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En términos geopolíticos, “la paz en Colombia es la paz de Latinoamérica así como la guerra en Colombia coloca, de un modo u otro según los países, a todos ellos en guerra. De firmarse la paz y construirse sólidamente en los pasos venideros, que será una tarea para nada sencilla, se abren condiciones para lanzar una campaña continental de expulsión de las bases militares norteamericanas y de la OTAN en América Latina”, afirmó en entrevista para el portal convergenciaporlapaz.net, el destacado sociólogo y politólogo argentino Atilio Borón.



Al analizar las consecuencias que en el ámbito político tendrá el proceso de paz colombiano, este científico social, docente universitario y director del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales (PLED) del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” de la ciudad de Buenos Aires, considera que el reto que se impone para los sectores alternativos, de izquierda y del campo popular, es el de trabajar para “unificar en un frente lo más amplio posible a una variedad de fuerzas políticas en torno a ciertos ‘denominadores comunes’ dejando de lado diferencias y discrepancias en temas que no sean los esenciales en el momento actual”.

– Así como capitalismo y democracia son incompatibles, también “paz y neoliberalismo en Colombia son incompatibles”, afirmó usted en tono categórico en el IX Seminario Internacional Marx Vive que se realizó en Bogotá, en la Universidad Nacional, en marzo de este año. En consecuencia, ¿cuál cree que es el reto de los sectores alternativos y de izquierda de este país para evitar que la firma de la paz entre el gobierno de Santos y la insurgencia de las Farc no sea una “revolución pasiva” en términos gramscianos y la oligarquía colombiana termine neutralizando al adversario sin que haya avances en cuanto a la superación del criminal modelo neoliberal?

– No hay respuesta desde la teoría para esta pregunta. Que todo esto termine en una “revolución pasiva” dependerá de la inteligencia y la determinación con que la izquierda colombiana enfrente el desafío histórico de construir la paz. Para ello se impone unificar en un frente lo más amplio posible a una variedad de fuerzas políticas en torno a ciertos “denominadores comunes” dejando de lado diferencias y discrepancias en temas que no sean los esenciales en el momento actual. Lo que se busca con esta táctica es aislar a los enemigos de la paz y avanzar en la concreción de una nueva correlación de fuerzas que frustre las tentativas de los grupos y organizaciones que por largas décadas han sacado provecho del conflicto armado, especialmente aquellos que propiciaron el desplazamiento de grandes masas de campesinos y el robo de sus tierras para imponer un modelo de capitalismo agrario basado en la depredación medioambiental y la exclusión de las masas campesinas e indígenas. Creo que es importante que esta táctica se inscriba en una concepción estratégica más general que contemple una multiplicidad de iniciativas concretas con sectores populares de la ciudad que también son víctimas del modelo neoliberal.

Es evidente que el gobierno de Colombia no tiene intenciones de abandonar este modelo y que sólo admitirá modificarlo en la medida en que sus contradicciones pongan en entredicho la estabilidad global del sistema. Una adecuada organización del campo popular y un profundo trabajo de educación política son instrumentos imprescindibles para garantizar que la paz que eventualmente se firme no termine en el callejón sin salida de una “revolución pasiva” que deje lo esencial tal cual está, cuando de lo que se trata precisamente es de cambiarlo.

– En su libro “América Latina en la geopolítica del imperialismo”, usted no descarta la hipótesis de que “Colombia podría ser un país en el que EEUU instaló armamento nuclear”. ¿La firma de la paz constituye un mecanismo que podría influir a corto y mediano plazo para que Washington reduzca su control y dominio militar en territorio colombiano?

– Depende de cómo se vaya a construir esa paz. La firma es apenas el primer paso de una larga travesía. Washington ha estado monitoreando in situ esas negociaciones y hasta donde he podido saber el tema de las bases y su eventual retiro del territorio colombiano no figura en su agenda. Pero debe figurar, y en un lugar prominente, en la de los actores políticos colombianos, comenzando por el propio gobierno.

