Mujer
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Las mujeres indígenas, rebeldes, zapatistas, acompañadas de mujeres del Congreso Nacional Indígena han dado su palabra como protagonista de la Historia, cuando desde finales del 2017 iniciaron foros y reuniones multitudinarias en la zona de los altos de Chiapas-territorio zapatista.



María de Jesús Patricio, Marichuy, Vocera del Concejo Indígena de Gobierno (CIG),  ha manifestado su defensa del territorio nacional y de los recursos naturales amenazados o despojados por el gobierno y por empresas capitalistas en ocasión del inicio de su recorrido por todo el país como aspirante a la Presidencia de México. Fue elegida para contender como candidata independiente por el Congreso Nacional Indígena (CNI), a instancias del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

¡Una mujer indígena elegida para esta tarea! Este solo hecho, expresa una búsqueda de irrupción en un sistema político electoral, que es sexista y también racista.

Medio centenar de concejalas indígenas del CIG, venidas de distintos lugares del país, la acompañaban; con ella comparten el micrófono y el templete. En las bienvenidas, la conducción y los eventos culturales, solo participan niñas, muchachas y mujeres tseltales, tojolabales, tsotsiles, choles, mames y zoques. De igual manera, la voz de la comandancia militar del EZLN se hace escuchar solamente a través de sus comandantas: Everilda, Rosalinda, Miriam, Hortencia, Amada. «Por mi voz habla la voz del Ejército Zapatista de Liberación Nacional», se les escuchó decir al inicio de sus discursos.

«Llegó la hora de las mujeres», ha dicho la candidata indígena a la elección presidencial. Marichuy recorrió los cinco caracoles zapatistas —así se nombran las sedes administrativas en las que el EZLN ejerce un gobierno autónomo, al haber roto toda relación institucional y partidista para crear sus propios sistemas de educación, salud, justicia, gobierno y seguridad.

Esos cinco caracoles aglutinan una treintena de municipios autónomos, creados en 2003, dependiendo de la geografía étnica, agrupados principalmente por las lenguas habladas y que viven de su producción de maíz, café, y diversas microempresas productivas.

«El mundo es muy grande y cabemos todas y todos. Lo único que ya no cabe es el sistema capitalista porque ocupa todo y no nos deja respirar siquiera», ha dicho la Comandanta Hortencia y añadido: «el capitalismo no tiene llenadero, no le bastan las muertes, la destrucción, la miseria, la desolación. No, quiere más, más guerra, más muerte, más destrucción».

El pensamiento emancipador se ha encarnado en sus voces que, como indígenas, pobres y mujeres, denuncian la triple opresión que sufren.

Esta presencia protagónica y esperanzadora de mujeres indígenas refleja la actualidad de movimientos que emergen desde las márgenes para colocarse al centro de los procesos de transformación social clamando justicia. En este caso son reclamos de justicia de género apareados con la justicia económica, social y política. En estos procesos, constatamos el avance innovador de propuestas que no separan ni jerarquizan las demandas por los derechos de las mujeres de aquellas por los derechos de los pueblos explotados, pobres y originarios de estas tierras.

Marichuy, mujer nahua, aboga sobre todo «para ampliar y fortalecer la estructura organizativa de nuestras rabias y nuestros dolores» y porque se «permita la supervivencia de los pueblos originarios y la reconstrucción de un México despedazado por quienes tienen el poder».

«Llegó la hora de las mujeres» y «Es el tiempo de la voz de los pueblos», frases que se funden en la lucha que encabeza Marichuy.

Más allá de estas afirmaciones, ella nos muestra cómo se unen ambas ideas en prácticas concretas. Esta fusión de objetivos, tanto desde las mujeres zapatistas como desde las mujeres del CNI, requiere incursionar en otro nivel de análisis que responda a la siguiente pregunta: ¿cómo escapar de esa «colonización» instalada en las mentes y las formas de percibir y concebir el universo?

Como recientemente lo afirmó B. de Souza Santos, es imperativo acabar con este «imperio cognitivo» que prevalece hasta hoy. Los nuevos paradigmas emancipatorios, como emergen desde «abajo» y desde las mujeres, iluminan partes de este proceso de liberación, colocado ahora en las formas con las que «lo pensamos al mundo», como dicen los zapatistas.

Los movimientos de mujeres indígenas

Rescatar las tradiciones de lucha y emancipación desde las mujeres indígenas, desde «abajo y a la izquierda», implica mucho más que elaborar un análisis  utilizando las referencias y criterios epistemológicos establecidos.

