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(Extractos) No deberían faltar en su cumpleaños 65 las llaneras que tanto y tan bien él cantaba. Porque Hugo Chávez fue hasta el último día un hombre alegre, que no dejó de sentir y proyectarse con la sencillez del nieto de Rosa Inés, cocinera de los dulces (…) que Huguito vendía en su natal Sabaneta de Barinas, en lo que fue tal vez su primer contacto con las cosas duras de la vida.



Pero Hugo Chávez fue también el adolescente políticamente inquieto y por eso lector, junto con su hermano mayor Adán, de los primeros textos que le acercaron a las explicaciones teóricas de por qué un niño tendría que vender dulces en las calles; y, después, el joven cadete que navegó y emergió casi sabio de las ideas del Libertador: esos principios que lo formaron, de manera autodidacta, como el gran bolivariano que desbrozó destinos más halagüeños para Venezuela, y mostró a las naciones vecinas de Latinoamérica que era posible transitarlos.

Fueron posiblemente esas facultades las que le propiciaron emerger como un líder nato. Ambas lo hicieron, además, un líder singular: su capacidad para padecer y por tanto entender el sentir de su pueblo; y el dirigente revolucionario que fue bordando casi sobre la marcha, luego de que llegó al Palacio de Miraflores, un proyecto y una ejecutoria que algunos denominan ya, teóricamente hablando, como chavismo.

Por eso, en el aniversario 65 de su nacimiento tienen que estar aquellos cantos, pero también reflexión; porque el chavismo no solo es práctica viva en Venezuela, sino experiencia que tal vez sea posible o hasta menester perfeccionar; o adaptar a los contextos nacionales propios por aquellos movimientos revolucionarios que lo tomen como espejo inspirador.

Y en medio del descalabro que las derechas regionales y extracontinentales se empeñan en materializar en América Latina, no solo es obligación defender ese proyecto como decisión nacional, y derecho soberano de las mayorías de Venezuela que lo han escogido. También es preciso aprehenderlo… Para que la gesta de Chávez nunca sea estéril; ni en el otro mundo él pueda jamás repetir que aró en el mar: aquella frase de Simón Bolívar que dolía tanto a su discípulo.

Los latinoamericanos todavía debemos estudiar y aprender del chavismo. Y que la ejecutoria de Hugo, bajo su impronta, siga siendo útil al Sur oprimido.

Modelo autóctono.

Tras una mirada casi profana, pues está alejada del examen docto de los investigadores, lo primero descollante del proceso bolivariano es su «toma del poder» mediante las urnas, irrupción de un modelo que fue bautizado entonces como Revolución pacífica y ahora sigue buscando la paz, amenazada por sus enemigos.

No se llegó al poder mediante la lucha armada, como lo hicieron las revoluciones cubana en 1959, y 20 años después, la sandinista. Tampoco se hablaba todavía en Venezuela de Socialismo del siglo XXI como alternativa única a la depredación del modelo neoliberal.

El emprendido por Chávez a partir del triunfo electoral de 1998 era el primer modelo de cambios en Latinoamérica que se instauraba usando los mismos resortes de la democracia burguesa para, desde el poder gubernamental, cambiarla, refundando el país mediante una Asamblea Constituyente y nuevas leyes que borraran lo que Hugo Chávez llamó «la IV República».

Al propio tiempo se organizaba, fortalecía y extendía, abajo, el poder popular, base sine qua non para todas las revoluciones.

Otra característica singular fue la ausencia, entonces, de un sólido partido político que lo apoyara.

El Movimiento V República que le respaldó en el padrón electoral era de nueva formación, y se había nutrido de soldados honestos como él y pueblo casi de forma clandestina, mientras el entonces teniente Chávez cumplía la pena de prisión a que se le había condenado luego del levantamiento cívico-militar del 4 de febrero de 1992: la acción que lo dio a conocer en medio de una población apabullada por el escarnio neoliberal, y que todavía tenía frescas las imágenes de muerte propiciadas por la represión que siguió a las manifestaciones populares conocidas como El Caracazo (…)

En otros casos, las fuerzas de izquierda en el Gobierno, además, emprendieron el camino a partir de una nueva institucionalidad nacida también de asambleas constituyentes, como ocurrió con Evo y el MAS en Bolivia (2006) y con Rafael Correa y el Movimiento Alianza PAIS en Ecuador (diciembre de 2005).

Se dio, sin embargo, en Venezuela, una simbiosis única, que constituye, todavía hoy, una fuerza trascendental. Posiblemente, la más importante para enfrentar el asedio de que el proyecto es objeto. Hablo de la unión cívico-militar, resultado de una Fuerza Armada Nacional Bolivariana fundada por Chávez con soldados nacidos del pueblo y, como él, militares honestos, fieles a la Revolución, en conjunción con las masas bolivarianas.

En Venezuela, y en todas partes, las izquierdas en el Gobierno han debido lidiar con los históricos dueños del poder económico, que se mantienen en su sitio y tratan de salvaguardar sus intereses de clase en alianza con la derecha política y el capital transnacional, como si fueran otro partido, y ponen en bandeja de plata a Washington la práctica ilegal de su injerencia.

A la teoría, desde la praxis.

Ya el notable escritor, periodista y politólogo Ignacio Ramonet, entrevistador en varias ocasiones del Presidente Hugo Chávez, ha dedicado un enjundioso artículo a analizar y sistematizar el proyecto chavista porque (explicaba el autor en marzo de 2018 bajo el título ¿Qué es el chavismo?) «aunque es cierto que el chavismo se practica desde hace más de 15 años y que se hace con plena naturalidad, llega un momento en que, de la praxis debemos necesariamente pasar a la teoría.

Y pasar a la teoría en ciencia política supone que, a partir de una experiencia concreta, mediante el análisis, seamos capaces de deducir la ecuación objetiva que podrá volver universal esa práctica…».

Retomo algunas características del chavismo señaladas en su exhaustiva disertación escrita, que es imposible abarcar aquí y debiera ser enfocada también por otros estudiosos:

«(…) la refundación de Venezuela, que es la base misma del chavismo. Porque en el núcleo duro de la filosofía chavista nos encontramos con la recuperación del concepto de nación, y la restauración y la defensa del orgullo nacional.

«Chávez inventa para Venezuela y América Latina lo que podríamos llamar una “política de la liberación”, como decimos que existe una «teología de la liberación». Con una opción preferencial por el pueblo, los pobres y los humildes. Con su excepcional capacidad de pedagogía política, Chávez impulsa una politización popular masiva y conceptualiza una política de la liberación del pueblo en la que el pueblo, dotado de conciencia política, es autor de su propio destino.

«(…) Ser chavista es ser bolivariano como opción de vida porque significa ser antimperialista, anticolonialista, y verdaderamente republicano. Significa también ser zamorano y ser robinsoniano. O sea, es acercarse al pensamiento político de los fundadores de la República (…) Ser chavista es también ser profundamente cristiano.

«(…) El chavismo constituye una vía política latinoamericana innovadora que se libera y se emancipa de la eterna tutela conceptual europea. Una política que, por primera vez, es original, fuente, manantial, y no espejo o copia de lo que se ha hecho en otros continentes, en otras culturas.

«En ese sentido también, el chavismo es una opción revolucionaria.

«(…) El chavismo no solo es una doctrina política original sino que es la historia vivida y el pensamiento de un hombre excepcional que ha marcado la sociedad venezolana hasta sus más profundas estructuras».

Fuente:
http://www.juventudrebelde.cu/internacionales/2019-07-27/todavia-hay-que-aprender-de-chavez