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«quien no sea capaz de luchar por otros, no será capaz de hacerlo por sí mismo». FIDEL CASTRO RUZ

Hay una edad donde somos, todos, estado de inocencia pura. Y donde el mínimo de los agravios tuerce, rompe, lacera… Y donde el amor sincero, la bondad de ofrecer lo bueno, son percibidos como el mejor de los obsequios, esos que a fin de cuentas preservan la inocencia…



Hay en Haití miles de niños que deben perder rápido el candor. Párvula utopía que no logra sobrevivir, las más de las veces, a la rudeza de un país desventurado.

Pero a esa edad, aun si pareciera desdibujada, la sonrisa resiste, se queda a flor de piel, como para resurgir al mínimo detalle.

Los niños de la comunidad sureña de Anse d’Haunault, bien lo saben. A miles de ellos el 8 de octubre, quizá sin saberlo, el rostro se les alumbró, porque llegaron a su tierra manos y almas amigas.

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Poco más de tres meses es lo que la doctora Dariana Dayamí Velázquez, miembro de la brigada médica permanente, especialista de I grado en Ginecología y Obstetricia, lleva en Haití, y en ese tiempo, que puede parecer poco, comenta, ha visto muchísimas cosas que en nuestro país no suceden, y la han marcado.

«Aquí la atención prenatal no existe, y las pacientes vienen a parir sin seguimiento, lo cual acarrea complicaciones».

Recuerda entonces que apenas a un día de haber pasado Matthew por el sur del país, vino una gestante de siete meses sangrando. «Nosotros nos refugiamos en el hospital, dentro del salón de operaciones (era el lugar más seguro), perdimos el techo de nuestra casa y tuvimos que vivir ocho interminables días dentro del salón (18 personas). La mujer llegó sangrando abundantemente. Yo la examiné y diagnostiqué, presentaba una placenta previa. No podía operarla y sabía que el feto no tenía posibilidades de vivir. Decidí inducirle el parto con oxitocina para tratar de salvar la vida de la madre, a la vez que le pasaba volumen por el sangramiento. Esa noche hasta recé por su vida, pero increíblemente al amanecer expulsó la placenta y el feto muerto, malformado, pero se logró salvar su vida. A los dos días salió caminando del hospital con tratamiento para la anemia, pero viva».

Dariana Dayamí trabaja las 24 horas, porque cada vez que llega un parto sube al hospital comunitario de referencia que hay en Anse d’Haunault, y allí ayuda a los niños a nacer. «Se trabaja duro y con muchas carencias, a veces de medicamentos fundamentales para tratar urgencias obstétricas como la oxitocina, el sulfato de magnesio, el diazepam, la hidralazina, pero no por ello se deja de brindar atención».

Además ofrece consulta dos veces a la semana para casos ginecológicos y embarazadas, y otros dos días están destinados a las cirugías electivas. «Las cesáreas urgentes, pues las hacemos cuando se necesiten realizar», dijo.
De los más de 180 nacimientos que ha tenido que asistir esta galena, sin muertes maternas ni infantiles, dice que recordará siempre a «piti, piti», pequeñito en idioma creole.

«Imagínala un poco más grande que una mano. Una bebé pretérmino de 28 semanas. La madre llegó en periodo expulsivo sin posibilidad de frenar el parto y para mí sorpresa la niña lloró y no tuvimos que acoplarla a respiración artificial. Aquí no contamos con esos recursos, de haberlo necesitado hubiera muerto. Apenas pesó 800 gramos y yo cariñosamente le decía piti piti. Luego la remitimos a un hospital con servicio de neonatología y supe después que estaba viva y bien. Este es un pueblo maldito para algunas cosas, pero a la vez con bendición para su gente, los haitianos son gente sencilla pero muy fuerte. La experiencia lo ha demostrado», relata la doctora holguinera.

Agradece sea esta su primera misión, y habla luego de sus hijos, una niña de 11 años y un varón de 19. «Son la luz de mi vida».

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Dos meses estuvo, esta vez, la brigada cubana Henry Reeve, especializada en emergencia y desastres en suelo haitiano. Han estado allí antes, siempre que ha hecho falta. Allí está también la brigada permanente, la de más de 570 colaboradores de la salud.

«En Anse d’Haunault, al sur de Haití, lugar por donde azotó el huracán Matthew, nos recibió una brigada que soportó sus embates y nunca dejó de asistir a su población aun cuando fueron afectados directamente», publicó en su perfil de Facebook el doctor Enmanuel Vigil Fonseca, uno de los 38 integrantes de la Henry Reeve que partieron hacia este país luego del paso de Matthew.

Recordó las palabras de Fidel cuando dijera que «quien no sea capaz de luchar por otros, no será capaz de hacerlo por sí mismo».