Es crucial reinventar nuevas herramientas conceptuales que den cuenta de las formas específicas que cobra la opresión de género en contextos como el de las indígenas tsotsiles, mayas, kichuas, aymaras,  por ejemplo. Además, cabe plantear varias preguntas: ¿Qué puede aportar el saber producido por un movimiento indígena  en tanto teoría social crítica? ¿De qué manera el vínculo entre identidad/fusión comunitaria e identidad de género marca derroteros sobre un movimiento indígena? Esas preguntas invitan a poner a debate el lugar otorgado al género en las agendas políticas de los movimientos sociales que reivindican sus raigambres ancestrales.

Conjuntamente a la redacción de los documentos de la Primera Cumbre de Mujeres Indígenas de América (Memoria, 2003), las mujeres indígenas organizadas produjeron colectivamente un documento intitulado «Género desde la visión de las mujeres indígenas». El análisis de este documento ?como de otro intitulado «El empoderamiento para garantizar la plena, activa y propositiva participación de las mujeres indígenas»? da pautas para rastrear raíces filosóficas culturales ancestrales a la vez que para revisar las re-conceptualizaciones y resignificaciones de ciertos términos feministas que las mujeres indígenas van haciendo. Es un proceso de intercambio pero sobre todo de apropiaciones filosóficas multidimensionales (Marcos, 2009 b).

La afirmación arrogante de la superioridad de unas formas de conocer sobre otras ?y ya no sólo de una raza sobre otra, prevaleciente desde la conquista y la colonización de México? está implícita en el «borramiento epistémico y político» (Mignolo, 2003) de las formas locales de aprehender el mundo que perviven en las cosmovisiones: maya, en particular; y de las Américas, en general. En contraposición a estas pretensiones hegemónicas, el movimiento social y político más relevante de nuestro tiempo, el zapatismo, ha construido sus propuestas políticas, sus formas de autonomía y autogobierno, sus objetivos de lucha sobre una recreación de saberes ancestrales mesoamericanos. 

No es de extrañar que, justamente para el zapatismo, la inclusión de las mujeres y su participación equitativa en los puestos de autoridad, su capacidad de asumir responsabilidades en sus comunidades a la par con los varones y su exigencia de un trato digno y respetuoso hacia ellas sean la propuesta política zapatista, en el sentido de que no es «una más» entre prioridades organizadas jerárquicamente. «No sostenemos que la lucha por la tierra es prioritaria sobre la lucha de género»; señala el Subcomandante Marcos (2009, p.230).

 Desde una perspectiva social crítica, lo que emerge del zapatismo en sus prácticas políticas es un principio según el cual todos los énfasis son necesarios y están imbricados unos en otros, se interconectan y se yuxtaponen. No se organizan en pirámides jerárquicas ni tampoco en esquemas binarios, así se logran evadir los esquemas teóricos basados en las oposiciones centro y periferia o superior e inferior y otras clases de categorías polarizadas que subrepticiamente se reproducen influidas por tradiciones filosóficas occidentales dominantes. «Habría que desalambrar la teoría y hacerlo con la práctica» (Marcos, 2009, p.33).

Esta es la propuesta política que le da al zapatismo su color y su sabor; y se manifiesta como el meollo de una postura que caracteriza los «nuevos» movimientos sociales. Al irrumpir en la sociedad y en los imaginarios políticos de entonces, el zapatismo incluía en su primer boletín una Ley Revolucionaria de Mujeres que, en su parquedad, no deja resquicios para los machismos ni androcentrismos institucionales o cotidianos. A través de los años, esta ley ha sido retomada, enfatizada e implementada, con persistencia, para no desviar la atención y el esfuerzo colectivo de esa propuesta zapatista  por «otro mundo y otro camino» con las mujeres como eje. La gira de Marichuy en territorio zapatista demuestra con hechos el camino recorrido hasta hoy.

Feministas e indígenas

La propuesta zapatista es feminista y, sobre todo, una propuesta política. Las mujeres de «color» en los Estados Unidos habían elaborado terminologías, conceptos y demandas que hacían justicia a la particularidad de su opresión. De ahí emergió la teoría de las intersecciones que ha servido para ampliar, profundizar y distinguir los lineamientos de un feminismo de «color» entre las diásporas culturales dentro de los Estados Unidos. En los movimientos de mujeres indígenas en México, en América Latina y específicamente en el zapatismo, emergieron demandas y prácticas en parte convergentes, pero desde otras coordenadas que no son importaciones ni imitaciones del feminismo urbano del norte geopolítico ?mexicano o internacional? ni tampoco restauraciones estrictas de raigambres de cosmovisión ancestrales fundamentados en la dualidad femenino/masculina.

