Nacional
Typography

Franklin D. Roosevelt, el más grande estadista de los Estados Unidos, entre los pocos de talla universal que ha dado ese país imperial (Lincoln, Wilson, Kennedy, y pare de contar), dijo en alguna de las horas más arduas de su gobierno, que lo fueron casi todas:



“Lleva mucho, mucho tiempo construir el presente sobre el pasado”. Se refería el presidente a la oposición continua y feroz, que cualquier intento de prosperidad que le garantice una vida digna a la sociedad que vive el día a día, encuentra por parte de esa otra sociedad cavernaria que vive en el pasado, anclada en el prejuicio oxidado de que la felicidad de la mayoría le significará a la minoría la pérdida de sus privilegios ancestrales.

Y lo decía el presidente Roosevelt al observar la cantidad de trabas, denuestos y atentados (le hicieron dos) que lanzaba contra él esa sociedad feudal a la que Roosevelt había rescatado del gran desastre financiero de 1929, provocado por ella misma; pero los cavernarios no aceptaron que, además de salvarlos a ellos, Roosevelt se atreviera a tenderles la mano a los que más habían sufrido por el impacto de la Gran Depresión: los trabajadores urbanos y rurales, los millones de ciudadanos que perdieron sus trabajos y que pasaban hambre en los campos y en las ciudades (como lo narra Steinback en ‘Las uvas de la ira’).

En solo diez años la administración Roosevelt (contrariando a los poderosos que pretendían acaparar los beneficios), consiguió construir un presente de prosperidad sobre un pasado aciago de privilegios mal habidos, pero no logró situar en el presente a la élite cavernaria atrapada en el pasado y obstruyendo siempre el presente por no querer abrir la mano para soltar el maní, de acuerdo con la célebre metáfora de Leo Huberman.

El único agradecimiento que obtuvo Roosevelt de la pequeña pero poderosa élite cavernaria estadounidense fue el calificativo de “comunista”, “traidor de los valores americanos” y “cómplice de la Unión Soviética”.

Los progresistas, los que amamos la democracia y creemos en los derechos humanos estamos en la obligación de defender la vida y de resistir la embestida de la caverna.

Aquel pensamiento rooseveltiano nos sirve para explicar las circunstancias actuales de Colombia, e incluso, de América Latina.

En nuestro país la ultraderecha ha ganado el gobierno con una votación inimaginable de diez millones de votos, que a muchos nos parecen salidos de los boletines acelerados de la Registraduría como conejos del sombrero del mago.

Eso ya no importa. Se trata de un hecho cumplido y aceptado que el candidato de los sectores feudales obtuvo diez millones de votos, y que el 7 de agosto asumirá la presidencia de la República, precedido del baño de sangre con que los distintos brazos armados de la caverna (paramilitares, narcos, carteles del Golfo y de Sinaloa) están regando el país y masacrando a los líderes sociales, a los defensores de los derechos humanos y a los militantes de Colombia Humana.

¿Por qué ese baño de sangre?

Porque el sector progresista de Colombia, el que vive en el presente y propone solucionar las necesidades del presente y superar el pasado, ganó en las presidenciales del 17 de junio ocho millones de votos reales, incuestionables. Y esa fuerza electoral formidable, que seguirá creciendo y consolidándose, asustó a la caverna.

Aún peor. La victoria arrasadora del sector progresista en México con la elección de Andrés Manuel López Obrador tiene temblando al establecimiento cavernario.

La reacción era de esperarse, y viene desde la firma de los acuerdos de paz: la eliminación física de los líderes sociales, que en los últimos días ha tomado características de campaña de exterminio “a sangre y fuego”, como les gustaba a los falangistas de Laureano y de Álvaro Gómez.

Los progresistas, los que amamos la democracia y creemos en los derechos humanos, en la libertad, la equidad, la fraternidad y la decencia, estamos en la obligación de defender la vida y de resistir la embestida de la caverna; pero, como lo ha proclamado Gustavo Petro, jamás vamos a responder a la violencia con la violencia, porque no somos cobardes, no asesinamos a mujeres indefensas, no matamos por la espalda, ni matamos de ninguna manera, no amenazamos a nadie. Vamos a resistir, en defensa de la vida, como lo hicieron Gandhi y Martin Luther King.

Colombia Humana es el partido de las mujeres y de los hombres que vivimos en el presente. Por eso el futuro es nuestro. Hoy somos ocho millones, mañana seremos dieciséis.

A partir de la victoria de López Obrador en México, el péndulo de la historia ha girado inexorable hacia los tiempos nuevos. Con razón ha dicho Lula da Silva, preso político, expresidente de Brasil, que el triunfo de López Obrador provocará un terremoto político que lo cambiará todo. Preparémonos a enterrar el pasado y a construir sobre el presente.

Nota: es obvio que cuando hablo de la caverna no aludo a la clase empresarial colombiana, en la que la mayoría de los empresarios son personas decentes, de pensamiento progresista, que, no lo dudo, están dispuestas a formar parte del gran cambio. Entre todos haremos la Colombia democrática y humana del siglo XXI.
Fuente:

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/enrique-santos-molano/sobre-dos-tiempos-que-vivimos-pasado-y-presente-239946