Nacional
Tipografía

En medio del acalorado debate electoral colombiano se habla mucho de la polarización. Lo hacen el candidato Sergio Fajardo y su fórmula vicepresidencial Claudia López, también el agudo periodista Daniel Samper, el senador Robledo y algunos otros.



Y lo hablan con terror y espanto. Con físico pánico a la llamada polarización. Sus diarios mensajes nos dicen que no hay que polarizar, que a despolarizar se dijo y que ellos son los despolizadores.

¡Cuentos chinos!

Las polarizaciones, como las contradicciones no son malas en sí. Es más, son necesarias. El tema es como se resuelven, de qué manera y con qué métodos. Con la violencia o democráticamente. En Colombia hay una profunda contradicción entre el viejo país, el del sagrado corazón de Jesús y el bipartidismo violento y excluyente, por un lado, y por el otro el de una nueva Colombia democrática, amplia y generosa. No es Gustavo Petro, con todas su luces y sus sombras, causante de la polarización, dada a entender como violentización. Si lo es, y ampliamente reconocido, el señor Uribe Vargas. Su camino es la violencia, el odio, las venganzas, los miedos.   La polarización no es entre Uribe y Petro. Falso de toda falsedad. Es contra el viejo país clientelista, ultracatólico, el país de los señores de las guerras, las tierras y los contratos oficiales. El país de las elecciones amañadas, caóticas y fraudulentas. El del cartel de la toga y de Obredecht.

Parodiando a Rosa Luxemburgo digamos que estamos “entre la barbarie o la democracia”. Esa polarización existe. Y hay que enfrentarla. Resolverla. Democráticamente. Para eso se hizo el acuerdo de paz con las FARC y se adelantan las negociaciones con el ELN. Pero claro, cumpliendo lo pactado, empezando por una profunda reforma política que desmonte el feudalismo electoral. Que los órganos de control del estado no pueden estar ni en manos de fundamentalistas ni de ex-abogados de narcos y corruptos.

El llamado camino supuestamente no polarizante es la falsa trocha del gatopardismo. Cambiar las cosas para que todo siga igual. Nada de eso. Sin temores ni miedos reconocer que estamos en un momento histórico donde es posible cambiar el maldito destino de Colombia de los últimos 200 años. Es posible salir del hasta ahora infinito túnel de violencias y exclusiones.  Y para ello hay que echar del poder a las familias que gobiernan desde hace 200 años. Y especialmente es tiempo de acabar con el imperio del “embrujo autoritario”.  No es tiempo para timoratos. Mucho menos para gatopardos. Vargas Lleras, Duque/Uribe, Marta Lucia Ramírez y Ordoñez representan ese viejo país.

¿Con el cuento de no polarizar con ese viejo país vamos a negar una amplia unidad democrática y transformadora?