Era la imagen viva del optimismo, de la voluntad de carácter. El prolongado martirio a que había sido injustamente sometido por más de cinco lustros no hizo mella en su semblante. Más delgado y encanecido que en las fotos que por años circularon por el mundo para exigir su liberación, pero con la sonrisa como espejo de la seguridad en la victoria, lo vimos aquel 26 de julio de 1991 en Matanzas, compartiendo la celebración moncadista con millones de cubanos.

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