Solidaridad
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Tenemos una nueva «tía». Por estos días no hacemos más que preocuparnos por ella. Que si Irma para allá, que si Irma para acá... Entre temores y chistes (los Cubanos somos expertos en reírnos de lo que nos amenaza) van pasando las horas y el cono de probabilidades se estrecha para que podamos conocer, a ciencia cierta, por dónde irá el huracán que se roba cada conversación y parece querer quitarnos el sueño.



¡Preocupan tantas cosas! Al optimismo puro y duro de los Cubanos se le cuela por las hendijas siempre un poco de incertidumbre. Nadie quiere que pase algo. Ni Irma ni José ni ninguno de esos nombrecitos que de junio a noviembre andan dando vueltas por el mapa. Algunos se inscribieron ya en nuestra memoria espiritual y física. Y nunca más será posible que merodee un fenómeno meteorológico y el archipiélago ande como si nada.

Pero de Irma me llama la atención algo que nunca advertí. Tal vez sea inédito por la posición e intensidad de este huracán. A la preocupación por lo que ocurra en el caimán ciclonero, se suma también la inquietud por quienes tenemos lejos.

Junto al temor por aquellos familiares que andan cumpliendo misiones internacionalistas por naciones cercanas a Cuba, está también el desasosiego por esa media familia que tiene esta Patria en la otra orilla, como cantara un día el trovador Frank Delgado.

Cierto es que hay Cubanos por todo el mundo, y que un simple aguacero remoto es suficiente para que una madre sin hijo se inquiete; pero bien sabemos que Estados Unidos es la nación que más familias y amistades nuestras recibe.

Y ahora que Irma se mueve entre dos mares, y parece inevitable que haga lo suyo por allá, esa peculiaridad que nos ha tocado vivir está definiendo mucho de lo que sentimos por estos días.

Y a la zozobra inherente a cualquier tragedia de algún sitio de la geografía planetaria, —la que nos sensibiliza siempre que haya humanos en juego— se suma una pesadez extra en el alma, que nos hace alegrarnos de que por fin parezca que Irma va al noroeste, pero asustarnos después de ir más allá de nuestras latitudes en los pronósticos y descubrir que, del lado de allá de los miedos isleños, se encuentra otro trozo de tierra que tanta incertidumbre depara en la vida de las personas que tenemos por allá.

Por eso vemos madres que redactan extensos correos de advertencia, hermanos que comparten mínimos protocolos de seguridad y hasta abuelas que lanzan allende las aguas esos consejos que solo las viejitas que nos malcriaron pueden darnos.

Que si «escóndete debajo de la meseta», que si «asegura las ventanas», que si «guarécete en el closet», que si «compra bastante agua, mijo, que no sabes en ese país de dónde sacarla después», que «si es verdad que las casas de allá están muy flojitas», que si «llama a fulano o a mengano para que no pases eso solo»... y así, toda una serie de frases que viajan de un lado a otro de los mares que Irma pone a palpitar en este septiembre recién estrenado.

No importa que uno sepa que primero Irma va a afectarnos quiera Dios que solo un poco, no importa que tengamos también nuestras consecuencias, hasta da igual que una se imagine que por allá casi todo sea más fácil de solucionar luego, economía desarrollada mediante.

Por un momento nos olvidamos de comprar galletas, cargar los radios y conseguir unos zincs... porque creemos en esa inexplicable teoría del alma de que nada protege más que estar cerca de los nuestros. Un abrazo estrecho bajo la meseta de casa siempre es mejor que un correo electrónico donde leamos «estamos bien, no fue mucho, no se preocupen».

Pero así de caprichosa es la naturaleza. Así de complicada la especie humana. Entre los dos extremos de Cuba ocurre parecido. Mientras el occidente se preocupa por el oriente cubano recién azotado, por aquellas tierras piensan en que La Habana ha vivido muchos años como para tener que dar la cara a Irma.

Ambas latitudes se inquietan igual por el centro del país, que piensa en que nunca es suficiente la experiencia para afrontar lo inesperado. Siempre parece peor el daño cuando irrumpe en la casa de quienes queremos.

Por ahora, el deseo más fuerte es uno solo: que Irma no haga estragos entre los dos mares que amenaza. Lo más importante, lo que no podemos negar es que —no importa lo que diga meteorología— nunca hay categoría más poderosa que la que alcanza el huracán del amor.

http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2017-09-07/irma-entre-dos-almas/