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No a la manera del héroe de  la obra de Mijaíl Lérmontov de 1839 donde tomamos el título y que representaba los vicios de su siglo, sino a la de esos seres superiores que remontándose por sobre obstáculos abismales  realizan pasmosas hazañas  que obliga a la Historia a consagrarlas. Ello, generalmente en el marco de contiendas bélicas.

Es lo que acaba de ocurrir con Ahed Tamimi la adolescente palestina de 16 años cuando  empujó, pateó y abofeteó a dos soldados israelíes que acababan de disparar sobre un primo suyo y orondos continuaban paseándose por las inmediaciones de su casa. Veamos algo de los  antecedentes y contexto de una acción considerada una  proeza en buena parte del mundo, expectante hoy del juicio que por ella afronta.
 
Declaraciones Universales, Pactos, Protocolos y Consejos de Derechos Humanos  todos a una pregonan y declaman con ardentía -en una docena de  idiomas tuvieron el comedimiento de hacerlo-, que los hombres son y nacen iguales, tienen los mismos sagrados e  inalienables derechos, y que dentro de estos hay algunos que por ningún motivo le pueden ser conculcados como el de la vida, la libertad, a no ser encarcelado sin orden judicial legítima y por razones consagradas en la ley, a un juicio justo y  garantista ante juez imparcial, a no ser sometido a torturas, tratos crueles inhumanos o degradantes, y a tener una  patria y un suelo donde vivir, salir y regresar cuando lo desee. Naturalmente, el derecho a no ser sometido a esclavitud ni aún bajo el nombre más aséptico que el esclavista de a su crimen, como a que ningún miembro de la familia humana sea discriminado por motivos étnicos, ideológicos, de religión o de origen. Tienen inclusive esas tantas Declaraciones y Protocolos, la finura de enaltecer sus contenidos –por si hiciera falta-, dándoles un leiv motiv un tanto metafísico: en últimas, de lo que se trata es de que todos los seres tienen el derecho de buscar y alcanzar la felicidad.
 
Ni qué decir tienen tantas lindezas. Sólo que, su consagración deviene farsa y sus legisladores y organismos encargadas de  aplicarlas –construcciones un tanto arbitrarias pero en todo caso representantes de los estamentos  que gobiernan el mundo- se revelan hipócritas, cuando todos a una, a esas solemnísimas proclamaciones protestadas como hitos en la evolución del espíritu humano, parecieran añadirle una apostilla vergonzante y por lo mismo no escrita, pero como si tal, cual grabada en bronce: todo ello será cierto, serán cosas  sabias, pero con una salvedad: no para  el pueblo y patria palestinas.

Esa es la verdad burda y grotesca. Tanto más, en un mundo asomado al tercer milenio que se precia de haber alcanzado altas cimas en la evolución del género, y con ella casi superado antiguas formas de gobernar  y relacionarse  las naciones que se miran con rubor: la esclavitud, el militarismo,  el colonialismo, el racismo el imperialismo. Sí; todo muy cierto y muy sabio….  pero con la excepción cierta y vergonzosa del pueblo y la patria palestinas.

Si los judíos invocan el holocausto no como un hecho superado del milenio pasado sino como uno que hoy perviviría y por el cual reclaman tributo al mundo todo, los palestinos, ellos sí con más justicia por tratarse ser una opresión que padecen desde   hace setenta años, tienen también su holocausto. A manos de judíos sionistas. Y lo conmemoran desde aquél 15 de mayo de 1948 día siguiente de la declaración de independencia del estado de Israel hecha  con base en la Resolución 181 del 29 de noviembre de 1947 de la Asamblea General de las Naciones Unidas que recomendó la partición de Palestina y la conformación de un estado judío, uno árabe y una zona internacional. Resolución que jamás tuvo aplicación, pero con base en la cual las milicias sionistas constituyeron su estado, masacrando, despojando y desplazando las poblaciones, los territorios  y los bienes materiales y culturales que habrían de constituir el  estado “árabe”, al igual que apropiándose de la zona que habría de quedar bajo control internacional. Situación que desde ese mismo día afianzan a punta de brutalidad militar y total desprecio por los reproches de los organismos que rigen la legalidad internacional.

