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La inerme población, ese ciudadano por lo general indocto y acrítico que sin mecanismo de defensa alguno es sometido un  día sí y otro también,  semana tras semana y mes tras otro al inclemente bombardeo de los medios de comunicación en todas sus modalidades desde las más tradicionales, radio y prensa escrita hasta las modernas las plataformas digitales, termina por aceptar como cierto lo que en forma tan reiterada y unánime  dicen esos medios.



Y ese ciudadano por lo general también ingenuo, no está en condiciones formativas de preguntarse por qué esa  extraña sincronización de todos los medios, en todas sus emisiones, el mismo tema, la misma exaltad indignación, y sobre todo, idéntica orientación como si se tratara de una campaña política contratada. Tampoco, menos, en situación de inquirirse, esos medios de quién serán, si de pronto son de socios privilegiados, validos o corresponsales de alguna matriz que en una lejana metrópoli haya  dispuesto la forma como deben pensar y obrar estos pueblos y gobiernos que están en el deber de girar en su órbita. Es decir, ese ya no sólo ingenuo sino digámoslo de una vez ignorante consumidor pasivo de medios, también ha adolecido de la curiosidad de indagarse si será que a los propietarios de esos medios -que alguno han de tener-, les va algún interés en las noticias que con tanto encono emiten.

Entonces, se les oye en la calle, en el café y en las reuniones sociales,  ya no ingenuos e ignorantes, sino eruditos y arrogantes, “En Venezuela hay una dictadura, es un estado fallido por la política estúpida (una veces comunista, otras sólo socialista) de Maduro, el pueblo pasa hambre, y además el gobierno mata y encarcela a quienes protestan. El presidente odia al pueblo y por culpa suya, Chávez y Fidel que ya habían muerto, resucitaron y redivivos gobiernan en el monstruo del “castrochavismo”. Es decir: se ha logrado el fin buscado: colonizar la mente de millones en  mundo entero que hicieron suyo el mensaje diseñado para ellos, para su ignorancia. Ayunas esas pobres gentes, que todo es producto de una estrategia trazada y dirigida desde los laboratorios de guerra sicológica del poder dominante en la metrópoli, que impone su pensamiento a las naciones periféricas funcionales y serviles  al sistema capitalista. Estrategia cuyo fin es crear  una “conciencia universal” sobre las aflicciones sin par del pueblo venezolano, frente a las cuales “la comunidad internacional” –o sea ese mismo pretendido poder hegemónico-, no tiene otra opción que la de  intervenir. Intervención rigurosamente humanitaria desde luego, para liberar al sufrido pueblo e implantar la democracia. Como en Irak, como en Afganistán, como en  Siria, Libia y Yemen.

La verdad es que el Manual de campo de contrainsurgencia 3-24 del Pentágono, trae y contiene todos los elementos que permiten comprender el origen y razón de ser de la abrumadora escalada mediática y de los gobiernos e instituciones dependientes de los Estados Unidos, contra el gobierno de Nicolás Maduro como heredero y continuador de la revolución nacionalista y patriótica del presidente Hugo Chávez. Allí, en ese Manual, sin tapujos, en primer lugar y como principio indiscutible legitimador de su contenido agresivo, expansionista y despectivo de la juridicidad internacional, está la  declaración del derecho que tienen los Estado Unidos de intervenir en “cualquier oscuro rincón del mundo”, donde sus “intereses vitales” estén en riesgo.


Y, ¿qué mayores “intereses vitales” de los Estados Unidos que el petróleo y el gas de Venezuela, su prestigio y ascendiente en la OPEP, y lo más grave quizás, la “desestabilización” que la revolución de los presidentes Chávez y Maduro produjo en la geopolítica no sólo de su “patio trasero”, sino del  mundo, la cual había sido morosamente construida y con esfuerzo mantenida por dicha nación en sintonía con sus intereses? O si no, repárese en la recíproca amistad y solidaridad de Venezuela con Irán, China, Rusia, Cuba y Palestina entre otras, naciones a las que Estados Unidos o tiene por francas enemigas, o considera sus competidoras en su designio manifiesto de controlar militarmente territorios y mercados a lo ancho y largo del planeta. Considérese además la influencia de Venezuela con la correlativa pérdida de la norteamericana sobre un grupo de países y América Latina antes sumisos a los EE.UU, gracias a instituciones como el ALBA, el Banco del Sur, el CELAC, Telesur y  Petrocaribe.

Ese mismo Manual 3-24 habla también sin reato del derecho de los Estados Unidos a imponer gobiernos dóciles en los países que no lo sean, a mantener ejércitos de ocupación, colocar gobernantes títeres, formar fuerzas armadas leales a sus intereses, y  crear y sostener instituciones nacionales en los países invadidos. Llamados no así, sino con todo el cinismo, “países huéspedes”.   Y para los efectos de esta columna, lo importante de ese vital documento –hecho público por la Universidad de Chicago en julio de 2007 en edición de bolsillo-, es que él trae como una de sus estrategias fundamentales para el control del mundo, la lucha ideológica en el campo de la información. Es la llamada “batalla de la narrativa”. Y sienta su postulados: la difusión e imposición mediática de lo que pasa o pasó, es mucho, muchísimo más importante, que lo que verdaderamente pasa o pasó. Ello es lo que cuenta al final del día. No si Maduro es presiente legítimo o no, no si Venezuela es democracia o no, no si el gobierno asesina o por el contrario asiste en techo,  salud y alimentación a la población, sino la impresión negativa que se imponga sobre cada uno de esos tópicos.