En momentos de profunda desarticulación violenta del sistema internacional tener bases norteamericanas en territorio colombiano implica involucrar al país en el amplio abanico de conflictos internacionales protagonizados por Washington. Sobre todo cuando existen fundadas sospechas de que en alguna de esas bases podría haber un arsenal nuclear, cosa que atraería la respuesta violenta de las múltiples organizaciones militares irregulares que se oponen -por razones que no siempre compartimos, como el fundamentalismo islámico- al imperialismo norteamericano y que podrían terminar por configurar en ese país un teatro de conflicto de incalculables proyecciones. En ese sentido, la presencia de tropas norteamericanas en Colombia remata en una ecuación política sumamente desfavorable, pues este país tiene mucho para perder y nada para ganar. De lo que ha trascendido hasta ahora es evidente que EEUU no tiene intenciones de retirar sus militares de Colombia y esto nada bueno augura para este país sudamericano.

– ¿En términos geopolíticos qué proyección tendrá en Latinoamérica la firma de la paz en Colombia?

– Muy importante porque, tal como lo he expresado en numerosas oportunidades, la paz en Colombia es la paz de Latinoamérica, así como la guerra en Colombia coloca, de un modo u otro según los países, a todos ellos en guerra. De firmarse la paz y construirse sólidamente en los pasos venideros, que será una tarea para nada sencilla, se abren condiciones para lanzar una campaña continental de expulsión de las bases militares norteamericanas y de la OTAN en América Latina. Un continente en donde haya desaparecido el conflicto armado más prolongado de nuestra historia ratifica sus credenciales para convertirse, seriamente, en una “zona de paz.” Sin la guerra nuestros países podrán gozar de mayores márgenes de libertad a la hora de decidir sobre su inserción en las procelosas aguas del sistema internacional. En el fondo, si triunfa la paz la soberanía popular se convierte en algo más que una expresión retórica y nuestros pueblos accederán a mejores condiciones para elegir libremente como integrarse al mundo, con cuáles aliados, con cuáles proyectos y, finalmente, dar un renovado impulso a la integración de América Latina, condición indispensable para que nuestros países no sean arrasados por la prepotencia imperial.

– “Sin modificación subjetiva, sin elaboración de la verdad de la situación total en la que participa el hombre, no hay revolución objetiva”, afirmaba su paisano, el destacado filósofo León Rozitchner. ¿Cuál debe ser el rol de los sectores alternativos y de izquierda en una Colombia sin conflicto armado para generar una nueva cultura política y hacia dónde debe apuntar esta “batalla de ideas”?

– Rozitchner retoma acertadamente la problemática leninista de la dialéctica entre las condiciones subjetivas y objetivas para la revolución. Si hay una paradoja en la Latinoamérica actual es la siguiente: las condiciones objetivas para la revolución están más presentes que nunca antes: inéditos niveles de concentración de la riqueza y polarización económica; feroz depredación medioambiental; vaciamiento de las instituciones democráticas; reiterada frustración de los modelos de crecimiento económico; desindustrialización y reprimarización de nuestras economías y agudización de la dependencia externa, entre tantas otras cosas.

Sin embargo, la industria cultural norteamericana se ha anotado un éxito notable al avanzar impetuosamente en el terreno de las subjetividades promoviendo la calculada despolitización de la ciudadanía, el resentimiento hacia los políticos, la exaltación de los valores del mercado, la estigmatización del socialismo, la ilusión de que el capitalismo ofrece “oportunidades para todos” y la ideología del fin de las ideologías (y el triunfo del saber técnico, que cancela el conflicto de valores) y también del fin de la historia, que tiene dos ganadores inapelables: el libre mercado y la democracia liberal.

La batalla de ideas es impostergable e imprescindible para combatir esas falacias, pero que se han adentrado profundamente en el imaginario popular latinoamericano. Si el neoliberalismo fracasó en su promesa de generar crecimiento económico, redistribución de la riqueza vía el “derrame” de la “riqueza excesiva” que se vierte virtuosamente hacia los más pobres, logró un éxito notable en el terreno de la ideología. Lo hizo porque comprendió antes que la izquierda la necesidad de prevalecer en ese terreno y, además, porque cuenta con un formidable establecimiento académico e intelectual en los países centrales y también con una poderosa telaraña de medios de comunicación que controlan casi sin contrapeso alguno la esfera pública de los países de la región.