Sindicalismo
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El cambio del sistema de transporte en Bogotá era necesario, pero el impuesto no ha solucionado los problemas como lo prometió



El anuncio de la Alcaldía de Bogotá de incrementar las tarifas para troncales en 200 pesos y la de zonales en 300, cae como un balde de agua fría a la ciudadanía que no se explica cómo, si los salarios no pudieron subir sino hasta 7%, se aprueba una reforma tributaria que reduce aún más el supuesto “aumento”; se pueda concebir tamaña injusticia que sólo beneficia a unos pocos y lesiona fuertemente los intereses del ciudadano común. En efecto, todos saben que ese aumento irá a parar al bolsillo de los empresarios operadores del sistema y que el servicio continuará siendo pésimo.

Así se estableciera una tarifa de tres mil pesos o más, las cosas seguirán igual de dramáticas para los usuarios, ya que mientras la ciudad continúe recibiendo la limosna que por contratos está establecido, nada cambiará. Por eso es prioritario renegociar los contratos.

En 15 meses de administración, Peñalosa ha aumentado la tarifa en 33,3 %, para poder devolver los favores recibidos por sus amigos los grandes transportadores. Quien no conozca la historia de Bogotá debe saber que desde tiempos tan antiguos como el 9 de abril de 1948 los propietarios de los buses a gasolina enviaron a los guaches que tenían por ayudantes a quemar los tranvías para así, de paso, eliminar la competencia que este eficiente y barato sistema de transporte representaba para ellos.

Desde entonces, estos inescrupulosos empresarios han estado enquistados manipulando las alcaldías y los concejos de la ciudad imponiendo por más de 50 años el reinado del bus cebollero, por encima de cualquier otra opción, inclusive del metro.

Los Tuta

Muchos recordamos la divertida serie televisiva de los años 80, Romeo y Buseta, en ella se retrataba la esencia de los que hasta hoy son dueños y señores del transporte en la ciudad. Los Tuta, gente del altiplano cundiboyacense que a fuerza de sobreexplotar tanto a la máquina como al conductor, lograron amasar enormes fortunas, evadiendo impuestos y corrompiendo funcionarios, para imponerle a los bogotanos un modelo de transporte denominado “La guerra del centavo”, cuyo evangelio mayor reza que la ganancia está sobre todas las cosas, inclusive sobre el ser humano.

Algunos despistados aún creen que con el surgimiento del mal llamado Sistema Masivo y con el SITP los ciudadanos por fin ingresaríamos en la modernidad y dejaríamos atrás años de barbarie, pero lo que sucedió no fue otra cosa que un complot de los Tuta para desplazar a más de 20 mil pequeños propietarios, despojarlos de su negocio e imponer un monopolio donde ellos son los amos y señores, y los únicos que deciden qué es bueno y qué es malo en cuestión de transporte para la ciudad.

Con la excusa del pésimo servicio que brindaba el sistema tradicional (del que ellos mismos hacían parte) se dedicaron a buscarle, resaltar y magnificar todos sus defectos, los cuales entre otras cosas eran ciertos, aunque el tiempo terminó por demostrarnos que el anterior sistema en muchos aspectos supera al servicio brindado por el actual SITP, veamos:

Se dijo que los cebolleros eran chimeneas ambulantes y que sólo por eso merecían desaparecer. Pregunto: ¿La pintura roja o azul tiene algún efecto catalizador de los gases nocivos? ¿Está científicamente comprobado? Porque basta con asomarse a cualquier troncal o vía de la ciudad y observar que esa realidad no ha cambiado ni un ápice.

Se dijo que desde el punto de vista de los derechos humanos en especial de los derechos de las mujeres y de otras poblaciones vulnerables, resultaban intolerables los racimos humanos que eran obligados a viajar en los vetustos buses del anterior sistema. Pregunto: ¿Se superó esta falencia o por el contrario se agudizó?

Se dijo que era inaceptable que estos vehículos antiestéticos de colores folclóricos establecieran paraderos en cualquier parte invadiendo el espacio público y que los nuevos del SITP tendrían espacios propios adquiridos por las empresas operadoras donde se respetaría la estética urbana y se brindarían condiciones sanitarias decentes para los operadores. Pregunto: No, mejor no pregunto.

Se dijo que esos buses viejos se varaban por todas partes, lo cual no era del todo cierto, a ningún propietario le convenía que el bus no trabajara porque, al contrario de lo que sucede hoy, el dueño y el conductor no ganaban si el carro no producía, pero fue tomado por verdadero. Hoy los vehículos varados del sistema forman parte habitual del paisaje bogotano con el consabido trancón a sus espaldas. Pregunto: Si está establecido que en promedio 426 buses del actual sistema se varan diariamente, ¿alguien deliberadamente nos mintió con el propósito de meternos gato por liebre?

Se dijo que los pobres conductores tradicionales eran explotados al someterlos a jornadas inhumanas de 16 y 18 horas diarias de trabajo y que esto hacía que se disparara la accidentalidad. Que el nuevo sistema respetaría a cabalidad las normas del ordenamiento laboral colombiano. La verdad que ninguna de las mentiras que hemos enumerado hasta el momento es tan falaz como ésta. Con el beneplácito de los ministerios de Transporte, Trabajo y Salud, la Superintendencia de Puertos y Transporte y sobre todo del ente gestor Transmilenio, que por ley debe defender a los usuarios para garantizarles seguridad y confort al usar el sistema, hoy se sigue implementando un perverso método de explotación que produce jugosos réditos a los empresarios y grandes males a la ciudadanía y a los trabajadores, como es el sistema de tablas partidas, que merece capítulo aparte por lo extenso del tema.

La empresa Transmilenio, con el tiempo, se ha convertido en el parapeto detrás del que se esconden los verdaderos culpables del desmadre y el caos de la ciudad que son los operadores del sistema. Las críticas y las desaprobaciones rebotan contra su razón social pues los ciudadanos comunes no comprenden que los grandes males no se derivan del ente gestor, aunque de lo que sí se le puede culpar es de ser permisivos, alcahuetas y de volverse una especie de “comité de aplausos” de los apetitos desmedidos de los empresarios.

La ciudad ha perdido ingentes sumas de dinero de los contribuyentes en losas rellenas de fluido, troncales, paraderos, etc., sólo para darnos cuenta que estamos en el mismo sitio del cual partimos hace 17 años. Una luz se vislumbra al final del túnel ya que la ciudadanía se ha cansado de protestas inútiles que no conllevan a soluciones reales y se comienzan a organizar en asociaciones de usuarios acompañadas por estudiantes, personas en estado discapacidad, sindicatos, asociaciones de profesionales, juntas de acción comunal, etc. Ese sí es el verdadero camino hacia una solución real y no el de seguir esperando que la Gerente de TM se encierre seis meses en su oficina con tres yupis a fabricar una solución mágica que nunca llegará.

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