Algunas de sus coordenadas epistémicas son notables por sus particularidades forjadas desde los movimientos de mujeres indígenas. Son productos de una interacción dialógica y creativa entre múltiples influencias, herencias,  diferencias, contiendas y reclamos. Así es como se dan adentro del movimiento feminista, en permanente  creación y recreación. En las comunidades, las mujeres discuten, comparten, reformulan, combinan, cambian o usan estratégicamente los conceptos sociales sobre justicia y derechos de género y los términos con los que se habla de ellos. Están, además, en diálogo permanente con la comunidad internacional y los grupos de mujeres que las apoyan y las visitan.

La lucha de las mujeres indígenas busca incorporar a los varones. No se puede concebir como una lucha de mujeres contra o al margen de los hombres. Aunque se expresa como un reclamo y una rebeldía contra situaciones de dominación y sujeción de las mujeres, esa lucha existe a la par, es decir, que está subsumida en, y encapsulada por, la certeza cosmológica y filosófica de la complementariedad y conjunción con el varón, con la familia, con la comunidad, con el pueblo. Estas características relacionales formadas a través de interacciones sociales exigen que los varones participen también en la «liberación» de las mujeres; así como ellas participan en la liberación  de ellos en el colectivo. No existe un imaginario posible sin ellos al lado. Son una en dos y dos en el todo de la interconexión con los seres de la naturaleza y del cosmos.

Frecuentemente, las mujeres indígenas organizadas hablan del equilibro y de la armonía como el ideal de la relación entre varones y mujeres. El concepto de equilibrio está presente en sus declaraciones y, en los Documentos de la Cumbre de Mujeres Indígenas de América, aparece explícitamente elaborado.

Propone «a todos los pueblos indígenas y movimientos de mujeres indígenas una revisión de patrones culturales con capacidad de autocrítica, con el fin de propiciar unas relaciones de género basadas en el equilibrio». (Memoria, 2003, p.37). Las búsquedas de igualdad son interpretadas aquí en términos de búsqueda de equilibrio. Se entiende así la práctica del enfoque de género como una relación respetuosa, de balance, de equilibrio; lo que en Occidente seria equidad.

«Los extremos —señala la historiadora mesoamericanista Louise Burkhart— aunque no tenían que ser evitados completamente, si debían ser balanceados uno contra el otro» (1989, p.130). La fusión-tensión de contrarios en el universo cósmico era la medida y el medio para lograr el equilibrio. Un equilibro «homeoreico», fluido, concebido en desplazamiento continuo y que dista mucho  del concepto de «justo medio» estático de la filosofía clásica (Marcos, 1995).

Esta referencia epistémica tan presente en toda el área mesoamericana como ideal de bienestar en todos los ámbitos, inspira formas diversas de vivir la justicia de género en las relaciones entre mujeres y varones.

Reflexiones finales

La presencia de mujeres indígenas en las filas del EZLN contribuyó a legitimar la participación política e insurgente de las mujeres, no sólo en México, sino en el mundo entero. Aun sin que se lo propusieran explícitamente, fue una incitación a recobrar y reafirmar el sentido político amplio de las luchas de las mujeres. Hizo dar un salto a muchas organizaciones de mujeres hacia los esfuerzos en contra del sistema capitalista. Ayudó a deslindarse de aquel feminismo que solo ve la subordinación a los varones y deja de lado las múltiples subordinaciones cotidianas y rastreras que nos impone el capitalismo bárbaro y salvaje que destruye, no sólo al planeta, sino toda posibilidad de supervivencia humana en armonía y justicia. Es toda una crítica radical al racismo, al patriarcado y al capitalismo.

Termina este texto con las palabras de la Comandanta Hortensia: «Para acabar y destruir el sistema injusto es necesario unir fuerzas con nuestras hermanas amas de casa, doctoras, maestras, obreras, artistas, empleadas, estudiantes, científicas y las mujeres trabajadoras del campo y de la ciudad. Es la hora que las mujeres hagamos temblar al mundo y romper los muros y las cadenas de injusticias que nos tienen atadas durante siglos».

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