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Hay palabras que a fuerza del uso  abusivo que se hace de ellas en el  propósito de fijar en el imaginario colectivo la superioridad de ciertos estamentos y oficios capitales al sostén del statu quo,  se han devaluado al punto de que se convierten en un tópico sin relación con la realidad. Esas palabras entonces, pierden esa connotación primera que honraba a quien se las atribuía como poseedor de virtudes superiores no corrientes en el común de los mortales.



No son ya entonces los héroes lo que suponíamos y siempre se supuso eran,  ni remite hoy esa palabra a lo que desde las remotas mitologías aludía, demostraciones inauditas de valor, fuerza y sacrificio en aras de una alta y  noble causa. Ahora, en el entorno del poder y el mediático a su servicio, esa palabra se desdibujó penosamente atribuyéndola como propiedad exclusiva de los hombres que con las armas  defienden el régimen imperante. Así éste se soporte en una montaña de oprobios e injusticias. Penosamente, porque esa atribución se hace como en el argot jurídico, “de derecho”, sin excepción posible, ni considerar  que las hazañas que se encumbran tengan un parentesco más que cercano consustancial, con el crimen y el ansia de dinero su verdadera inspiración.

No sólo el vocablo héroe.  También la expresión “hombres de acero”, metáfora de aquel ser fuerte e invencible, además de  alcázar inexpugnable frente a los asechos de la concupiscencia, hoy sufre igual metamorfosis. Y como en ese caso, sin reparar en cuánto esa supuesta acerada condición se ha realizado y construido sobre la injuria del débil, la opresión del manso, el crimen del bueno….

Igual pasa con cristales y transparencias, términos aplicados no ya a personas y cuerpos estamentales, sino a un sistema político cuya guía y norte sería la probidad. Y en esa racionalidad, quien esté en contra de él  representa el vicio y es legítima su coerción. Es el argumento de todas las dictaduras, aún las “constitucionales” que también las hay. 

Y estas reflexiones tienes un nombre. De su memoria vienen y a su memoria van: Ricardo Palmera Pineda el comandante Simón Trinidad de las FARC-EP,  hombre de la burguesía si se quisiera -juicio que él no admite-,  gerente de banco, -sí de banco-, no rico pero sin apremios económicos, con prestigio social tanto por el hogar de origen como por su desempeño, en fin, sin los  mentirosos motivos del resentimiento social, la ignorancia y aún el desempleo que los validos del poder arrogan a quienes toman las armas como opción de lucha política. Un día este hombre, el economista Ricardo Palmera, dejó su corbata, sus estados financieros y los clubes sociales en donde debía cultivar como cuentacorrentistas a la clase media de Valledupar, se enfundó su camuflado y  enroló en las filas de las FARC-EP. Para estupor  de unos, indignación de otros y sorpresa de todos.

La decisión fue además de obviamente política -justicia para los que siendo los más valían menos-, rabiosamente ética, al constatar cómo era verdad aquella  sentencia de que la oligarquía colombiana era la más asesina del mundo. Nada gratuita esta íntima convicción de Ricardo que lo condujo a una decisión que lo  primero que implicaba era el sacrificio de su tranquilidad personal y de su vida familiar y profesional, si se considera que corrían los años ochenta del siglo pasado y ante la mirada entre sonriente y disimulada del gobierno nacional, se adelantaba una brutal carnicería de opositores políticos. Éstos,  representados en el joven movimiento de la Unión Patriótica que acababa de irrumpir en el escenario nacional logrando  un importante número de curules parlamentarias y cargos territoriales.

Miles de militantes de ese movimiento caían asesinados en los cuatro puntos cardinales en forma sistemática y con absoluta impunidad, aseguraba por  la inacción del gobierno nacional que se correspondía con la negación de  los hechos. Desde sus candidatos presidenciales, sus senadores y líderes nacionales, hasta las autoridades de los aislados territorios  donde la Unión Patriótica había logrado el poder regional. La indignación de Ricardo rebosó lo soportable cuando muchos de los caídos eran sus compañeros de militancia en la izquierda y amigos personales.

En las filas de las FARC Ricardo tomó el nombre de Simón Trinidad, inspirado y tras el ideario del más grande hombre que haya visto este continente, el padre libertador de cinco repúblicas Simón Bolívar. Y en la organización rebelde hizo el curso desde guerrillero raso hasta comandante, sin privilegios ni concesiones, afrontando el rigor de una guerra cruel como pocas o como ninguna no lo sabemos, pero sí que demasiado,  y no por nada: la ferocidad del enemigo oficial está abundantemente documentada en páginas que  avergüenzan a la humanidad.

Es decir, y para cerrar esta entre queja y elegía, las reflexiones  semánticas primeras sólo como excusa para exaltar a un hombre que sí héroe, sí de acero y sí con la transparencia del cristal, ese Simón Trinidad orgulloso nombre de guerra, alias para el enemigo que no reconoce dignidad en un hombre menos en un nombre. Ese Simón y ese Ricardo, ese Trinidad y  ese Palmera, preso desde el año 2003 y entregado a la potencia imperial por un mandatario a quien en vida  ya la historia fulminó. Ese Simón que en prisión supo del crimen de su compañera y de su hija adolescente, condenado a  pasar sesenta años en un centro de torturas no por poca cosa conocido en los Estados Unidos como el cementerio de los vivos, pero que para baldón de todos sus verdugos no ha resignado un ápice su moral revolucionaria.
 
Si Nelson Mandela es el gran héroe de la lucha contra el colonialismo blanco sobre el África negra, y si Oscar López el héroe independista portorriqueño que le “pagó” treinta y seis años de prisión al imperio es el Nelson Mandela de América, nuestro Ricardo Palmera Pineda  es el Mandela y el López de NuestrAmérica; la patria que soñó Bolívar en el Congreso Anfictiónico de Panamá, cuando sabio y profeta advirtió: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miseria en nombre de la libertad.

Gráfica pie de foto Ricardo Palmera (Simón Trinidad.)- Foto: Juan Carlos Sierra - Semana 

Alianza de Medios por la Paz

Bogotá, 18 de mayo de 1017