gobierno de Duque le apostó a dividir el movimiento y a esperar su desgaste. En cuanto a la división se apoyó en los rectores, que a espaldas del movimiento, decidieron firmar un acuerdo con el gobierno, mediante el cual recibieron pírricos recursos económicos, que fueron presentados como la gran conquista de esos burócratas de la academia, a cambio de dar su pleno apoyo al nuevo programa de “Generación E”, que reemplaza a Ser Pilo Paga, y que se sustenta en la misma lógica de financiar la demanda.

Con este pacto por arriba se supuso que el movimiento estudiantil se iba a quebrar, máxime que esa fue la tarea que asumieron los rectores. Pero eso no se logró, y el paro de los estudiantes se mantuvo, contra viento y marea, y oponiéndose a los intereses internos en cada universidad (de los rectores y buena parte de los profesores) por volver a clase, realizó trece marchas a nivel nacional, incluso una el 13 de diciembre (una fecha inusitada para una protesta social en la Colombia de hoy), en la cual fue brutalmente agredido el estudiante de la Universidad del Cauca, Esteban Mosquera, quien perdió uno de sus ojos por el impacto de una granada aturdidora enviada por el Escuadrón Móvil Antidisturbios, el tenebroso ESMAD.

Esto no fue excepcional, porque durante los dos meses del paro hubo continuas agresiones a los estudiantes, particularmente contra los de la Universidad Pedagógica Nacional, algunos de los cuales resultaron heridos o fueron encarcelados.

Una característica importante de esta lucha universitaria, conducida por los estudiantes, ha radicado en que se pudo convocar a otros sectores de la sociedad, por la justeza de las peticiones para sostener financieramente a la universidad pública, con lo que se mostró además la importancia que esta institución tiene para la sociedad colombiana.

Los jóvenes dieron muestra de iniciativa para comunicar su sentir a importantes sectores de la sociedad, lo que suscitó un apoyo directo de gran parte de la comunidad, como se vio en las movilizaciones y otras repertorios de lucha adoptados por los estudiantes, tales como cátedras libres y abiertas en diversos sitios de las ciudades, difusión de propaganda en los buses, visitas a escuelas y colegios de barrios populares, mensajes a través de las redes sociales, esfuerzo de adoptar un lenguaje comprensible para cualquier persona sobre el problema financiero de la universidad…

La protesta demostró que sí existen canales de financiación y no es cierto, como lo sostienen los defensores del neoliberalismo educativo, que no hay cómo remediar los déficits crónicos de las universidades, salvo, según ellos, mediante la privatización y la retirada del Estado.

Contra la corriente se hizo patente que sí es posible financiar la universidad pública, pero eso supone modificaciones en la estructura de gastos del Estado, especialmente en los consagrados a “defensa y seguridad”, que siguen teniendo un peso abultado, pese a que se diga que la guerra se acabó.

Finalmente, por la fuerza del movimiento, que se mantuvo a pesar de la represión policial, de las provocaciones y amenazas, se formó una mesa de dialogo, con participación de estudiantes y profesores (donde desempeñó un importante papel la Asociación Sindical de Profesores Universitarios, ASPU) con miembros del gobierno, y se garantizaron recursos para asegurar el funcionamiento de las universidades en los próximos cuatro años y quedó como tarea impulsar una reforma a la Ley 30.

Por supuesto, teniendo en cuenta el prontuario de incumplimiento de las promesas que hacen el Estado colombiano y los gobiernos de turno, hay que estar atento para que se cumpla lo pactado.

Es posible que la movilización estudiantil tenga repercusiones en el futuro inmediato al haber demostrado que la movilización organizada es un medio eficaz de lucha, el cual a su vez permitió captar la debilidad intrínseca del gobierno de Duque, algo que no es raro si se recuerda que este personaje es un advenedizo y una marioneta del uribismo, con poca capacidad de maniobra.

Esa debilidad quedó patente gracias a la lucha de los estudiantes, y eso podría ser la semilla de una reactivación de diversos movimientos sociales en Colombia en el próximo año. Eso, desde luego, solo será posible si se aúnan fuerzas y se mantiene la voluntad de lucha y de movilización.

Especial para La Pluma, Bogotá, 26 de diciembre de 2018

Editado por María Piedad Ossaba

(*) Miembro de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas. Historiador, Profesor titular de la Universidad Pedagógica Nacional, de Bogotá, Colombia. Doctor de la Universidad de París VIII. Diplomado de la Universidad de París I, en Historia de América Latina. Autor y compilador de los libros Marx y el siglo XXI (2 volúmenes), Editorial Pensamiento Crítico, Bogotá, 1998-1999; Gente muy Rebelde, (4 volúmenes), Editorial Pensamiento Crítico, Bogotá, 2002; Neoliberalismo: mito y realidad; El Caos Planetario, Ediciones Herramienta, 1999. Capitalismo y Despojo, Ed. Pensamiento Crítico, Bogotá, 2013, entre otros. Premio Libertador, Venezuela, 2008. Su último libro publicado es Colombia y el Imperialismo contemporáneo, escrito junto con Felipe Martín Novoa, Ed. Ocean Sur, 2014. Integrante del Consejo asesor de Revista Herramienta, en la que ha publicado varios de sus trabajos. Es miembro de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas. Colaborador de La Pluma.

Fuentes:
http://www.lapluma.net/2018/12/26/balance-de-2018-en-colombia-un-pais-que-oscila-entre-el-genocidio-politico-y-el-ecocidio/
https://www.rebelion.org/noticia.php?id=250826