Nacional
Typography

Los tiempos que corren, a los que con razón  habría la ilusión de llamar nuevos y esperanzadores por ser aquellos en los que se firmó el Acuerdo de Paz que pondría fin al conflicto armado más largo de nuestra historia, están empero signados por una triste paradoja. Esta es que, como en los viejos y desesperanzadores tiempos, son el encono y la pasión los que marcan el discurso de quienes a lo largo de la vida republicana han detentado, usufructuado y pervertido el ejercicio del poder en Colombia.



Este desolador prefacio a propósito del momento electoral, este despuntar del 2018, cuando se hará realidad uno de los reclamos y reproches en apariencia más sentidos que  la élite dominante –y aun la que no siéndolo está colonizada por ésta y hace suyo su pensamiento-, le hacía a las FARC-EP: la de que “cambien las balas por votos” y que usaran las armas como medio de acción política en lugar de sin ellas, someterse al escrutinio popular. Y hoy, cuando en virtud del Acuerdo de Paz, el naciente partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común se estrena en la liza electoral, esas mismas voces muestran cuán falsos  eran sus censuras al salir con acritud a fustigarlos por hacer lo que les reclamaban hicieran.

Oímos hoy entonces  voces destempladas que con toda suerte de argucias  presentan como basada en principios de virtud su enfado: que cómo van a hacer política “sin haber pagado sus crímenes antes”, que debían haber comparecido primero ante la Jurisdicción Especial para la Paz, que  cómo se va a votar por quienes durante cincuenta años “denostaron de la democracia”, que cómo si ponían bombas y mataban soldados; que esto y que aquello. Además del divorcio con la historia que tal posición supone y de la exigua racionalidad de una lógica que repudia se haga la paz con el rebelde por ser rebelde y cometer delitos, hay una condición moral en ese discurso fieramente promocionado por los mass media,  como ninguno interesados en la conservación del statu quo.
 
Por fortuna, las mismas redes sociales que han permitido la difusión de  esa campaña al igual que las nuevas formas de comunicación alternativa, se han encargado de develar la índole moral de esa conducta. Se trata, fiel a la tradición de la clase que se hizo al poder desde los  albores mismos de la República, de apelar sin la menor compunción a la violencia. Y hoy, aprovechando las facilidades de la tecnología, crean cadenas de odio  que a la manera de vasos comunicantes –ese experimento que nos hacía el profesor de química en el modesto laboratorio del colegio-, haga que el líquido del encono se irrigue y cope los espacios vacíos que la ignorancia y la alienación dejan en la conciencia de muchos. Tanto de clase como política,  territorio ideal para la irracional semilla de odio que siembran  los que de ella han derivado el jugoso fruto de su primogenitura. Es la fórmula magistral para que el oprimido vote por el opresor y  rechace al que lo quiere redimir.

Es entonces cuando vemos a personas muy humildes que se reclaman cristianas y “buenas”, indignadas por el acuerdo de paz alcanzado con las Farc, crispadas de que se vaya a votar por “bandidos”, exasperadas de que “le hayan entregado el país a la subversión que tanto daño nos ha hecho”. Eran las mismas buenas gentes que durante los años de  confrontación se regocijaban de los partes militares tintos en sangre guerrillera que resultaron siendo inocentes jóvenes de barriada; los mismos desposeídos que se congratulaban de que “ahora sí tenemos seguridad en las carreteras”. Es el triunfo de la clase en el poder cuando consigue que los sometidos adopten su discurso. Ya lo  había dicho el sacrificado líder de las Panteras Negras Malcon X: “Si no estás prevenido ante los medios de comunicación, te harán amar al opresor y odiar al oprimido”.

Tanto más irritante esa bien sincronizada campaña de odio encubierta en los editoriales de los grandes diarios, los columnistas de prensa, las amenazas del Fiscal General y los titulares de los noticieros televisivos, ahora que en un hito histórico feliz para Colombia las ex Farc Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común irrumpe en la escena electoral con candidatos de excelencia. Y nos referimos no sólo a los diez que ocuparán las curules de Senado y Cámara  a las que por mandato del Acuerdo  tienen derecho sea  cual fuere la votación recibida, candidatos que odios aparte tienen toda la legitimidad y condiciones morales para representar los intereses populares en el Congreso,  sino también a los que aspiran a aumentar el número de curules de la Fuerza Alternativa y que deben ganarlas en franca lid.

El lema del Partido “Una nueva forma de hacer política”, -un lema que quiere ser coherente y consecuente con la realidad de la campaña a diferencia de las vacuas y recicladas consignas de los demás partidos-, viene muy bien con el talante de esos candidatos que aspiran a alcanzar su curul. Por qué?  De una parte, precisamente porque rompen con ese modelo confrontativo y azuzador de  divisiones del cual los actuales toques a rebato a repudiar a la FARC son ejemplo, y de otra porque todos tienen inéditos denominadores comunes en el entorno de los debates electorales en Colombia.

De dichos denominadores, el primero, el ser jóvenes, pero de juventud real, no sólo cronológica, esa de uso, instrumentalizada para enmascarar caducas ideologías como es estrategia desde hace mucho en  los partidos tradicionales. Algo así como “bienvenidos al pasado”. Son jóvenes de verdad, de cuerpo y mente, lo cual se descubre en la frescura del lenguaje, la ausencia de rencores, la racionalidad en la exposición del programa y la carismática relación que rápido establecen con los auditorios. Y el segundo, no menos importante, el traer ya como activo y en circunstancias ajenas  a cualquier pretensión electoral, una larga saga de  trabajo y compromiso con las causas populares, llámese liderazgo estudiantil, organización comunitaria,  defensa de derechos humanos o activismo cultural entre otras variadas facetas.

No es gratuita tampoco la rosa. Porque la FARC es el Partido de la Rosa.  Y por ésta, por todo a lo que ella alude y convoca, se invita a votar por él. Emblema que después de los horrores de la guerra, muerte, mutilación y destrucción de los cuales los combatientes saben porque fueron ante todo víctimas contrario al paradigma con el que los victimarios quieren troquelar la mente de los incautos, emblema que repetimos, anuncia los esplendores  de la paz. Una con justicia real y reconciliación sincera, que sea capaz de repetir con Neruda en su poema a la rosa: “… pequeño capullo de bandera. Bajo tu resistente y delicado pabellón de fragancia, la grave tierra derrotó a la muerte. Y la victoria fue tu llamarada.”

De modo que esta “nueva forma de hacer política” encarnada en hombres y mujeres que aspiran al Congreso por la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, es la ocasión para que los desengañados de todos los partidos e ideologías, le den una oportunidad a la esperanza: la de que ¡por fin!, una monolítica bancada partidista que cabalmente  por ser de gente del común “como usted y como yo” se plante en el Congreso a legislar por sus carencias y aflicciones. Y no por las que ocasionalmente aquejan a su señor, Su Excelencia el capital.