La diputada comunista, quien hasta el 22 de noviembre pasado fue la jefa comunicacional del comando de Alejandro Guillier, realizó un balance del abultado resultado de este domingo. Asegura que la centroizquierda no fue capaz de convocar, criticó a los sectores de la Nueva Mayoría que retrasaron las reformas de Bachelet e instó al Frente Amplio a trabajar juntos como oposición: “El FA por sí solo, o la NM por sí sola, no pueden recuperar la posibilidad de instaurar un gobierno progresista”.

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Alguien sostuvo alguna vez que para el norteamericano medio el mundo termina en los confines de su condado. Eso explica el porqué de la absurda política internacional del presidente Donald Trump, como dar a Jerusalén el reconocimiento de capital de Israel, y ordenar al Departamento de Estado que inicie el proceso para trasladar la embajada de EEUU de Tel Aviv a esa ciudad, algo que satisface al gobierno del Primer Ministro Netanyahu, afectado por escándalos de corrupción; a los 50 millones de evangelistas radicales, que piensan que así se acelera la tan esperada parusía; a la poderosa AIPAC, urdimbre de instituciones judías y millonarios que operan en el mundo en favor del sionismo, de Israel y del Nuevo Orden Mundial, la misma que podría salvar a Trump de que sus enemigos, tanto demócratas como republicanos, lo arrojen del poder, y pare de contar.

A Trump no le importan los muertos, los heridos y los contusos que habrá como consecuencia de los enfrentamientos que se darán entre los manifestantes Palestinos y los órganos represivos de Israel; ni la condena unánime del Consejo de Seguridad de la ONU a su decisión sobre Jerusalén; ni las multitudinarias protestas que habrá en el mundo árabe y musulmán; ni que se incremente la violencia en el Medio Oriente; ni que la Liga Árabe opine que su decisión es una “violación peligrosa del derecho internacional, equivalente a legalizar la ocupación israelí de Palestina”, y llame “a la comunidad internacional a reconocer al Estado palestino dentro de las fronteras establecidas el 4 de junio del 1967, y su capital en Jerusalén Este”; ni que los países miembros de la Organización para la Cooperación Islámica reconozcan a Jerusalén como la capital de Palestina; ni que se “socave la confianza árabe” en EEUU al extremo de que el Presidente del Estado Palestino, Mahmud Abbás se niegue a reunir con el Vicepresidente Mike Pence y su Ministro de Relaciones Exteriores, Riyad al Maliki, declarase que los Palestinos no pueden aceptar más a EEUU como intermediario en el proceso de paz, porque ahora es “una parte en la disputa y no un mediador... que EEUU es un agresor del Pueblo Palestino y del derecho internacional”; ni que el Papa Francisco haga un llamamiento a respetar las resoluciones de la ONU.

Menos aún, le puede importar que Jerusalén, además de ser el centro espiritual de la religión judía, sea también igualmente sagrada para cristianos y musulmanes.

Esta ciudad santa tiene razones fundamentadas para ser considerada por las tres religiones monoteístas que predominan en el mundo la cuna de sus orígenes.

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Chile se enfrenta a una disyuntiva crucial: ratificar un modelo de país construido por la siniestra dictadura pinochetista, y el rumbo económico seguido durante décadas por una democracia de (muy) baja intensidad y que finalmente dio luz a una sociedad injusta, excluyente y de “manos libres”, para un capitalismo depredador como pocos; ó, en esa vital bifurcación histórica, comenzar a transitar por un camino alternativo pero que si a primera vista no parece muy diferente al anterior, encierra posibilidades extraordinarias que no existían desde 1973 y que chilenas y chilenos harían muy mal en desaprovechar.

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