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Hace apenas unos días vio la luz el Partido en el que se transformó la fuerza guerrillera identificada con el mismo acrónimo. Sólo que este naturalmente, ya no habla de fuerza armada sino Alternativa, lo cual al tiempo que le va bien caracteriza con justicia su naturaleza.



Es decir, no es cosa circunstancial ni acomodación del fonema en aras de mantener una denominación cuyas letras traen  resonancias de marchar al lado de los pobres y los oprimidos. Es algo auténticamente diferente -y no sólo en su génesis-, a lo que en Colombia han sido los partidos tradicionales incluidas sus nuevas presentaciones, todos a una emulando por méritos en la conservación del statu quo. Pero además   la nueva formación reivindica algo fundamental: el carácter de Revolucionaria de la Fuerza Alternativa, con lo cual  pregona ante amigos y contrarios así a éstos les escueza oírlo, que la bandera bajo la cual miles de anónimos rindieron su jornada en las sinuosidades   profundas de la selva, el credo por el que miles padecieron la tortura física y años infinitos de agonía en tenebrosas mazmorras, sigue en alto. Que no hubo entrega ni claudicación, menos perjuro de la causa en cuya ara se ofrendó tanto.

 Y resalta además el nombre del Nuevo Partido, que es el de las gentes del Común. “¿Cómo, otro?” –argüirá malicioso meneando la cabeza ese común-, si los partidos de la oligarquía y de las clases dominantes que nos han gobernado y luego masacrado, esos que a perpetuidad han ejercido su opresión bien  elegidos –bueno, a veces no tanto- al lomo de “partidos del pueblo”, “en nombre del común”, de “gentes corrientes, como usted y como yo”, “pasajeros de la revolución favor pasar a bordo”, “porque al pueblo nunca le toca”,  clama indignadísimo el candidato mientras propina furiosos puñetazos al inocente viento que pasa por ahí.
 
Y siendo ello así, ¿cómo correr el riesgo de anunciar ser éste sí,  el Partido de la gente del Común? Pues sí y con mucha autoridad: porque hay con qué aprestigiar la oferta. Ese pasado de sacrificio hasta la inmolación de que está empedrado el camino del Partido que hoy  alumbra, esa exorbitante  alcabala  que  hubo de pagar porque le fuera reconocido el derecho de rivalizar por el poder como Partido del Común verdadero, cómo contrasta con ese tapiz de privilegios, canonjías, alamares diplomáticos,  latrocinios e impudicias consentidas con que está  tapizada la senda del poder de esos otros del común espurio.

Y el nueve de octubre, día en el que se conmemora universalmente el crimen en la escuelita de la Higuera del que terminaron avergonzándose sus ejecutores,  se protocolizó ante la entidad encargada de reconocerlo y expedirle registro civil de nacimiento, el Partido “Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común”. Casualidad o no, feliz ella si lo fue, que ese protocolo haya tenido cumplimiento en la fecha consagrada al Guerrillero Heroico. Porque es la estrella en la boina negra la  que alumbra el camino a la nueva Fuerza, a sus integrantes vigentes y caídos, todos uno, porque los segundos como lo demandó en su proclama testamento el héroe que asombró la Historia, viven en la lucha de los primeros. Resuenan entonces los acordes de Carlos María Gutiérrez en las calles de esta martirizada América Latina, presidiendo el cortejo del estudiante, el obrero o el dirigente popular asesinado: “… y sepan que sólo muero si ustedes van aflojando. Porque el que murió peleando vive en cada compañero…” 

Así que lo más significativo de esta “Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común”, es que ella es resultado de una reflexión  colectiva de la guerrilla de las FARC que  dialécticamente, leyendo la realidad como lo mandaron los clásicos del marxismo y sus exégetas todos y sintonizados con los signos de los tiempos, supo que había llegado la hora de la política sin armas. Y que la lucha proseguía, y el ideario se mantenía obviamente  con las adaptaciones que esa lectura y sintonías indicaban. Sin sectarismos ni fundamentalismos.

Por lo anterior, es por lo que no hay defección  en quienes tuvieron la osadía ideológica y la valentía de realizar ese drástico cambio estratégico después de cincuenta y dos años de porfiar en la toma del poder por la vía de las armas. Cambio, que en todo caso y como cosa medular, parte de saber que la nueva  bandería recoge el acumulado de esa prédica armada de tantos años, lo que ella sembró en el corazón y en la mente de millones de desposeídos. No naturalmente en los de la clase dominante que visto está, ninguna entidad política ni moral le reconocen. Y hasta derecho tendrán, si consideramos que la guerrilla era un duro escollo para el ejercicio sin sobresaltos de su despotismo.

Lo que sí no tiene derecho el Establecimiento en particular la fracción  reaccionaria  que lo hegemoniza es, ellos, que siempre le reprocharon a la guerrilla  no asumir la lucha política por  los cauces que le ofrecía la democracia, hoy cuando asume ese reto, presa de gran indignación se lo reproche. Así, contradictoriamente y con razones que emulan en lo delirantes, vociferan que cómo van a hacer  política los que ayer nomás eran delincuentes, que cómo van a vestir atuendos parlamentarios quienes antier nomás lucían el camuflado, y que cómo van a fabricar las leyes quienes hace unos días nomás las desconocían. ¿No era de eso de lo que se trataba?  
Y por último, valga relievar y singularizar el carácter de Nuevo del nuevo Partido. Porque si algún concepto se ha manoseado en política al punto de volverlo sinónimo de nada, es esa ya manía de presentar como gran novedad  lo caduco –“vino viejo en odres nuevos” creo que es el texto bíblico que alude a esa impostura-. Todo es nuevo en la oferta política, todo es renovador, todas las propuestas consisten en abolir lo existente, en cambiar el  “ominoso actual estado de cosas”, desde la forma de hacer  política hasta las leyes, las instituciones y la forma como operan. Pero claro, estas promesas las hacen los   ejecutores y beneficiarios de ese estado de cosas, de ese statu quo  del que hay que  denostar en época electoral  según mandan los cánones del marketing.

“Buen viento y buena mar” es la enhorabuena que desde muchos recónditos y aún silenciosos parajes de Colombia y del mundo, miles lanzan a estas nuevas FARC. Tanto más cargada de significado la salutación cuando desde antes de nacer ya navegaban por los mares procelosos de la perfidia pronta a cometer su felonía. Son los nuevos combates que le prefiguró la Historia, para los cuales la nueva fuerza cuenta con un arma coraza venida de la eternidad: la voz de uno de los suyos y muy grande, Carlos Pizarro,  así hubiera dejado sus destacamentos tras nuevos caminos insurreccionales: “Creemos en la única incógnita no manipulable: el pueblo. Y con él edificaremos una opción de paz seductora, una esperanza habitable.”

Luz Marina López Espinosa
Alianza de Medios por la Paz
Bogotá, Octubre 18 de 2017