«Nosotros llegamos para fundirnos a ellos y así fue, trabajamos codo con codo, sin tregua y sin descanso para aliviar y controlar la situación higiénico epidemiológica que se estaba desatando. Nos encontramos una población sufriendo escaseces de todo tipo: vivienda, alimentación, medicinas y enfermedades como el cólera y el paludismo», escribió el galeno.

Al término de esa misión, pasados los dos meses, la brigada logró un total de 104 934 pacientes vistos, en los cuales predominaron las infecciones respiratorias agudas con 6 065 casos, el parasitismo intestinal con 5 544 casos y la desnutrición con 3 122 casos, entre otras patologías. Refiere Enmanuel que visitaron 14 440 casas, a las que se les realizó tratamiento adulticida, se trataron con cloro 54 349 depósitos de agua, se le brindó quimioprofilaxis a 68 231 pacientes, y se realizaron 640 controles de focos. Todo ese resultado fue posible, dijo, gracias al trabajo bien planificado, organizado y ejecutado por todos los miembros de la brigada, junto al apoyo además de las autoridades en Haití, y la ayuda del Ministerio de Salud de Cuba que les suministró los insumos necesarios.

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De la alegría de Ivo Zúñiga Martínez «el gordo» —como cariñosamente le llaman sus amigos— ese que es «un médico común, un buena gente», supimos por las redes sociales.

Porque el médico que partía a Haití y dejaba a su esposa Giselle con 38 semanas de gestación, ingresada en el hospital Luis Díaz Soto de La Habana, cuando lo convocaron nuevamente, recibía la buena nueva de ser padre otra vez. Y la pequeña, que un día sabrá que tiene toda una brigada de tíos y tías, porque su papá tiene muchos hermanos, estaba «sana y salva y su mamá fuerte». Y entonces ante toda esa energía, «se podía ver en su mirada el deseo de seguir ayudando».

Ivo es miembro del contingente Henry Reeve y esta es su tercera misión. Antes, nos cuenta vía electrónica, estuvo en la lucha contra el ébola «en la República de Guinea Conakry, por siete meses intensos. Días de mucho calor y miedo, lo que me mantuvo alerta en todo momento. Cada día era uno nuevo, solo por no tener fiebre».

Luego le siguió la República Árabe Saharaui Democrática, ante unas inundaciones. Y ahora está en Haití, y es orgullo «poder ayudar a uno de los países más pobres del mundo».

Lo más difícil acá, relata, ha sido el trabajo con los niños, sobre todo aquellos que quedaron sin casa y sin familia, y a merced de que alguien los ayude, aunque sea con un plato de comida. «Más difícil para mí. Estando acá nació mi otra luz, Michelle, y me emociona y afecta atender bebés de la edad de una de mis hijas, sobre todo de la más pequeña. Solo pensar que nació en Cuba y que tiene la bondad de tener una familia como la nuestra, y que come todos los días no de lo que encuentre, o por lo que pueda hacer trabajando en la calle, y que duerme en una cama y no en el piso, y que tiene la posibilidad de ir a la escuela y recibir educación… Eso realmente es impactante. Ya lo había vivido antes en África, pero ahora con más fuerza», rememora.

«Los niños son mi vida, todos me llaman papá donde quiera que estoy. Aquí me dicen Ogui, porque mis compañeros como tengo el nombre medio extraño se quedaron con ese y me lo gritan donde quiera; y los niños que lo repiten todo, es Ogui para aquí y Ogui para allá» dice Ivo, para quien sus dos hijas son sus más grandes logros y el motivo de su superación diaria.

Ivo tiene inmensas ganas de abrazar a sus pequeñas. Ya casi, porque la Henry Reeve está de regreso a Cuba. Pero ese extrañar ha ido todo este tiempo acompañado de la ayuda a muchos otros niños.

«Las historias están ahí, en todos estos días, entre las jaranas de los muchachos para hacer más ameno el camino, subiendo las lomas cargados con las bazucas de fumigación, las mochilas de medicamentos, y llegar hasta lo último, donde nos reciben como siempre: nos rodean, nos tocan, algunos asombrados porque pocos llegan allí como nosotros, a pie. Y montamos una consulta rudimentaria, y atendemos a todos», recuenta el galeno.

«No estamos quietos en el hospital, sino que andamos buscando casos de cólera y dando charlas y consultas. Vamos por los poblados de las montañas, algunos a varios kilómetros y todo a pie, solo a veces por un niño o una embarazada que, curiosamente, se entera por nosotros que lo está y el tiempo de gestación que tiene, porque no existe ese tipo de seguimiento por la lejanía. Es un milagro que no hayamos tenido todavía que realizar un parto», dice Ivo.

Médicos de la brigada Henry Reeve en el sur de Haití Foto:Tomada de Facebook

 

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