Esa estrategia tuvo su bautizo de fuego inaugural en las invasiones a Irak y a Afganistán, en donde su implementación exigió la innegociable prohibición de la presencia de medios de prensa que no fueran de los Estados Unidos, contratados y/o bajo las órdenes de sus tropas. Lo que el mundo sabría de la sangrienta invasión a Irak, no sería lo que estaba ocurriendo, sino la narrativa heroica y piadosa que de ello se hiciera. ¡Y cómo fueron dóciles a ello los medios del mundo! Y bautizo de fuego no es una metáfora. Tres periodistas independientes, entre ellos José Couso fueron asesinados por las tropas invasoras estando no en el campo de las operaciones,  sino en un hotel internacional de Bagdad.

Es una narrativa que pareciera querer remplazar en el imaginario colectivo vulgarizándolos, los relatos de la historia que cuentan las hazañas de los héroes que hicieron la gesta de la independencia americana. Se utiliza  para formatear la mente y la voluntad de millones de incautos, haciéndolas funcionales al interés político, militar y económico de la potencia que contra los mandatos de la Historia,  porfía en ser la hegemónica en el mundo. Entonces vemos con desconcierto cómo en el caso de Venezuela tal impostura se realiza. Los nuevos héroes y las grandes hazañas no son ya las de Francisco de Miranda y Antonio José de Sucre, sino las de los altos representantes  de la gran burguesía desde siempre usufructuaria de ese modelo de corrupción  que fue el Pacto de Punto Fijo al que puso fin la gesta de Hugo Chávez. No son ahora los íconos a seguir los  Pedro Camejo, los José Félix Ribas, los Jacinto Lara ni las Ana María Campos y Juana Ramírez que desde el Panteón Nacional  contemplarán adoloridos lo que ocurre en su patria, sino los fletados aprendices de terroristas que portando sofisticadas máscaras y cascos y dotados de armas letales, sirven al interés extranjero de propiciar un golpe de estado que reviva el puntofijismo donde adecos y copeyanos vuelvan a ser los señores de la renta petrolera.

Todos los días los medios al unísono, abren sus parrillas  y con voces consternadas y la exaltación propia de una corresponsalía de guerra, exaltan como nuevo héroe al joven mercenario que recibió un disparo mortal cuando intentaba lanzar una granada contra una guarnición militar. Se ensalza igual al otro que murió cuando le explotó en el pecho el explosivo que iba a lanzar contra una guardería infantil. Se encomia a la turbamulta que apuñala y quema vivo a un muchacho apenas partidario del gobierno que pasaba por esas calles. Se enaltece y da legitimidad a la acción de masas ignaras que aupadas por cabecillas pagos, linchan y asesinan a autoridades y civiles inclusive a veces indiscriminadamente como en el caso de las llamadas “güarimbas”.

En los Estados Unidos, matar negros en una entretención policial absolutamente impune como lo saben bien éstos y sobre todo los deudos. En España, hay cantautores y artistas, presos y condenados por una proclama, la letra de una canción, o un buen chiste sobre la muerte de Carrero Blanco ocurrida hace cuarenta años. Pero los gobiernos de Estados Unidos, Colombia y España exigen, so pena de considerarlo ilegítimo y dictatorial,  que el gobierno de Venezuela no use las armas contra los delincuentes que armados y mediante medios auténticamente terroristas –granadas, bombas incendiarias, linchamientos y disparos contra autoridades e instalaciones oficiales-, en el marco de sus bien urdidas “protestas pacíficas”- intentan derrocarlo, propósito abiertamente proclamado. Falta ver cómo tratarían los gobiernos de Estados Unidos y de España a los opositores que mataran oficiales de policía e incendiaran dependencias públicas. Y en Colombia sí que sabemos lo que es la fuerza pública disparar arteramente “en ejercicio legítimo de la fuerza y en defensa del orden público”, contra  pacíficos manifestantes campesinos, indígenas y estudiantes, que sin pretensiones insurreccionales y  con la única arma de  sus gargantas y  puños en alto, reclaman sus derechos. Sin que a los medios eso les produzca la menor indignación.

Así, el pecado de Venezuela, de su gobierno cuyo talante democrático ha sido tantas veces validado por elecciones libres y abiertas, es tras el ideario de los más grandes los padres Bolívar y Martí,  salirse de esa opresiva tutela  que contra toda la legislación internacional desde la Declaración de Derechos de la Asamblea Francesa y más atrás aún los Estados Unidos ejercen sobre las naciones del mundo –las que carecen de poder nuclear al menos-, so pena de hacerlas parte de un tal “eje del mal”, o ser tachada de “estado fallido” o “patrocinador del terrorismo”, con el consiguiente tratamiento punitivo que como autodesignados policías del mundo tienen derecho a imponer.

Cuando en Colombia sintonizamos las cadenas de radio y televisión RCN y Caracol, y leemos los diarios El Tiempo o El Espectador, vemos cómo curiosamente la “información” sobre Venezuela es idéntica  a la de los medios de México, Perú, Argentina, España y los Estados Unidos entre otros. No es información, ni es nacional, ni se origina en las salas de redacción de esos medios. Tampoco es expresión de la manoseada libertad de prensa, ni obra de acuciosos reporteros buscadores de la verdad. No. Viene ya trazada desde el Manual de Contrainsurgencia 3-24, originada en Washington con destino a los dóciles informativos locales cuya mira la tienen puesta en la pauta publicitaria  y en  el acceso al mercado, corresponsalías y coproducciones norteamericanas. Además de, de por sí, estar ya  enlazados a ese poder central al ser esos medios propiedad de conglomerados empresariales estrechamente vinculados con el capital financiero que cotiza  en Wall Street, y tiene sus salas de redacción en el Pentágono.

Alianza de Medios por la Paz