Es la conmemoración de la Nakba o Catástrofe, que  en el territorio de Palestina y en el mundo a donde este pueblo fue dispersado, recuerda y fija en las generaciones posteriores cómo a partir de ese día y con aquella declaración se oficializó e hizo abierta esa política criminal  que ya  antes era la de los grupos sionistas que  empezaron a disputarle el territorio a los palestinos allí enraizados por milenios. Una “limpieza étnica”, que cambiaría la composición demográfica y cultural, con lo cual los usurpadores que abanderaban el proyecto de un estado propio – racista, supremacista y excluyente-, podrían alegar legitimidad para lo que desde siempre -antes de la declaración de nacimiento de su estado-, pretendieron y  a la postre lograron: la constitución en el territorio de los palestinos de un solo estado, el de Israel, ya que palestinos allí no había. La Nakba conmemora eso: la ocupación de su tierra, el asesinato de sus hermanos, el despojo de sus bienes y la expulsión de la mayoría. Y el remanente ya que era imposible no quedara ninguno, asentados en Gaza y Cisjordania, sería convertido en el campo de concentración a cielo abierto más grande del mundo. Bajo régimen militar israelí; un brutal Apartheid.

Así, entre septiembre de 1947 y noviembre de 1948, las fuerzas que constituían  lo que habría de ser el estado de Israel, destruyeron más de 500 poblados palestinos  y expulsaron a alrededor de 800.000 pobladores que se refugiaron en  campamentos en Egipto, Siria, Líbano, Jordania, Gaza y Cisjordania. La llamada diáspora palestina. 

En sólo el mes de junio de 1948, la dirigencia sionista encabezada por David Ben Gurión, Yitzhak Rabin, Yigal Alon y Yosef Weitz, que abiertamente reivindicaba el terrorismo como instrumento legítimo –aún contra las autoridades de Inglaterra que regía un protectorado internacional en la región-, en desarrollo del “Plan Dalet” y su “limpieza étnica” que permitiera reclamar  ese territorio como “el estado nación exclusivo del pueblo judío”, fueron destruidos los poblados de Al-Maghar, Bayt Dajan, Fajja, Biyar Adas, Buteimat y Sumeiriya, pasando a cuchillo a miles de sus habitantes sin reparar naturalmente en que se tratara de  ancianos, mujeres o niños. Los no masacrados fueron expulsados.

Y como la historia es lo suficientemente infame como para que un pueblo o nación pueda no avergonzarse de ella, Israel ha emprendido una reescritura de ella  no sólo en los textos de formación de sus estudiantes, sino en una agresiva campaña  internacional de legitimación de su origen y existencia, y en contra del derecho de sus ancestrales milenarios pobladores: los árabes y los palestinos. Según la nueva  lectura, éstos abandonaron voluntariamente sus propiedades reconociendo el derecho tres veces milenario de los judíos –también allí ancestralmente asentados cosa cierta-,  a esa geografía como pueblo  elegido de Dios para desde ella gobernar la tierra según lo consagra el Antiguo Testamento.
 

Por la anterior deformación de la historia, por ese “abandono voluntario de sus tierras” que hicieron árabes y palestinos según la impostura de la  nueva narrativa de la entidad sionista –no debería ser llamado Estado por cuanto se constituyó contrariando la misma legislación que le dio origen- es por lo que no existió ni existiría la tal diáspora ni el éxodo palestino.

Razón ésa entonces, por la cual Israel considera que  los cientos de  Resoluciones de las Naciones Unidas reprobando sus abusos y violencias como la 194 de 1948 de la Asamblea General disponiendo el regreso a sus tierras de los palestinos expulsados y la indemnización de quienes opten por no hacerlo, la 242 de noviembre de 1967 del Consejo de Seguridad exigiendo la retirada del ejército israelí de los territorios ocupados durante la llamada “guerra de los seis días”, resolución base inexorable de cualquier “negociación” de paz en el Medio Oriente y por lo cual Israel ha hecho de ellas un burlesco distractivo durante 50 años, la 338 también del Consejo de Seguridad de octubre de 1973 durante la guerra del Yom Kippur que reitera la validez de la 242 y dispone que sobre la base de ella se comiencen negociaciones de paz, y la Resolución 2334 de 2016 igualmente del C de S que reafirmó lo ya en  numerosas dispuesto, que “el establecimiento de asentamientos por parte de Israel en el territorio palestino ocupado desde 1967, incluida Jerusalén Oriental no tiene validez  legal” y expresa que ellos  ponen en peligro una solución bilateral basada en las fronteras de 1967”, esos cientos de Resoluciones de la ONU repetimos, considera Israel no lo vinculan ni conciernen para nada.

Una conducta como la dicha significa hacer  irrisión del derecho internacional sin cuyo imperio se  dice, volveríamos a la prehistoria de la civilización con la brutalidad como argumento suficiente  para la opresión del más fuerte sobre el débil. Otra nación que tuviera una conducta tal,  sería unánimemente proscrita como “Estado canalla”.

Y esta larga tragedia tiene cimas de perversidad y de heroísmo.  Las primeras, las incontables ocasiones en las que el ejército israelí asesina a cientos de niños y miles de civiles inermes, nunca en situación que pueda ser calificada de combates o siquiera de enfrentamientos, como la masacre  de Sabra y Chatila en 1982 en Beirut por parte de milicias “cristianas” libanesas pero patrocinadas y encubiertas por Ariel Sharon quien controlaba militarmente la zona, la operación “Pilar Defensivo” en el 2012, o la “Margen Protector” en Julio del 2014 ambas contra Gaza, esta última con 11.500 heridos y 2.310 civiles muertos, de los cuales 526 eran niños.

No repararon ni les importó a los regentes del estado  que  justifica esos crímenes  en su derecho a la seguridad y la libertad,  la sentencia del famoso intelectual  judío Isaiah Berlin quien tanto escribió sobre la libertad: “La libertad para los lobos a menudo ha significado la muerte de las ovejas”.

Y las segundas, esas cimas de heroísmo, cuando vemos a niños y adolescentes enfrentando con piedras los tanques blindados que arrasan sus moradas, en respuesta de lo cual reciben un disparo en la cabeza, o los retienen y a modo de escarmiento les fracturan los brazos a garrote, o en el más benigno de los casos, los llevan presos a Israel donde  tribunales militares los condenan a muchos años de prisión. Sí. Niños. Un promedio de setecientos capturados por año desde el 2012. El mundo guarda silencio, en tanto se conmueve y hace noticia mundial del nacimiento de un oso de anteojos en algún zoológico.

Mohamed Tamimi primo de Ahed

Y hablando de esos raptos deslumbrantes  en una confrontación tan cruel y desigual, este final de 2017 sorprendió al mundo con uno asombroso. Una adolescente palestina de 16 años, Ahed Tamimi de la aldea de Nabi Saleh donde la ocupación ha sido particularmente brutal y quien desde niña es reconocida  activista   por la libertad de su pueblo, lucha en la cual ha visto caer a hermanos, familiares y muchos coterráneos, el 15 de diciembre vio cómo un soldado israelí disparaba a quemarropa sobre el rostro de su primo Mohamed Tamimi de quince años causándole graves destrozos. Ahed acompañada de una amiga, siguió a los soldados que cometieron el hecho, y por largo tiempo los increpó con insultos y empellones  haciendo por expulsarlos de su vecindario. Los soldados no le dispararon  como es lo usual, porque una tercera grababa la escena. Por último, Ahed, en un acto sin antecedente documentado en los más de setenta años de resistencia, hizo algo suicida: se le fue encima al soldado y lo abofeteó repetidamente.

Las bofetadas más sonoras del mundo. Las más impactantes en la lucha de un pueblo por sobrevivir, como que han sido consideradas por Israel el crimen más grave  que se haya cometido contra el honor de su ejército y de la entidad sionista como un todo. 

Ibrahim Abu Thurayya activista palestino asesinado

Cinco días después, el 20 de diciembre  de 2017 tropas ocupantes asaltaron la casa de Ahed  y se la llevaron presa. Enfrenta en un tribunal militar doce cargos criminales al cual más de graves. Se sospecha que ha sido víctima de torturas, humillaciones y maltratos, y se teme que la sentencia sea de largos años de prisión. Pese a su juventud, Ahed ya había intervenido ante el parlamento Europeo denunciando la servidumbre que padece su pueblo. Su madre, así como varios familiares también están encarcelados y enfrentan similar situación. Fuera del disparo contra su primo, ese mismo quince de diciembre los soldados ultimaron al activista Ibrahim Abu Thurayya a quien en 2008 colonos judíos habían dejado sin piernas desde la cadera. El año anterior también habían acribillado a un hermano suyo, y estando ya  detenida, apenas despuntando este 2018, mataron a su primo  Mussa¬ Ab Tamimi en el mismo vecindario.

Ante tanta injuria, no hay que ser creyente sino creer en la verdad de la Historia y del destino libertario de la Humanidad, para sentir una estremecedora esperanza con la admonitoria sentencia de uno de los Padres Fundadores de la nación norteamericana Thomas Jefferson:

“Temblé por mi pueblo cuando comprendí que Dios es justo. Y que su justicia no puede dormir para siempre”. #FreeAhedTamimi #FreePalestine

Bogotá, Colombia, Enero 22  de 2018
Alianza de Medios por la Paz
@koskita